Reinventar la solidaridad

Manuel Zepeda Ramos

Mi generación aprendió muy bien que había que devolverle al pueblo lo que el pueblo hizo porque aprendiéramos la profesión. Lo hicimos con gusto, con entusiasmo. Algunos fuimos al campo; otros fueron a los núcleos urbanos deprimidos. Hay ejemplos maravillosos al respecto, sobre todo en los egresados de medicina. Pregúntenle al doctor Escobedo sobre su gran experiencia y aprendizaje en un paraje de Chenalhó.
Echeverría le entró duro al trabajo comunitario. Los estudiantes de su sexenio hicieron su servicio social con los campesinos del país, de todo el país. Me consta: trabajé con ellos. En esa época, aprendí en Yucatán, Aguascalientes, Zacatecas, Durango, Nayarit y Baja California Sur, que se valía decir que la casa del comisariado ejidal sería la obra más importante de la memoria del ejido -que lo era-, a cambio de tener la participación de todo el pueblo en su construcción que se traducía en un esfuerzo de actividad colectiva y voluntaria que iba a permitir intentar después -así lo hicimos-, cualquier otra tarea en la producción para el desarrollo económico.
No sé qué sucedió, pero pasó el tiempo y los estudiantes en servicio social no querían salir de las capitales estatales, de las grandes ciudades. Imposible que un futuro médico fuera a una comunidad rural, mucho menos a vivir en ella. Si acaso a una clínica municipal, a orillas de la ciudad.
Se perdió todo el interés y la obligación por conocer al México real.
Hoy, son los padres los que van a las oficinas de gobierno a suplicar que los hijos hagan allí su servicio social, sacando copias, sirviendo café o yendo a comprar las tortas y refrescos. Los funcionarios les conceden ese privilegio porque servicios escolares de cualquier Institución de Educación Superior acepta sin cortapisa alguna el documento aval del “servicio cumplido”.
Esto tiene que cambiar.
Estamos formando “profesionales” sin ninguna conciencia social, sin apego a una realidad nacional que exige de sus servicios.
Una opción para el cambio se presentó, solita, en los últimos minutos del 7 de septiembre: Richter nos dijo que había temblado en Chiapas y otros estados en 8.2 grados de intensidad. Habíamos sufrido un terremoto.
Casi de inmediato supimos los efectos de la destrucción. Decenas de miles de viviendas chiapaneca y de otros estados se habían venido abajo, cientos de escuelas destruidas y nuestro pasado histórico colonial representado por sus iglesias había sufrido severos daños en su integridad y dignidad. Me atreví a decir que la reconstrucción no sería asunto de poco tiempo, que debía ser asunto del próximo sexenio y tal vez más. Tuve razón. Al día de hoy no se puede afirmar cifras exactas de destrucción.
Pero también dije que era el momento de ponernos a prueba para ver de qué estamos hechos. Y mencioné en primer lugar a las universidades de Chiapas, a sus escuelas de ingeniería, a su infraestructura de investigación científica y a sus miles de estudiantes próximos a cumplir su servicio social o adelantarlo si fuera necesario.
Dije todo eso porque un terremoto de la magnitud presentada -8.2 Richter-, nos obliga como entidad federativa a presentar un Reglamento de Construcciones para que rija en todo el estado de manera seria y obligatoria. Afortunadamente, Chiapas es tierra de talento y ha formado a estructuristas serios que pudieran enfrentar este reto para su elaboración. Tendrían que trabajar con laboratorios de materiales, mesas vibradoras para la simulación de sismos y otros instrumentos que deben estar en la UNACH y en otras universidades así como en la Secretaría de Protección Civil. Y si no las hay, habrá que adquirirlas o hacerlas.
Sus trabajos deberán dar como resultados la utilización de materiales de la región adecuados, existentes y apropiados, propuestas de apoyos estructurales para las viviendas, así como la conservación del paisaje urbano de cada uno de las comunidades afectadas.
La reconstrucción de Chiapas debe de considerar una gran promoción para lograr una gran movilización de mano de obra local de manera solidaria en la reconstrucción -primero tú y luego yo-, así como la participación de universitarios y técnicos en servicio social en donde se note su presencia con trabajo eficiente, la presencia del talento universitario chiapaneco en cada uno de los cientos y cientos de comunidades que sufrieron el embate del terremoto.
Vale la pena recordar que el terremoto que azotó a Nicaragua antes del triunfo de la revolución, convirtió al país en un territorio desolado en donde se aprecia la destrucción de una nación que no ha sido capaz de reconstruirse. Ojalá que nunca nos pase a nosotros.
Este acontecimiento sísmico del 7 de septiembre de 2017 que nos conmovió a todos los chiapanecos y a todos los mexicanos, nos obliga a pensar en un nuevo concepto de solidaridad, reinventar una solidaridad que sea capaz de movilizar a toda la juventud chiapaneca en la reconstrucción de su pueblo.
Si se puede.
Es asunto de voluntad y amor a Chiapas.

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