¡Ahí viene Lilly!: La Feria

Sr. López

Contaba la abuela Elena que a principios del siglo pasado, un tipo rústico de gran barriga, sombrerudo de huaraches y pistola al cinto, era el muy temido Alcalde de Autlán, por violento, arrebatado y mandón. Su palabra era ley y ni los más atravesados se le oponían. Para reelegirse nomás seguía yendo al Ayuntamiento y nadie chistaba, hasta que cerca de un 19 de septiembre, día de la Virgen del Rosario, principal celebración del pueblo desde 1831, mandó fijar un bando municipal anunciando que quedaba prohibida la tradicional procesión de la dulce Señora. Por sus pantalones. Y ardió Troya no porque nadie protestara sino porque la ancianita maestra Conchita, el mismo día en que se puso el bando, fue por él a la cantina, lo sacó de una oreja, lo llevó doblado a la plaza -seguida por los parroquianos y los que por ahí andaban-, le hizo arrancar el aviso y le dijo que ese año él pagaba las fiestas: -Sí –se le oyó susurrar al matasiete y la viejecita le dio un tirón de patillas: -¿Cómo se contesta? –y el cafre aquél contestó: -Sí, maestra Conchita –aguantó menos de una semana más de Alcalde, porque de ventanas y zaguanes, le gritaban: -¡Ahí viene la maestra Conchita!

A veces tiene uno algo tan enfrente que de tanto verlo pasa inadvertido. En México el tema de hoy es el liderazgo político; uno, el de ya sabe quién, que manifiesta gigantismo y otros que presentan cuadros severos de anemia.

El liderazgo político de los presidentes de México a lo largo de nuestra historia, puede tacharse de inexistente, si entendemos por liderazgo la capacidad personal de infundir entusiasmo popular y generar confianza, respeto y convicción en lo acertado del proyecto de nación que proponen, propiciando una acción concertada en amplios sectores sociales, organizaciones, empresas e instituciones públicas.
El nacimiento del Estado mexicano como lo conocemos, resultó de una revolución; Carranza no se hizo con el poder a fuerza de votos sino a balazos, igual Obregón y Calles; y a estos personajes el liderazgo y la popularidad les interesaban menos que el cariño de sus suegras.

Luego tuvimos una camada de presidentes que heredaron el poder gracias a la mecánica impuesta por el entonces partido único que no se andaba con chiquitas; así llegó Lázaro Cárdenas al poder, con un 0% de democracia y un 100% del autoritarismo entonces en boga. Y los demás, todos, consiguieron la presidencia de la república haciendo política interna, dentro del partido y del gobierno, sin ninguna relación con la gente, con comicios ficticios.

De esos, unos gobernaron fatal (Echeverría a la cabeza); la mayoría, regular; algunos, muy bien, pero ninguno gobernó pensando en su índice de popularidad ni en si eran líderes de esos que arrastran masas, que para eso, para ser aclamados, tenían un aceitado mecanismo de concentraciones masivas que los aclamaban, delirantes y al contado.

Hasta el año 2000 la cosa fue así. Vicente Fox llegó al poder porque Zedillo no quería que ganara el PRI y porque Fox recorrió el país encendiendo el entusiasmo popular; por eso es tan severa la historia con don Chente, nos quitó la virginidad política, nos arrancó la fe en que con inyecciones o supositorios de democracia, sanaba La Patria de sus achaques, ni modo.

Como sea, desde Fox desapareció el partido invencible. A querer o no los siguientes presidentes han tenido que pasar por la aduana de las elecciones con casi nulas posibilidades de trampearlas, se diga lo que se diga.

Y llegó López Obrador. Nunca (nunca) habíamos visto construir una candidatura contra toda esperanza, tenía todos los boletos para perder, ningún partido lo respaldaba y siguió y siguió y siguió con una perseverancia muy similar a la obstinación de un iluminado que le granjeó muchas burlas hasta que al aproximarse la fecha de los comicios de su tercer intento para treparse en La Silla, los que saben de eso empezaron a preocuparse: todas las encuestas lo daban como puntero, la gente no se fijaba en su modo de hablar ni en sus abiertas contradicciones; ni su pasado de dirigente irascible, dogmático y arrebatado, ni las sospechas bien fundadas de corrupción de sus más cercanos, frenaron su carrera. Ganó y ganó bien. Ganó por mucho.

Asumió con casi el 80% de popularidad y poco a poco ha ido descendiendo hasta llegar a estas alturas, a la popularidad promedio de sus antecesores directos.

Ya en el poder, con el inmenso poder que recibió, su liderazgo no encontró obstáculo alguno y a querer o no, mostró su real estilo: no es un líder carismático que pondera sus decisiones y palabras, que elige a sus subordinados por su capacidad y confía en ellos; es un líder autocrático -único que toma decisiones-, impermeable a la realidad, no genera entre sus subordinados iniciativas ni les acepta nada que no coincida con su criterio preestablecido; a su vera no cabe llegar a acuerdos ni vale aportar nada. Espera obediencia ciega, en sus propias palabras del 24 de septiembre del año pasado: -“Pido lealtad a ciegas al proyecto de transformación, al pueblo, no a mi persona” –bueno, pero él, según él, encarna la voluntad del pueblo y sólo él sabe cuál es el proyecto y cómo se implementa. Detallito.

Claro que en política se puede ser un líder autocrático, a condición de validarse con resultados y aun así existe el inconveniente de que al depender todo de su persona, cuando se acumulan fallos, todo colapsa: líder, proyecto y organización. Sobran ejemplos: Hitler, Mussolini, Stalin, Mao, Franco, Pinochet… y no le pasó a Perón que sí construyó un partido con vida propia, el Justicialista.

Para ser un líder autocrático, es esencial tener un valor a toda prueba. Todas las alimañas mencionadas arriba, sin excepción, probaron en los hechos tener un valor rayano en la locura. No hay espacio para contar ejemplos, pero eran temerarios, ante nada ni nadie se arrugaban.

Nada más por eso, el Presidente debe ir al Senado a la ceremonia de entrega de la medalla Belisario Domínguez, aunque le griten: ¡Ahí viene Lilly!

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