Ante la violencia, vigilar a (todos) los vigilantes

La violencia terrorista suele estar planeada y llevada a cabo con objetivos políticos por grupos que buscan usar a los medios a través del establecimiento de una compleja interacción con ellos, escribe Denis McQuail en su más que clásica Teoría de la comunicación de masas.
Es cierto que la violencia criminal es de naturaleza distinta de la terrorista y que las implicaciones de una y otra van en diferentes rutas tanto en las legislaciones nacionales como en el derecho internacional. Pero los golpes violentos del crimen organizado el viernes uno de mayo, en Jalisco, parecen diseñados y ejecutados a partir de un plan maestro de comunicación que envidiarían muchos activistas del terrorismo ideológico, político o religioso.
Está claro que las bandas criminales buscan acumular recursos y bienes a través de la conquista y retención de territorios, mercados, zonas de impunidad y fuentes de extorsión, mientras el terrorismo ideológico o religioso suele estar movido por mesianismos, fanatismos o utopías alucinadas a imponer a sangre y fuego.
Medio y mensaje. Pero en su relación con los medios, igual los terroristas atacantes del semanario Charlie Hebdo en París, por ejemplo, que los criminales que derribaron un helicóptero del Ejército en Jalisco —aparte de los fines en cada caso: vengarse de unos cartonistas o repeler o humillar la fuerza pública— unos y otros buscan en común ganar la atención pública, a través de la cobertura de los medios.
Y es a través de esa atención de los medios que se proponen alcanzar los demás efectos de la comunicación. Las organizaciones terroristas y del crimen altamente organizado se proponen alentar el miedo y la alarma en la población con el fin último de doblegar a los gobiernos, cooptar seguidores o reclutar cómplices o carne de cañón, con despliegues de real o supuesta superioridad organizativa, penetración social y capacidad de fuego.
El punto está en que tanto las bandas del crimen, en esta etapa de desafío a los gobiernos nacionales, como los terroristas, en esta etapa de desafío global, reciben el mismo estímulo: “el oxígeno de la publicidad”, según los especialistas internacionales Alex Schmid y Jane de Graaf, en Violencia como comunicación (Violence as Communication. Sage, 1982). Para Schmid, a cargo por años de la oficina de prevención del terrorismo de la ONU y autor o coautor de una decena de libros sobre la materia, entre ellos The Routledge Handbook of Terrorism Research, la violencia es a la vez medio y mensaje.
Un viejo debate. Sí. Por su alto valor noticioso, la violencia es un medio de acceso de criminales y terroristas a los espacios mediáticos. Y a la vez es un mensaje, o un cúmulo de mensajes, como los que los medios mexicanos e internacionales han desentrañado de la ofensiva criminal del primero de mayo. Los medios no pueden, ni deben, en una sociedad abierta, democrática, silenciar las noticias sobre violencia, así ello signifique involucrarse en un proceso complejo en que los criminales están dictando los contenidos de diarios y noticiarios y definiendo la agenda de las conversaciones y los debates públicos. La discusión está en cómo lo hacen: si voluntaria o involuntariamente producen efectos favorables a los criminales, o a favor de las víctimas, que en el caso de Jalisco resultaron ser miembros de las fuerzas públicas.
Schmid y de Graaf recogen el sentir de gobiernos y observadores de que hay coberturas que alientan el contagio criminal, junto a posiciones que alertan sobre las amenazas que esa postura puede significar para las libertades informativas (Robert Picard: La prensa y el declive de la democracia). En medio de este viejo debate, los medios mexicanos informan de la ofensiva criminal del viernes en ejercicio de su función de vigilancia del poder público enfrentado a un poder delincuencial. Pero en el México altamente participativo de hoy, los ciudadanos se han erigido también en vigilantes de los excesos de aquellos vigilantes apertrechados en los medios.

José Carreño Carlón
(Director general del Fondo de Cultura Económica)
EL UNIVERSAL

 

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