Indios, mestizos, blancos…

¡Después de cinco siglos continúa el prejuicio! Muchos afirman que en México no existe discriminación. Como con la corrupción, aparece la doble moral de muchos que declaran una cosa y actúan en sentido contrario: falta de congruencia entre el decir y el hacer, carencia de cultura de la Legalidad.
Bueno sería que hiciéramos un verdadero examen de conciencia y que, al menos ante nuestro yo interno, aceptáramos que somos prejuiciosos, que la igualdad existe sólo entre los iguales, pero no hacia los diferentes.
Las investigaciones del Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred) nos muestran cómo la sociedad rechaza a los indígenas, tanto como a otros grupos minoritarios (gays, ancianos y un largo etcétera).
Las mujeres también sufren discriminación. Por ello se dice que lo peor que puede pasarnos en nuestro país es ser mujer, anciana e indígena.
Infringir la Ley al grabar conversaciones privadas es un delito, por supuesto lo es. No coincido con la opinión de que es éticamente válido porque permite conocer a las personas. Separar lo ético de lo legal lleva a justificar su incumplimiento. Si la Ley no es ética, cambiémosla.
Pero también es sancionable expresarse de manera ofensiva hacia una persona por su pertenencia a un grupo étnico, y más cuando quien lo hace es un servidor público que se precia de ilustrado. No se es servidor público sólo frente a otros; cuando protestamos a un cargo lo somos 24 horas al día. Esto se olvida con demasiada frecuencia.
Cuando en cualquier oficina pública —o privada— aparecen dos personas, una blanca y bien vestida, y la otra morena y con sombrero de paja o rebozo, la atención se dirigirá a la primera y es probable que el trato hacia la segunda sea notoriamente distinto, y seguro peor.
No hemos superado la carga de racismo que dejó la conquista. Ellos, los rubios y barbados eran superiores; los indios, poco menos que esclavos en su tierra, eran los sometidos. Y los mestizos, sin pertenencia a unos ni otros, buscaban el poder de los primeros y alejarse de sus grupos de origen.
Hoy, lo que ha cambiado es el discurso. Quinientos años más tarde sólo se modificaron las apariencias, no los sentimientos internos. Creamos instituciones para la defensa de los grupos vulnerables… y nos curamos en salud.
Durante las campañas se seduce a los grupos indígenas, se busca el voto de las mujeres (¡claro, somos más que ellos… y votamos!).
La estupidez de Lorenzo Córdova sacó a la luz, al escrutinio público, un problema de fondo que sólo podremos resolver aceptando quiénes somos, de dónde venimos, pero sobre todo siendo congruentes, viviendo con honestidad el valor del respeto hacia el otro, al diferente.

Por Sylvia Pérez Campuzano
(Presidenta de Por lo Derecho A.C)
Colaboración especial
Comentarios: sylviapc@porloderecho.org

EL UNIVERSAL

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