Aguas frescas: La Feria

SR. LÓPEZ

Este López (de los de Autlán de la Grana, Jalisco, que hay de otros, no vayan a confundir), estudió Primaria y Secundaria en el mismo colegio, cuyo Director fue siempre don Ismael, el maestro Ismael (el señor Tapia, para los papás), que mandaba callado. En nueve años, si no recuerda mal este menda, lo oyó hablar una vez; se le quedaba viendo a uno, a otro, a cualquiera… y ¡derechito!; a la hora del recreo si cruzaba el patio con su andar pausado, las manos a la espalda… se iba haciendo el silencio a su paso. Nadie le teníamos miedo, pero chorreaba respeto. Luego, este su texto servidor, ya adulto, se enroló en una megaorganización con sucursales en 80 países; en México estaba a cargo ‘don Pedro’, con autoridad para -alzando una ceja-, poner firmes y en fila de dos en fondo, a un batallón de cosacos ebrios; hablaba poco, en voz baja y afable, y cuando de verdad algo le urgía mucho, decía dos veces ‘por favor’. También estuvo este junta palabras en la entonces Contaduría Mayor de Hacienda, con don Miguel Rico de titular, señor que exudaba autoridad, más serio que la factura de CFE, que hablaba poco pero si se le quedaba mirando a algún funcionario negando con la cabeza, era mejor entregar la renuncia. Y en el campo de Adiestramiento en que amaestraron al del teclado, don Víctor no abría la boca: te miraba y sudabas, mientras la subcomandanta Yolanda regañaba todo el día, ‘chancleaba’ parejo, ponía castigos que según ella domaban a un orangután y a sus espaldas nos reíamos todos de ella (don Víctor, no, por otras razones, relativas a la suspensión por tiempo indefinido de actividades lúdico hidráulicas… no es asunto suyo).

En aquellos tiempos no todo era mejor que en estos, ni peor, había de todo, aunque la objetividad más básica permite afirmar que no pocas cosas de hoy son mucho mejores que las de antaño, por ejemplo, que la mujer cuando menos cada vez menos, ya no es ‘ancilla domine’, esclava, sierva de su señor, para ni mencionar que ya a nadie sorprende ver mujeres en las universidades, manejando un automóvil o una retroexcavadora.

Lo que sí estaba claro a mediados del siglo pasado era que el hombre debía ser ‘feo, fuerte y formal’; y que los políticos hablaban poco (unos por listos y otros para que no se les notara lo tontos); no eran mejores y si le acomoda, eran peores (total), pero de que los políticos eran señores serios, eran. Y si no fueron autores exclusivos del ‘milagro mexicano’ (1940-1970), cuando menos no lo estorbaron (y sí fue su mérito).

Otra cosa, sin atenuar los vicios y esperpénticos defectos del ‘sistema’, de aquél priismo que sabía los resultados de las elecciones antes de celebrarse, para el que reprimir a palos y balazos, era parte del instrumental político aceptado, sin pretender diluir semejantes cosas, es cierto que lo hecho entre 1929 y 1970 no fue poco aunque al precio de un permanente estado de anemia cívico-democrática de la que aún no se termina de reponer La Patria, aunque está muy mejoradita.

En 1970 sucedió que se aplastó en La Silla el pérfido Luis Echeverría, rabiosamente inteligente, patriota a su manera, convencido de la sacralidad del ‘sistema’, pero enloquecido por su propia imagen. Su solicitud de inscripción a Egocéntricos Anónimos, sería rechazada por egolatría incurable.

Una de las características más detestables de don Echeverría, era su total incapacidad para mantener la boca cerrada… y aunque quisieron hacerle fama de tonto, de tonto no tiene un pelo (el señor vive, el 17 de enero cumplió 97 añitos), y no siendo tonto sí dijo muchas tonterías porque es imposible opinar de todo, de lo que se sabe y de lo que no se sabe, sin hacer el ridículo; igual que es insostenible pretender que jamás se equivoca uno en nada. Una de las mayores ventajas del tenochca estándar, perteneciente al peladaje simplex, es el alivio que siente uno al decir: metí la pata, me equivoqué, tenías razón… y que no pase nada ni salga en la portada de los periódicos ni en  los telediarios 40 veces al día.

Otra cosa insoportable de don Echeverría era su ‘izquierdismo’ de mascarada, de dientes para afuera, porque eso predicaba y le abría las puertas del país a cualquier perseguido por dictaduras o a todo izquierdista con dolor de panza, pero a la izquierda nacional la machacó. Era un conservador con toda la barba.

Aparte, dislocó la economía nacional, terminó con el ‘milagro mexicano’… y aunque no lo crea: prohibió el rock (el ‘Avandarazo’, ni quien se acuerde). De remate de pecho, dejó de sucesor a López Portillo… ¡aaameeén!

No intenta fincar su texto servidor un nuevo paradigma: los políticos deben ser lacónicos, con tendencia a la mudez, de preferencia autistas; no, de ninguna manera, que ha habido grandes políticos muy platicadores y hablantines, por ejemplo, Winston Churchill (aunque su supuesta habilidad oratoria era falsa: él mismo confesó ya retirado de la vida pública, que todos los discursos que pronunció en su vida, los escribió, solo, con todo cuidado y los memorizó, antes de aparecer ante el Parlamento o la muchedumbre a hablar como Demóstenes).

Pero lo que sí sostiene López es que un político no puede ser solo palabras.

Es un indicio de mucho preocupar cuando se topa uno con un político que no puede reprimir la necesidad de hablar; que jamás acepta ninguna versión de nada, diferente a la suya; que siempre y en todo tiene la razón.

Ese tipo de políticos si llegan a cargos de poder real, a fuerza de hablar y hablar, ante la evidencia de que yerran más de lo que su egolatría les permite aceptar, empiezan negando aun lo obvio, mienten y terminan rechazando la realidad. Aunque todo se vaya al demonio. Lo que importa es solo él, sostener su imagen.

Nuestro Presidente está muy a tiempo de asumir una gran verdad: ganó la presidencia, es el Presidente. Ya no hace falta que esté en campaña… la gente se harta.

¡Ah!, otra cosa muy chistosa que hizo don Echeverría fue que en las fiestas patrias en Palacio Nacional, servían solo antojitos y aguas frescas.

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