La Feria: El dedo

Sr. López
Este menda fue domesticado en el Campo de Adiestramiento y Doma, que otros llamaban “casa”, bajo el régimen de hierro de doña Yolita, Jefa de Disciplina y Administradora Única, a la que otros niños le decían “mamá” (a las suyas). Entonces envidiaba mucho a los primos, especialmente a Chucho, pues simplemente, podía hacer lo que le viniera en gana… ¡la vida padre! Ya grandes los dos, Chucho contó a este López que eso era pura apariencia y que dependiendo del humor que anduvieran sus papás, le tocaba cueriza o no, sin saber nunca a qué atenerse: -Ustedes tenían claritas las reglas… ¡qué envidia! -bueno, visto así, sí, era mejor.
Un país, para serlo con toda la barba, debe tener territorio (muy recomendable), gente (claro), y gobierno. Un gobierno, para que lo sea sin remilgos de nadie, debe aplicar la misma ley a todos y sujetarse a sí mismo a ella. Esto de la misma ley para todos parece ser el origen de las constituciones y México no es la excepción. El extranjero con menos de dos días de haber llegado a esta tierra de hombres cabales, si nos oye hablar de nuestra Constitución debe imaginar que la respetamos más que a nuestra abuela, que la cuidamos mejor que la cartera y que es intocable. Cuando el tenochca simplex quiere afirmar que algo es absolutamente imposible que suceda, exclama: -¡Es inconstitucional! –como si fuera un conjuro para exorcizar cualquier demonio que atente contra la plácida vida legal de la patria.
Nuestra Constitución fue promulgada el 5 de febrero de 1917 con el título, “Constitución política de los Estados Unidos Mexicanos que reforma la del 5 de febrero de 1857”, aunque la verdad, con tantos retoques a la de 1857, resultó una nueva. Y les salió bien, tiene 136 artículos y fue la primera en el mundo en incorporar derechos sociales (la primera, digo, en algo íbamos a ser los primeros). Aparte hay una Constitución en cada entidad, cosas del federalismo.
Nuestra Constitución federal es como todas las que aspiran a ser seriecitas, el documento fundamental del Estado nacional, define y crea los poderes (Ejecutivo, Legislativo y Judicial), es el sustento de todas las demás leyes y bla, bla, bla (ya sabe).
El número de reformas, enmiendas, adiciones o cambios en general, a una constitución, permite saber qué tan serios son los políticos de un país (y que tan alebrestados sus ciudadanos), porque de poco vale tener una Constitución como de concurso, digna de medalla y diploma, si le hacen cambios todo el tiempo.
Para entrar en escala y aunque las comparaciones sean odiosas, le comento que la Constitución, escrita y en vigor, más antigua del mundo es la de los EUA, redactada en 1787. Tiene siete artículos (siete). En 231 años se le han hecho 27 enmiendas (“amendments” que en derecho sajón son adiciones, no correcciones, cambios ni reformas). Las primeras diez enmiendas quedaron pactadas de antemano al firmar la Constitución. En promedio, cada enmienda tardó en aprobarse poco más de dos años (una, la 26, se aprobó en tres meses y ocho días, para disminuir a 18 años la edad para votar; hay otras que han tardado cuatro años).
En la Europa de hoy, en varios países, la reforma a la Constitución implica que desaparezca la Cámara que proponga el cambio, a su casita se van una vez aprobada la reforma y la gente elige otros representantes. En otros países de ese continente, cierto tipo de reformas constitucionales se aprueban por sus parlamentos y con referéndum adicional. Bueno, cada quien su modo.
En Alemania, ya disipado el olor a pólvora y enterrados todos los cadáveres de la Segunda Guerra Mundial, promulgaron su Constitución el 23 de mayo de 1949. Le han hecho 60 reformas.
En España una vez que estiró la pata Pancho Franco, se pusieron a arreglar su país y mediante referéndum aprobaron su Constitución actual que entró en vigor el 29 de diciembre de 1978. Le han hecho dos reformas, una, para agregar en el artículo 13.2, las palabras “y pasivo”, dándole derecho a votar en elecciones municipales a los extranjeros, a resultas de su incorporación a la Unión Europea; la otra para hacer obligatoria la estabilidad presupuestal. Punto.
En la Gran Bretaña, el régimen democrático más antiguo del planeta… no tienen Constitución; confían todos en que su Parlamento no legisla a lo baboso.
En cambio, nuestra sacrosanta Constitución lleva 699 reformas (699). A 115 de sus 136 artículos les han metido mano según el gusto e intereses del mandatario de turno. El campeonísmo es don Peña, quien promovió 147 parches a la Constitución, seguido por mi general Calderón, que la reformó 110 veces; el bolero de Ciudad Juárez, don Zedillo, nomás empujó 77 iniciativas para retocar el texto; De la Madrid, 66; Salinas, 55 y don Chente Fox, 31. Todos, todos los presidentes de la república han movido los hilos para cambiarle a la Constitución lo que les ha venido en gana, ni don Adolfo Ruiz Cortines se salva por más que solo haya hecho dos reformas.
O es una birria nuestra Constitución o son una birria nuestros políticos. Los que saben dicen que la de 1917 estaba de lujo (con sus prietitos). Ahora tenemos una “Carta Magna” (no lo es, pero así le dicen), como… hágase de cuenta la cara de Lyn May después de sus cirugías plásticas, peor que un vochito arreglado como Porsche. Y de las constituciones de los estados guardemos un casto silencio: una noche de loca bacanal en el carnaval de Veracruz, es como procesión de monjitas del Verbo Encarnado: hacen lo que les sale del forro de la voluntad a sus gobernadores.
Lo maravilloso es que el país funcione, pero aceptando que en cosas de legalidad y política, no se nos da la seriedad: los presidentes de México a lo único que se comprometen al jurar el cargo, es a respetar y hacer respetar la Constitución y las leyes que de ella emanen. En serio.
Necesitamos empezar otra vez; hacer una Constitución compacta y seria (que las estatales legislen solo lo particular de cada entidad), y que no sea como pila de agua bendita, que cualquiera le puede meter el dedo.

Nuestra Constitución fue promulgada el 5 de febrero de 1917 con el título, “Constitución política de los Estados Unidos Mexicanos que reforma la del 5 de febrero de 1857”, aunque la verdad, con tantos retoques a la de 1857, resultó una nueva.

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