Abrir el país a la mujer

Hace unos días el papa Francisco se preguntaba durante una audiencia general en la Plaza de San Pedro “¿Por qué se da por hecho que las mujeres deben ganar menos que los hombres?”, esto a pesar de que ellas tienen —como afirmó— “los mismos derechos”.
Luego de calificar a esa circunstancia como “una forma del machismo que quiere dominar a las mujeres”, sentenció que “¡Ese tratamiento desigual es sencillamente un escándalo!”, por lo que instó a “defender a las mujeres”.
Casi de forma simultánea a esas declaraciones, El presidente de la República, Enrique Peña Nieto manifestó: “no hay razón que justifique que un hombre gane más que una mujer, si ambos realizan el mismo trabajo, menos aún puede permitirse la discriminación o el acoso laboral”. Por otra parte, la sociedad conoció una serie de fotografías de una mujer mexicana que durante dos años había permanecido cautiva en una lavandería y que era obligada a trabajar en jornadas extenuantes.
Atada con cadena al cuello y cuerpo, presentó más de cuatrocientas lesiones corporales que habían sido provocadas por los golpes y tranquizas que sistemáticamente había recibido con cables, tubos y palos.
Conscientes de las antípodas de esas duras afirmaciones y de esos entristecedores hechos, existe también en el punto medio una positiva realidad en la que la condición de la mujer ha presentado significativos avances.
No obstante, la verdad es que su posición familiar, social, económica y política, dista de ser —por mucho— lo que ella merece, de modo que el déficit que persiste únicamente evidencia su severísima, injusta e incomprensible situación.
Ese estado desolador, que afecta de manera cotidiana, permanente e indefinida a nuestras niñas y mujeres adultas y de la tercera edad, no puede ni debe continuar, ya que preserva el circulo vicioso que impide que nuestra sociedad libere su enorme potencial en materia de desarrollo humano.
Para Naciones Unidas, la correlación entre el desempeño, aportación y talento de la mujer para el mejoramiento de las condiciones integrales de bienestar, de salud y de desarrollo en las sociedades avanzadas, es un hecho probado e indiscutible.
Al respecto, se ha demostrado que las mujeres tienen una mayor contribución en sociedades abiertas, democráticas e igualitarias, donde el entorno de mayor libertad económica e intelectual incentiva su plena aportación científica, económica y cultural.
En este sentido, la presente situación de la mujer en nuestro país ciertamente nos ubica contra nuestros más ansiados, caros y legítimos anhelos de progreso, de desarrollo y de superación en los ámbitos privado, público y social de la vida nacional.
Debemos –por tanto– abrir ya y de una vez por todas y para siempre, de manera franca, sin miramientos y sin reservas, todos los lugares, ocupaciones y posiciones de la vida nacional en favor de la mujer en condiciones de estricta igualdad, incorporando las acciones afirmativas donde sea necesario.
Ese ejercicio humano fundamental, que conlleva la más trascendente, sentida y perecedera reconciliación con más de la mitad de todo lo que somos como entidad nacional, nos exige sentido común, altura de miras y actuación inmediata.
No hacerlo significa mantener al país en la senda de la discriminación, de la inequidad y de la violencia contra la mujer, lo que no sólo continuaría lastimando el disfrute y el ejercicio pleno de sus derechos humanos y de sus prerrogativas ciudadanas, sino que también por entero a México.
En suma, debemos apurar el paso para lograr la distribución equitativa de cargas y beneficios entre ambos géneros; consolidar el empoderamiento femenino; facilitar la denuncia de delitos de género; eliminar los roles estereotipados; reparar de modo efectivo a las víctimas; y, sobre todo, lograr la participación incluyente de la sociedad en esta lucha.

Daniel Cabeza de Vaca
(Consejero de la Judicatura Federal de 2009 a 2014)
EL UNIVERSAL

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *