Ascender a los cielos: La Feria

SR. LÓPEZ

Tía María a los 68 años de edad, heredó todo de su fiambre marido. ‘Todo’ era su casa en Polanco (media manzana sobre Masaryk… valía una barbaridad), otra en Acapulco; un departamento de piso completo en Nueva York; otro de cinco recámaras en Miami Beach; siete edificios en la del Valle… y lo mero bueno, el negocio del que todo eso había salido: una refaccionaria que de alguna manera los 365 días del año, tenía muchedumbres de compradores. Tía María, prudentemente, dejó el negocio en manos de quienes lo manejaban para su ya frío esposo, y así estuvo unos años, recibiendo mensual y anualmente, carretadas de dinero, pero aguantando al mismo tiempo a sus hijos, que rabiaban de ganas por meterse a dirigirlo y la torturaban un día sí y el otro también, diciéndole lo mucho que le robaban. Más vieja y harta, cedió y les entregó la gerencia de ‘la tienda’, como ella llamaba a esa mina de oro. El primer año no hubo utilidades porque emprendieron obras de ampliación y abrieron sucursales en medio país; el segundo no hubo utilidades porque estaban capitalizando el negocio; el tercero no hubo utilidades porque hubo devaluaciones; el cuarto año la fueron a ver para que firmara unos créditos bancarios, para ‘reflotar’ la empresa. La tía, lúcida a sus 75 años, concluyó que estaba mejor cuando la robaban; no firmó nada, citó a los viejos empleados de su tieso marido en una Notaría y les regaló la tienda. Muerto el perro… (y tan rica como enviudó, palmó pasaditos los 98 años).

Visto que en seguridad pública y economía el actual gobierno federal no atina, se comprende la pertinaz insistencia en la desaparición por decreto de la corrupción y en la felicidad popular que nos embarga a todos los del peladaje, por la hemorragia de dinero con que nos refaccionan bimestralmente (¿serio?).

Ante los catastróficos resultados de este primer año y los peores que parirá el presupuesto de egresos del 2020, sería un error pensar que son estúpidos quienes conducen los destinos de la nación: no lo son, aunque debe uno apresurarse a matizar que también los muy vivos meten patas de cuidados intensivos. Si la premisa es que no babean al leer un guasap, ni pierden el paso al caminar y mascar chicle, hagamos un esfuerzo para entender qué quieren realmente, cuál es la vera intención, porque no es cosa de hacer al cieguito hasta el 2024 y menos nos vamos a conformar con el discurso oficial de que estamos en una ‘revolución’ (sin definir qué tanto piensan demoler, ni qué se proponen hacer con la nación, digo, cualquier ‘revolucionario’ que se respete rompe con el pasado y construye un nuevo régimen… y eso, hasta el momento no se ve).

Para tratar de adivinar qué están haciendo para hacernos sentir bonito (como que tocamos los dinteles de la Gloria), lo mejor es revisar los hechos y dejar los dichos de lado.

Todo apunta a que se pretende fortalecer el Poder Ejecutivo y centralizar tanto la política nacional como el poder político en la persona del presidente, quien aparte de contar con mayoría en el Congreso y naturalmente haber nombrado personajes afines a sus proyectos en la Suprema Corte (como todo Jefe de Estado intenta y hace cuando le es posible), no conseguiría su propósito de capturar el mando total, si no procurara neutralizar los órganos autónomos del Estado, para evitar que sean reales contrapesos a ese poder que se pretende manejar a discreción. Lo que sucede es que a resultas de eso, a querer o no, deseado o no,  se debilita la democracia y se fomenta un ambiente en el que la corrupción se incrementa.

Un ejemplito de este querer controlar todo, es la centralización de compras y contrataciones en una sola instancia (la Oficialía Mayor de Hacienda), que rebasada por el volumen brutal de operaciones, no pudo apegarse a los requisitos laberínticos de la ley por lo que no tuvo más remedio que otorgar pedidos de compra y contratos de servicios y obras, discrecionalmente, sin licitaciones, hasta el 75% del total de recursos ejercidos en 2019, incrementando exponencialmente la posibilidad de actos de corrupción.

Otro es la creación de los padrones de beneficiarios de los inmensos recursos de apoyo social (207 mil cien millones de pesos en 2019 y 402 mil millones para el  2020), utilizando a 17 mil 68 ‘siervos de la nación’ (cuyos sueldos van de los 29 mil 207 pesos a los 8 mil 173 pesos mensuales; con 258 coordinadores que perciben 51 mil 87 pesos al mes, ¡casi la mitad que el Presidente de la república!), operadores del gobierno originalmente contratados por Morena y hoy oficialmente empleados federales sin control efectivo de ninguna dependencia oficial, y con numerosos programas sin reglas de operación, abonando otra vez ampliamente a que se presenten actos de corrupción. IMCO revisó la ‘nómina’ de ‘Jóvenes Construyendo el Futuro’ de la Ciudad de México y solo el 5% existen y sí reciben la beca.

Un tercer ejemplo que alza los fondillos al actual Presidente, es la política de austeridad diseñada más para debilitar a la estructura federal que para conseguir mayor eficiencia, sin considerar que la burra suele fallecer cuando ya se está acostumbrando a no comer: dependencias y entidades en ayunas no garantizan honestidad y sí provocan mayor ineficiencia y desperdicio de recursos (¿cómo para qué se pagan los sueldos de funcionarios que no pueden actuar por falta de presupuesto?)

En esa línea de fortalecer hasta la ignominia la autoridad metaconstitucional del presidente, está el mantener en el despelote inducido a su propio partido, Morena, que no debe adquirir vida propia, ni contar con cuadros autónomos, funcionales y operativos, pues significan el peligro así sea lejano, de pensar por sí mismos y resistir el mangoneo.

No hay en el horizonte nada que permita alentar la esperanza de que se corrija el rumbo. Ese es el problema con los redentores, a menos que usted imagine que Jesucristo puso a votación en la última cena si se dejaba crucificar o bastaba con que lo vieran ascender a los cielos.

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