A la mala: La Feria

SR. LÓPEZ

En la familia materno-toluqueña de este menda, a la prima Licha (Alicia), todos le decíamos La Loca. No sufría ningún mal mental, pero estaba loca. Si conoce usted caso parecido, favor de reportarlo: el día de su boda, ya con las familias de cada lado dentro del templo, entró Licha La Loca y al pie del altar esperaba otro señor, no el novio; el papá de La Loca, tío Neto, la llevaba del brazo, ella muy sonriente, él con la cara descuadrada; el cura dijo que no se podía y de todas formas la Loca se fue a su fiesta, donde un Juez Civil la casó (con medio salón vacío); y partió a su viaje de bodas… del que regresó sola. Años después un mes de abril, falleció su padre, quien  heredó a La Loca, una escuela que era una mina de oro; ella de inmediato cambió a los maestros, al cuerpo administrativo y los choferes de los camiones, porque su papá ‘regalaba’ el dinero y ella iba a ganar mucho más. Gastó una fortuna en Conciliación y Arbitraje, perdió todos los asuntos y cerró el curso con tres o cuatro alumnos por salón, porque de a poquitos, casi todos los papás fueron sacando a sus hijos… Loca, pues.

Por considerar que los tratados con el gobierno de EUA, aprobados por el Presidente de la república, atentaban contra la soberanía de México, renunció el secretario de Hacienda, cosa no vista antes. A funcionarios de ese calibre a veces los despide el Ejecutivo o los mueve según convenga a su estrategia política, pero ellos no avientan la toalla, ni dicen “ahí está el arpa ya no toco”, no, eso no se había visto. Ese Secretario de Hacienda, entre otros grandes méritos estableció las negociaciones con el Comité Internacional de Banqueros en Nueva York y consiguió mejores condiciones para  el servicio de la deuda pública exterior. Y un escaso año después, renunció por el grave desacuerdo con el presidente Obregón (estamos hablando de Adolfo de la Huerta, en 1923, único caso de este tipo conocido hasta hoy, pero don Adolfo no iba a aprobar con su presencia el Tratado de Bucareli… y se necesitaban muchos pantalones para renunciarle a un señorcito como Álvaro Obregón; esos caballeros mataban como pedir otro de maciza). Como sea: si no recuerda mal este López, no volvió a presentarse caso igual… hasta ayer:

Casi un siglo después, con la renuncia de Carlos Urzúa Macías a la Secretaría de Hacienda por cuatro razones: por discrepancias en materia económica “(…) porque en esta administración se han tomado decisiones de política pública sin el suficiente sustento”; porque “(…) toda política económica debe de realizarse con base en evidencia, cuidando los diversos efectos que ésta pueda tener y libre de todo extremismo, sea éste de derecha o de izquierda”; y porque de plano no traga “(…) la imposición de funcionarios que no tienen conocimiento de la Hacienda Pública. Esto fue motivado por personajes influyentes del actual gobierno con un patente conflicto de interés”. Pues motivos para renunciar no le faltaban.

Esperaría, ingenuo que es uno, que nuestro Presidente de inmediato pida informes y aclare que funcionarios que no saben de Hacienda, le fueron impuestos (y por quién), al Secretario de Hacienda, y con “patente conflicto de interés” (y eso es asunto serio, muy serio).

La respuesta primera de nuestro Presidente, fue por medio de un video que ‘subió’ a las redes sociales, en que dijo: “Como se están llevando a cabo estos cambios, se cimbra, rechina y hay a veces la incomprensión o dudas, titubeos, incluso al interior del mismo Gobierno, del mismo equipo, pero nosotros tenemos que actuar con decisión y con aplomo”.

¡Qué bien!, sí, con aplomo y sin nervios… pero sería poquito más que prudente aclarar lo de los nombramientos de ignorantes con “patente conflicto de interés”, porque, sabe usted, es nuestro dinero, el dinero que pagamos los mexicanos de impuestos, y con el que se pagan los créditos que contrata el gobierno. Y si alguien está poniendo burros y con “patente conflicto de interés” a manejar nuestro dinero, pues nos interesa, algo.

Otra cosa que no llama la atención es el nombramiento como bateador emergente de Arturo Herrera Gutiérrez, quien era subsecretario de Hacienda y desempeñó el mismo papel de sustituto designado por Andrés Manuel López Obrador, entonces Jefe de Gobierno del D.F., cuando se fugó su secretario de Finanzas, Gustavo Ponce Meléndez cuando se hizo público que se iba a Las Vegas a jugar dinero presuntamente del erario (¡ah, la gente siempre pensando mal!); el caso es que don Herrera entonces era director General de Gestión Financiera del D.F. y entró al quite; ahora, otra vez, pero para la historia queda su foto al lado del Presidente con cara de susto, susto y apuración, al ser nombrado Secretario de Hacienda, porque sabe que le van a imponer el plan de negocios de Pemex, elaborado por la gente de la secretaria de Energía, Rocío Nahle, plan que en Hacienda consideran desastroso, tanto que puede bajarle más la calificación crediticia a Pemex y hasta al país.

Ante eventos de este calibre no hay lugar al optimismo, nadie se avienta de un barco que navega con normalidad. Algo va mal y todo podemos esperar excepto que nuestro Presidente haga un alto, reflexione y ajuste lo que haga falta. Por eso lo de don Urzúa para él, queda en rechinido, cuando es un trueno de esos que hacen encoger el cuello y alzar los hombros.

En los primeros seis meses de este gobierno han sido despedidos 11,144 funcionarios y de ese total, 3,129 bajas son de Hacienda (casi la mitad de su plantilla de funcionarios), y 3,053 del SAT (el que cobra los impuestos); o sea, el 55% de los corridos son del sector hacendario.

Tampoco es cosa de pensar que ya se acabó el mundo, no, de ninguna manera. De peores hemos salido. Sin embargo, tampoco se puede minimizar algo tan serio. Ya desde el extranjero nos llegarán los efectos de este estallido, porque no fue rechinido, fue bomba… y esa voz sí escucha este gobierno, aunque no hablen inglés, porque el dinero se da a entender muy claro, a la buena y a la mala.

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