La Feria: Caldo de sabandijas

Sr. López

Tenchita era una lejana tía del lado materno-toluqueño (apenas prima de doña Yolanda, la domadora de este menda), que tenía la rara idea de que como sus hijas eran muy decentes y estaban muy bien educadas, no necesitaban chaperón (el acompañante de las señoritas cuando salían con el novio; años del pricámbrico clásico). Muy bien. Luego empezó con que eso de ponerles hora de regreso, era una ingenuidad y una falta de respeto a su libertad (-“Además, cualquier hora es buena para meter la pata” –decía muy orgullosa de sus ideas). Y así, de a poquitos, acabó teniendo dos nietos indocumentados y el novio de una de sus hijas viviendo en su casa. –“¡De todo se espantan!” –decía.

Este lunes, el senador panista Ernesto Cordero, presentó denuncia ante la PGR, contra Ricardo Anaya, candidato a la presidencia de su propio partido (y asociados en la aventura), por delitos muy gordos: lavado de dinero, tráfico de influencias y lo que se acumule.

Ayer, el diputado panista Jorge López Martín, denunció ante la PGR a Meade y a san Pejesús bendito; contra Meade por encubrimiento de la “La Estafa Maestra” y los sobornos de Odebrecht; contra el Pejelectoral, por financiamiento ilícito de su campaña (supuestamente, “obligó a alcaldes de Morena a donarle dinero”). ¡Alabado sea el Señor!

Así las cosas, llegaremos al 1 de julio con tres imputados y el Bronco, al que no hay que imputarlo porque ese sí se enoja mucho.

Lo del C. Anaya es cosa juzgada con poquito que le muevan: el asunto inició en octubre del año pasado contra un tal Manuel Barreiro, detectado por la Secretaría de Hacienda como lavador de dinero, quien usó el nombre de su chofer -Luis Alberto “N”-, haciéndolo aparecer como dueño de una empresa (Manhattan Master Plan), que le compró al C.Anaya una nave industrial en 54 millones de pesos, que el señor Barreiro paseó por varios paraísos fiscales, intentando hacer indetectable el origen del dinero. El chofer aceptó todo, entregó la propiedad a Hacienda y la PGR se desistió por eso y por la “información relevante para la investigación”, que proporcionó. Luego, el 6 de junio reventó en las redes el video en el que Juan Barreiro, hermano del supuesto lavandero del candidato presidencial, platica con una empresaria argentina invitándola a participar en la red de lavado de dinero que ha aportado millones a la bolsa de Anaya y a su  actual campaña presidencial (dijo ese Juan). Puede ser un mentiroso, sí, pero se tiene que averiguar. Si el C.Anaya no fuera candidato presidencial andaría amparado o huido.

Lo de Meade es de risa loca; en la “Estafa Maestra”, no solamente no encubrió nada, sino que informó a las entidades responsables de fiscalizar, mandó a hacer auditorías y en lo que la ley apretaba o no las tuercas a los implicados, los despidió a todos los que por acción, omisión o el mexicanísimo “me vale”, tuvieron que ver con el asunto (más de 400 empleados de Sedesol); y en lo de Odebrecht no tiene nada que ver; si son ciertos esos sobornos (y todo apunta a que algo hay de cierto), él no era director de Pemex, ni daba obras, ni tiene ninguna relación con los brasileños juguetones.

Lo del Pejeremías… ¡ay, don López Martín!, probar semejante cosa es más difícil que regresarle la virginidad a la Rompecatres. Si va en serio contra el Pejecutivo, pida que le auditen sus declaraciones de impuestos y las cuentas de Morena, que ahí hay enredos para un festival fiscal.

Como sea, bonito se ha puesto esto: de cuatro candidatos a la presidencia, tenemos tres con denuncias de hechos ante la PGR (y al Bronco que es candidato solo por la extraña laxitud jurídica de nuestro guango Trife).

Más nos vale que la PGR atienda a las volandas estos asuntos, es una desvergüenza nacional este desgarriate. A este paso vamos a ir en procesión (hincados), al edificio de Insurgentes Norte (sede central del PRI), a pedir perdón y el retorno del “sistema”, aquél viejo régimen que retacado de defectos, mantenía cuando menos las apariencias. De la PGR depende. Sin miedo al qué dirán (¿cuándo sería que les entró el pudor?), sin respeto a la audacia de los cínicos.

Porque eso sí es nuevo en nuestro panorama político: el cinismo. Pillos siempre ha habido y hasta matones, pero se guardaban las formas. De a poquitos empezó esto. Lo del “Pemexgate” (500 millones del sindicato de Pemex al PRI) y “Los amigos de Fox” (red de financiamiento ilícito que incluía dinero proveniente del extranjero), fueron hechos de extraordinaria gravedad, que se resolvieron tarde y con multas, sin mayores consecuencias. No triunfó la ley, triunfaron los tramposos y cuando eso pasa, se hacen cínicos (a fin de cuentas las multas las pagaron con el mismo dinero del erario que les llega por prerrogativas, bonita cosa).

El cinismo, entendido no como corriente filosófica de los que desprecian los convencionalismos, sino como el descaro en el mentir y la práctica y defensa, de actos reprobables. Ese cinismo es el que se está implantando en nuestra vida política, el más impúdico y descarado. Si anda con ganas de que le duela la panza, léase algo del “Diccionario del Diablo”, de Ambrose Bierce, aquél gringo viejo, soldado, escritor y periodista, amargado profesional que definía la política como: “Conflicto de intereses disfrazado de lucha de principios”; o: “Manejo de los intereses públicos en provecho privado”.

Este próximo 1 de julio, quedará definido el futuro inmediato del país. Una opción es permitir que asuma la presidencia la mascarada de próceres inventados por sí mismos, de  discurso fácil e intenciones al servicio de sus fantasías (en el mejor caso), o su megalomanía; otra es entronizar a quienes a golpes de traición, deshonestidad y audacia, aspiran a mangonear al país; la tercera es tal vez amarga, como las buenas medicinas de antes: retomar el camino de la decencia y la seriedad, que el problema mexicano no es la seguridad pública ni la economía, no, el problema de México es ético. No hay receta que salga en un caldo de sabandijas.

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