A Rey muerto, Rey puesto: La Feria

SR.  LÓPEZ

Tía Carmen, de las de Autlán, se divorció de su primer marido porque era un gañán. Luego se casó en Guadalajara con un hijo de exgobernador, educado, guapo y fino de trato, pero tan fino que también lo dejó porque según ella, no le ‘cumplía’. Vaya usted a saber. Lo especial del caso de la tía es que su tercera boda fue con el primer marido porque, contaba la abuela Elena, le explicó a sus papás: -Sí, es un gañán, pero es muy ‘cumplidor’ –ella se entendía.

Todo comenzó en el año 2000, año que algunos ven como la entrada de México a la democracia, cuando en realidad fue tan solo el año en que se dispersó el poder.

Antes, la dupla partido-Presidente, detentaba un poder total, benignamente autoritario, pero autoritario; después, ya con una presidencia debilitada y un PRI desacreditado, con nuevos primeros actores sin costumbre de uso de poder y desconocimiento del modo de usarlo en la realidad dura de nuestro país, el control del poder, el poder mismo, se atomizó.

El debilitamiento de la otrora inmensa fuerza presidencial imperial de los tiempos gloriosos del PRI triunfante, no se debió a la fuerza de las ideas, al empuje de las masas, a un arrepentimiento masivo de priistas, a la presión extranjera, no, todo eso son explicaciones que ennoblecen la vulgar verdad: el poder perdió poder cuando se liberó la economía, cuando las crisis económicas recurrentes obligaron al ‘sistema’ a abandonar por un lado, su monopolio de sectores estratégicos y por el otro, a relajar la protección de los no muchos grupos privados que formaban lo que con humorismo involuntario en esos tiempos, llamábamos ‘iniciativa privada’, siendo en realidad un apéndice del poder político. Ya con actores económicos no sujetos a la voluntad oficial, ya con la economía del país en manos de entidades nacionales y extranjeras ajenas al aparato de gobierno, la importancia del Estado personificado en el Presidente de la república, sufrió una hemorragia incontenible del poder como lo conocíamos.

Ya debilitada esa dupla, fue posible el triunfo opositor. Luego, ya derrotado el PRI en el 2000, el antiguo poder concentrado se diluyó distribuido entre gobernadores, líderes regionales, sólidos empresarios autónomos, grandes sindicatos y sí, también entre grupos delincuenciales de creciente presencia. Fue un nuevo juego desconocido para los mexicanos, con nuevas reglas que poco a poco vamos intuyendo y aún no dominamos.

Al principio pareció que habíamos pasado del régimen de partido único al régimen de partidos, fue un espejismo: los partidos que desde 1996 se fueron incorporando a los estamentos del poder asumieron los vicios de antes, el privilegio, la prebenda, la impunidad, el acaparamiento de oportunidades políticas y económicas, con un faltante que no extrañaron: la represión. El viejo régimen sabía reprimir selectivamente y sin piedad. Los nuevos ocupantes del escenario político, aparentando o creyendo sinceramente que su desempeño era democrático, sin dejar los viejos vicios, se enredaron en una dicotomía insalvable, no se sostiene sin represión un sistema excluyente, por definición autoritario.

El sistema de gobierno que dominó nuestro siglo XX supo dosificar la represión sin sofocar a las grandes mayorías, y al mismo tiempo no temió mostrarse autoritario siempre que fue necesario.

La larga permanencia del PRI en el poder se explica por sus no pocos logros de gran calado para una población que aún recordaba la marginación masiva del porfiriato y la cara horrible de la guerra civil que llamamos Revolución; y para los que no vivieron nada de eso, por las posibilidades y real esperanza que ofrecía una economía creciente: no se aspiraba a derrocar el sistema, se aspiraba a formar parte de él en alguna de sus modalidades: incorporarse a la alta burocracia para vivir de los cargos públicos con acceso a los negocios que le eran connaturales o amasar fortuna a la sombra del poder. Eso legitimaba implícitamente al régimen, por eso se toleraban la represión y el autoritarismo: el que no quería problemas, no los tenía a condición de no insubordinarse y había posibilidades de progreso personal. Esa es nuestra ‘cultura’ política y esa sigue vigente.

Y, por cierto, la indignación por la corrupción no es porque seamos tan buenecitos que nos repugna, dejó de ser tolerable cuando se volvió coto exclusivo de unos pocos lo que incrementó la ilegitimidad del régimen y su vulnerabilidad.

Ahora tenemos un Presidente de la república que clama haber llegado a transformar el país. Cinco años 10 meses en el poder no alcanzan para cambiar un país tan complejo; además, una transformación de ese calado requiere de un partido verdadero que trascienda a la persona.

Este proyecto transformador no tiene futuro. Primero y antes que nada, porque el Presidente, lejos de ser el transformador que pregona, encarna la involución hacia el viejo sistema priista del presidencialismo imperial, sin el conjunto de contrapesos y equilibrios al poder, internos del PRI y extralegales, sí, pero funcionales, que atajaban las locuras que suelen tentar a quien enloquece por el poder y mantenían aunque fuera inercialmente, un proyecto de futuro nacional; y en segundo lugar, está condenado a desaparecer con él por ser un proyecto personal, sin partido y sin permitir que se consoliden personalidades públicas fuertes que ve como competidores, no como garantes de un proyecto, su proyecto.

Conforme se acerque el fin de esta administración, magra en resultados, crecerán las posibilidades que desde presidencia se intenten acciones desesperadas, peligrosas. Por eso es de tan vital importancia imponer el próximo año, al menos desde la Cámara de Diputados, un freno que impida yerros mayores. No es fácil, el voto popular se inclina por el poderoso mientras es poderoso, mientras controla el flujo del erario, mientras parte y comparte. Quedará hasta 2024 el corte de caja, cuando la gente sí es inclemente, cuando se acaban las excusas, cuando a Rey muerto, Rey puesto.

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