Adopte un narco: La Feria

SR. LÓPEZ

Allá en Autlán, contaba la abuela paterna, Elena, a principios del siglo pasado se les murió de viejo el médico del pueblo; años estuvieron pasándolas canutas sin quién atendiera sus enfermitos (los partos los atendía la comadrona y muy bien). Un día llegó un joven elegante, muy de ciudad, quien dijo ser médico educado en París y que iba a abrir ahí su consultorio (de París a Autlán, raro). Ya le he contado antes que ese doctorcito, durante unos meses recetó cebolla para todo (cruda a mordidas, cruda picadita, en tisanas, en fomentos), hasta que casi se le muere la esposa de un matasiete de por allá y huyó. Luego de un tiempo llegó un señor que vendía un jarabe bueno para tantos males que el Alcalde mejor lo ayudó a irse pronto (a tiros en los pies). Y por eso estuvieron hasta 1930 sin médico pero mejor que gastando en charlatanes. Pues sí.

Bueno y ahora… sí, ¿ahora qué?

Le quedan once días el año. Si uno ya tiene uso de razón y más de nueve de edad, es temporada agridulce en la que se reflexiona, así sea poquito, en lo hecho con el año que se va sin remedio ni posibilidad de arreglar el tiempo desperdiciado. Tal vez eso tenga alguna relación con el incremento promedio en el consumo de bebidas que adormecen la conciencia, alegran las fiestas y atarean tanto los puestos de verificación de contenido de alcohol en sangre.

Los gobernantes la tienen más difícil pues al corte de caja sobre sus cosas personales, suman los asuntos públicos. Cosa fea para algunos a los que el saldo de sus acciones y los pendientes que dejan, les echan a perder posadas, cena de Navidad y festejo de año nuevo (no aplica para los convencidos de ser infalibles, salvadores de la patria, ni depredadores del erario, pandos de gusto por el largo periodo de festejos para los que les sobra dinero).

Los dos grandes temas nacionales son sin duda: la economía (internada en cuidados intensivos) y la seguridad pública, en Alerta Amber (se solicita información sobre su paradero).

Cerramos este año peor de lo que estábamos. Por un lado, sin duda, por la inercia delincuencial, pero por el otro, por el cambio de gobierno, de estrategia, de mandos, de estilo y de paso (hay curvas de aprendizaje peores que el ascenso al Everest, cargando maletas y en tenis).

Las reuniones diarias -a las siete de la mañana-, del Presidente de la república con el gabinete de seguridad que supuestamente se replican en todos los estados de la república, entre los gobernadores y sus respectivos expertos, aparte de servir para escuchar la estadística actualizada del número de muertos, parecen no estar sirviendo para tomar decisiones ni verificar la implementación de las acciones que concreten en los hechos la nueva estrategia de seguridad nacional. Tan es así que el mismísimo Presidente de la república no supo que se iba a realizar la detención de Ovidio, el hijito del Chapo (bueno, eso dijeron).

Desmantelada a lo mariachi la Policía Federal, la Guardia Nacional (Trump mediante), quedó instalada en los hechos como principal fuerza de tarea del Instituto Nacional de Migración. Es una fuerza ‘civil’ militarizada sin muchos pudores, que aún está reclutando su platilla de personal, en lo que cuenta con cuarteles (en octubre, el Presidente de la república anunció que estaban en construcción 81 cuarteles, que la prioridad eran tres -Guanajuato, Jalisco y Michoacán-, mientras por su lado, el secretario de la Defensa Nacional, Luis Cresencio Sandoval González, afirmó que se espera concluir en este diciembre la construcción de los primeros cuarteles de la Guardia… újule).

Si la idea era desaparecer la Policía Federal para sustituirla por una nueva corporación civil eficaz, fracasaron. Pero, si la idea era probar quién manda aquí, fue todo un éxito. Al César lo que es del César y a Dios récenle… de un manotazo se mandó al basurero la única fuerza policiaca federal presentable y sobre la marcha se improvisa su sustituto, dejando mientras a los malandrines sueltos, lo que no da lugar al sombro ante los resultados (se estima que para Noche Vieja serán unos 38 mil asesinatos dolosos, pero -¡espere!, como en Infomercial-, don Durazo como que nos quiere tranquilizar al decir que ‘se cometen en regiones específicas de las entidades citadas, afectadas por grupos de la delincuencia organizada en disputa por el control’… o sea: la señora de la portada de los libros de texto gratuitos, La Patria, nada más tiene gangrenada una pierna, favor de no preocuparse de más).

Fíjese: 38 mil asesinatos este año. Recapacite en que el tío Sam aún no se repone totalmente de la depresión por la guerra de Vietnam, que duró poco más de ocho años -después de la etapa de ‘asesores militares’, las hostilidades duraron del 4 de agosto de 1964 hasta el 27 de enero de 1973, fecha de firma de los Acuerdos de París-, con un total de 46,501 militares de sus fuerzas armadas muertos en combate… 5,812 fiambres por año, póngale seis mil. En México, sin bombardeos andamos en cuatro veces más por año (y ya vamos arriba de 300 mil asesinatos en esta no-guerra al narco).

No puede sino aceptarse sin trapitos calientes que la estrategia anterior, la surgida desde tiempos de Calderón, fue un sonoro fracaso. Sin duda. Nadie en sus cabales niega que se debe cambiar de estrategia. Y se cambió. Pero la evidencia permite concluir que la actual estrategia es imaginaria.

Y… esa no es la mala noticia, sino que todo indica que nuestro gobierno federal está decidido a continuar con esa no-estrategia, consistente en las juntas mañaneras y la espera de que rinda frutos el gasto de carretadas de dinero en becas y apoyos a ninis.

Así, si la estrategia seguirá, lo menos que se puede pedir es que la intensifiquen y que las reuniones presidenciales de seguridad sean a las cinco de la mañana, o antes, que el caso amerita. Y con modestia se propone una política nacional que complemente la sustitución de balazos por abrazos. Sí, que cada familia mexicana ahogue en cariño a los malandrines: adopte un narco.

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