Al hueso: La Feria

SR. LÓPEZ

Para tía Pepina todo era voluntad del Creador y lo aceptaba, grato o no: -Que sea la voluntad de Dios –decía si se le enterraba una uña o tío Chucho, su marido, no aparecía tres días. Nada turbaba su monolítica fe, todo admitía porque todo ocurría por designio del Altísimo. Y no pocos en la familia al oírla, sonreían negando con la cabeza: todo tiene límite. Y fue la fe imperturbable de tía Pepina lo que intentó aprovechar la prima Alicia, su hija chica, cuando ya era inocultable su gravidez, conseguida con la entusiasta colaboración de un vecinito, igual de chamaco y de tonto: -Mamá, fíjate que Diosito quiere que ya seas abuelita –y la piadosa tía Pepina, respondió al instante: -Muy bien pero tú te vas a un convento hasta parir, te haya preñado o no el Espíritu Santo –y la desgreñó recitando en lugar de jaculatorias algunos sinónimos de güila: pindonga, furcia, fácil, fulana, buscona. Sí, todo tiene límite.

Democracia… democracia… democracia… democracia como panacea universal. Padecemos un fundamentalismo democrático acrítico, no raramente ignorante y a veces mal intencionado; hoy no hay peor baldón en política que ser tachado de antidemocrático, lo que obliga a todos a usar el antifaz de convencido demócrata. No hay opción: democracia u ostracismo. Cosas veredes.

Acá en nuestra patria es igual: nuestros políticos y activistas, tremolan el banderín de la democracia ya perdida la eficacia del estandarte de la guadalupana. Y la gente, nosotros, los del montón, integrantes del peladaje estándar, permitimos se nos atasque en la boca ese bocado sin saber bien a bien qué es la dichosa democracia, confundiéndola con elecciones libres, suponiendo que tiene al menos, la virtud del caldo de pollo, que en el peor caso a nadie hace mal. Encima, se refuerza el discurso democrático aludiendo al ‘pueblo’, sin definirlo, sin explicar por qué en los hechos resulta que unos son menos ‘pueblo’ que otros… y uno creyendo que lo importante era la aplicación pareja de la ley y que éramos ciudadanos, pero no, somos pueblo y tenemos dueño. ¡Qué cosas!

Conviene tal vez recapacitar en que la democracia es una forma de organización social y política, no un elixir milagroso; y que la democracia ‘per se’ no garantiza nada: democráticamente accedió al poder y obtuvo las reformas legales que le vinieron en gana el revulsivo Adolfo Hitler, para que moderen su religiosa confianza en la democracia sus prosélitos.

Todo lo anterior a cuento de que hoy decide la Suprema Corte si es o no constitucional la consulta popular propuesta por el Presidente para juzgar a cinco expresidentes. Se sabe que el Ministro ponente la considera ‘un circo de inconstitucionalidades’, pues no sería apropiado que la desechara por ser una obvia vacilada, evidente torpeza legal, burda burla a la ley. Si los expresidentes son responsables de delitos según el Presidente, su obligación es denunciarlos ante la Fiscalía sin intentar esconder la mano con que aventó la piedra tras la masa que participe en la consulta.

Ha dicho ayer el Presidente que si la Suprema Corte rechaza la consulta popular, asuma su responsabilidad. Pues claro. Ojalá él asumiera la suya: cumplir y hacer cumplir la ley, sin consultas ni excusas. Y agregó: -“(…) la decisión que va a tomar la Corte es una decisión trascendente porque se va a resolver si se acepta el que en los hechos se aplica la democracia participativa (…)”.

Otra vez (váyase acostumbrando), el Presidente no le atina al clavo: según el artículo 40 de la Constitución: “Es voluntad del pueblo mexicano constituirse en una República representativa (…)”; representativa, señor, representativa. El llamado a que la Suprema Corte acepte en los hechos la democracia participativa, lástima, es ilegal, no somos una sociedad tribal en la que ante los hechos consumados la gente alza los hombros aceptando y el Jefe de la tribu se rasca la panza, eructando. No, señor Presidente, no, y menos cuando nuestra misma Constitución define claramente en qué casos, cómo y cuándo se consulta directamente a la ciudadanía. ¡Que alguien lo ayude!, no sean así.

No somos una democracia participativa por más que ya tengamos instrumentos legales de consulta popular bien definidos en la Constitución y nuestras leyes. Si el Presidente quiere instalar una democracia participativa, que se entere que eso sería el despelote perpetuo; funciona por ejemplo, en Suiza (8.5 millones de habitantes, censo de 2018) y Liechtenstein (37,366 habitantes, censo de 2014), y funciona mal, porque contra lo que se imagina cualquiera, hace muy lento el proceso legislativo (en Suiza desde 1860 las mujeres se organizaron para exigir el derecho a votar y lo obtuvieron entre 1959 y 1990 pero solo para elecciones cantonales -municipales, hágase de cuenta-, y para las federales en 1971).

También dijo ayer el Presidente, que si la Corte le niega la consulta, él propondrá una reforma constitucional. Es desesperante. Legislar al gusto no es muy aseado ni democrático. Legislar con dedicatoria, menos. Legislar con ansias retroactivas es una aberración. Legislar desde el Ejecutivo es una grave violación al mandato que recibió.

Si supone uno que tiene buena fe, entonces estamos ante un serio problema de impreparación y no da tiempo a entrenarlo mientras es Presidente, ya ni modo. En este caso tal vez sea más fácil enseñarle lo que NO es la democracia: que la mayoría pueda quitar sus derechos a la minoría.

Es patética su creencia en la sabiduría colectiva obtenida de sumar ignorancias individuales. Qué tal si prueba a ponerse a trabajar. Pruebe, sin miedo.

El Presidente López Obrador será recordado como el amo del misterio. Es un misterio qué entiende por democracia, por pueblo y por gobernar. Es otro misterio a dónde lleva al país, bueno, a dónde quisiera llevarlo, porque a pesar de que nos ha declarado oficialmente felices, felices, felices, hasta el momento lo único que ha acumulado son cadáveres, cadáveres, cadáveres y hambre, hambre real, de esa que llega al hueso..

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