Cargo de conciencia: La Feria

SR. LÓPEZ

Tío Toño era buena persona pero un salvaje; aparte, era una fábrica de hacer dinero. No era grosero, cruel ni feroz, su salvajismo era solo falta de cultivo, que se entendía al saber que llegó de España a Veracruz en 1942, a los siete de edad, huérfano, solo, que comió basura, trabajó de todo, aprendió a leer y escribir por su cuenta y a los 21 fundó una vidriería en la Ciudad de México, en un local diminuto que hizo emporio trabajando como mulo. Casado con tía Cuquita, de las de Toluca, tuvo cinco hijas y conforme crecían empezó a haber problemas porque tío Toño era primera y última palabra en todo. Preocupado, por bueno que era, lo comentó con uno de sus amigos, un asturiano hecho a marro igual que él, quien le dijo: -‘Democracia, Antonio, democracia, buena para países y buena para familias’ –y así fue que ese día, a la hora de la cena les hizo saber a Cuquita e hijas que en adelante todo lo decidirían votando. Silencio. Insistencia del tío. Habló la hija mayor: -Yo propongo que no fumes puro en la casa –cinco votos a favor de la moción (tía Cuquita se abstuvo), y tío Toño declaró: -¡Se acabó la democracia! –y así quedaron sin achuchones serios porque de verdad era buena persona.

Ignora este menda qué tan cierto sea eso de que Churchill dijo alguna vez que “la democracia es el peor sistema de gobierno, a excepción de todos los demás que se han inventado”. Puede ser, pero no se encuentra por ningún lado la cita precisa para corroborarlo. También se le atribuye haber dicho: “El mejor argumento en contra de la democracia es una conversación de cinco minutos con el votante promedio”.

Dirá usted que es de lo más imprudente escribir semejantes cosas cuando estamos tan cerca de unos comicios tan importantes como los del próximo domingo, seis de junio. Y sí, prudente no es.

Lo que sucede es que por un lado, se ha canonizado a la democracia y por el otro, que se confunde la libre elección popular con gobierno democrático y no lo es, el ejemplo estelar es el nazismo hitleriano, que se hizo con el poder mediante maniobras democráticas, para luego establecer una dictadura infame.

Sin meterse en las arenas movedizas de la filosofía política, digamos a brocha gorda que un régimen democrático es aquél que se conduce respetando la ley, sin adaptarla a su conveniencia. Bueno fuera que en México, los cambios a la Constitución no valieran para el sexenio del Presidente al mando y que tuvieran que ser ratificados por el Congreso de la Unión, una vez elegido el siguiente Presidente; ¿razón?, que el Presidente jura cumplir la Constitución vigente al momento de asumir el cargo, nada más, detallito.

Podemos agregar que un buen régimen democrático, incorpora a la discusión política los argumentos de las minorías, de las organizaciones de la sociedad y hasta de los individuos que aportan ideas que merecen considerarse por su propio valor.

¡Ah! y de la mayor importancia, sume a lo anterior que un régimen democrático es el que paraliza la maquinaria entera del gobierno antes que violar el derecho de una persona, que el autoritarismo es entre otras cosas, someter el derecho del individuo al interés del Estado, definido este por el mandón de turno.

Lo que tampoco se puede negar es que de unas elecciones libres a veces sale un esperpento. Piense en Evo el de Bolivia, elegido cuatro veces o en Chávez, el de Venezuela. Sí, las sabandijas con tendencias autoritarias no raramente así acceden al poder, mediante elecciones libres y ya con el instrumental y los recursos del gobierno en sus manos, compran o amedrentan a sus opositores (o los persiguen mediante investigaciones y jueces a sus órdenes), hostigan a la prensa, tuercen la ley, y se instalan en el poder hasta que les da la gana (caso de estudio, el actual dictador de Nicaragua, Daniel Ortega, que lleva 14 años haciendo y deshaciendo). El análisis cínico de esos casos es lo que dicen que dijo el escritor irlandés George Bernard Shaw: “Democracia es el sistema que garantiza que no seamos gobernados mejor de lo que merecemos”… ¡chin!

Y se hace obligado reflexionar qué tan democrática puede ser una elección y qué tanto refleja las aspiraciones de la sociedad, si a la gente se le permite votar libremente… por candidatos elegidos por otros que ni conoce, por méritos desconocidos, a veces con compromisos inconfesables.

Sin ánimo molestar a nadie: ¿quién decidió que Andrés Manuel López Obrador fuera candidato a la presidencia tres veces?… no lo sabemos, y al menos la tercera vez fue él mismo, por sus sacros calzones, quien se designó candidato, lo que no demerita que ganó y por mucho. Pero conviene recapacitar en que el 53.19% de votos con que se hizo con la presidencia, es relativo, ganó con los votos del 33.71% del padrón de electores, lo que permite ver la lógica de las ‘segundas vueltas’, hacer nuevos comicios entre los dos candidatos punteros, sistema que no pocas veces da la sorpresa de que el ganador de la primera vuelta, pierde, como tal vez hubiera perdido quien no fue votado por el 66.29% de la ciudadanía.

Lo de las segundas vueltas puede tener bemoles, tomando en cuenta lo que escribió el periodista yanqui Henry-Louis Mencken: “La democracia es la creencia patética en la sabiduría colectiva de la ignorancia individual”, pero resulta que con experimentos bien pensados y realizados, se encontró que entre más gente decide entre varias opciones, más equivocada es la decisión; y asombrosamente, que si solo son dos opciones, entre más personas participan, más acertada es la elección; no se sabe por qué pero así es.

Y de todo este revoltijo, quédese usted con tres ideas: 1. En estas elecciones, lleve a votar a cuantos pueda, el abstencionismo es la peor opción; 2. No se enrede, no vote por el partido que justifica su impotencia y sus fracasos de hoy por el pasado: nadie regresa con el pediatra que se queja de que le llevaron al niño enfermo… y 3. Elija a los que sí sepa son personas valiosas, del partido que sean, sin cargo de conciencia.

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