Amarga expresidencia: La Feria

SR. LÓPEZ

La Jefa de Disciplina y Administración del campo de adiestramiento en que fue amaestrado este menda (otros le decían a las suyas ‘mamá’ y ‘casa’, cosas veredes), la subcomandante Yolanda, era afamada por su férreo mando que le permitía dirigir con la mirada a su prole. Sin embargo, a veces usaba una frase que paralizaba a sus críos, sí, cuando uno pedía permiso para algo (nada del otro jueves, salir al parque, encender el televisor, cosas así), si ella decía: -Haz lo que quieras –estaba uno advertido que más le valía no atreverse… “haz lo que quieras”… y sentía uno el hilillo de sudor helado bajando por la espalda.

Lo anterior sirva para explicar la ruda reacción emocional de este su texto servidor cuando el viernes pasado, el Presidente de la república, hablando de las restricciones necesarias para evitar un estallamiento de contagios del Covid-19 en este puente Guadalupe-Reyes, dijo en el Salón Tesorería de su casa, antes Palacio Nacional: -Prohibido prohibir –¡zaz!… él no lo dijo para amenazar a nadie, pero el del teclado sintió un nudo en el estómago.

Como nuestro Presidente, en apego a su vocación pedagógica, se tomó la molestia de leer el decálogo de recomendaciones que comedidamente nos hace, confiando en que el Covid-19 no se va a disparar gracias a la responsabilidad del mexicano en su estado natural, del susto pasó al asombro este junta palabras: a reserva de revisar las acciones del gobierno frente a la pandemia, no podemos engañarnos: tenemos el enorme número de contagios que tenemos por exactamente lo contrario a la responsabilidad que nos atribuye el Presidente, generosote él.

Ya con el pulso en los 60 latidos de adulto conchudo en reposo, como un coro burlón escuchaba “… prohibido prohibir… prohibido prohibir…” O sea: el código penal debería abrogarse… o algo como el uso del cinturón de seguridad en el coche… ¿qué alcance tiene prohibido prohibir?

Por si no lo recuerda o por su corta edad no lo sabe, ese lema bobo se puso de moda en el parisino Mayo del 68, desordenada asonada obrero-estudiantil-clase mediera, que se concretó en una huelga general que causó una carestía no vista en Francia desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, movimiento que básicamente legitimó el despelote como rara expresión izquierdista, sin mayores resultados como probó que en las siguientes elecciones, un mes después, arrasó el partido conservador de Charles de Gaulle (de hecho, el movimiento estudiantil terminó el 30 de mayo cuando las calles de París se vieron inundadas por una manifestación estimada en 500 mil personas que llevando los colores de su bandera, dieron su apoyo a de Gaulle, cosas que olvida la memoria selectiva de la izquierda diluida al uso)… ¡ah!… en México se replicó ese movimiento, hubo muertos, no hubo consecuencias, sí hubo oportunistas, hay.

Bueno, pues ese ‘prohibido prohibir’, se sustentaba en la intención que no idea, de debilitar todo concepto de autoridad, siguiendo el descabalado sofisma de Michel Foucault de combatir las estructuras del poder, diseñadas según él por malévolos hados para someter y domesticar al pueblo, en beneficio de las clases dominantes. Será.

Pero no se alarme usted: lejos de todo eso está nuestro Presidente. Él dice de vez en cuando lo de ‘prohibido prohibir’, como cuando se refirió a la despenalización de la marihuana, apenas el pasado 26 de noviembre, ya confirmado que los EUA va por ese rumbo (no vaya a ser que se moleste el tío Sam), porque acomoda en el discurso del momento o nomás porque se acuerda de la frase y como le ha de parecer simpática, pues la dice (sabiendo que esas frases hechas gustan a ese su oyente favorito, cretino certificado, que todo le celebra); pero a él no le incomoda prohibir, claro que no.

Si duda, recuerde que el 19 de febrero de este año, la importación de cigarrillos electrónicos fue prohibida por decreto de él, Andrés Manuel López Obrador, sin confiar en que el responsable pueblo mexicano sabría que no debe usar ese artilugio. También prohibió a los funcionarios de su gobierno intervenir en asuntos partidarios con el memorándum del 22 de octubre de 2019; o la otra prohibición, la de que nadie de su gobierno distinto al doctor Muerte, puede hablar del coronavirus (cosa que informó por escrito el entonces Secretario de Seguridad y Protección, no el de Salud, para probar que su gabinete es un despelote orgánico).

Si algo se le da a nuestro Presidente es emitir prohibiciones. Igual prohíbe comprar medicamentos a laboratorios nacionales, que prohíbe a las dependencias públicas hacer acuerdos con sindicatos para otorgar créditos a trabajadores. Y como prohibir no le espanta el sueño, prohíbe a los funcionarios viajar al extranjero (el titular de cada secretaría da o no da permiso); prohíbe que haya más de cinco asesores en cada dependencia; y el 12 de noviembre mandó iniciativa a la Cámara de Diputados para prohibir la tercerización, el ‘outsourcing’, pues. ¿Prohibido prohibir?… ¿no fue su gobierno el que prohibió la venta de quesos?

Y no es crítica. El gobierno tiene la obligación de impedir todo aquello que represente peligro a la estabilidad social, política, económica, y a la salud y seguridad públicas, también. Una parte esencial de la ley son las prohibiciones que impone, faltaba más.

Pero si a nadie molesta que el gobierno, con buen sentido, prohíba la venta de cigarros o bebidas alcohólicas a menores de edad, si llama la atención que al Presidente de la república le moleste la idea de imponer el uso del cubre bocas o medidas coercitivas para evitar que los irresponsables sigan regando el Covid-19. Al fin que nomás vamos en cien mil muertos.

Y ya nada más por buena fe, ojalá hubiera un alma caritativa que le haga ver al Presidente que prohibir las prohibiciones es prohibir.

El Presidente no sabe, ya se enterará, que su discurso funciona como funcionó el de todos sus antecesores. Y tampoco sabe que esa efectividad tiene fecha de caducidad. ¡Ah!, la siempre amarga expresidencia.

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