Carlos Morales Vázquez, congruencia

JOSÉ ANTONIO MOLINA FARRO

Te atacan por lo que piensas, pero les hieres por lo que haces. Morir como Ícaro vale más que morir sin haber intentado volar nunca.

Conocí a Carlos Morales hace más de tres décadas. Contemporizamos en tareas partidistas y reflexiones compartidas sobre el futuro de Chiapas. Era un hombre de pueblo, amante de sus raíces, impetuoso y seguro de sí mismo.  Su personalidad y lenguaje estaban, como hoy, muy arraigados en nuestras tradiciones y costumbres. Era un joven político que ya transmitía autoridad natural, dignidad y energía. Parecía un volcán en erupción. Me confrontaba con argumentos, sin importar jerarquía. Confiaba en la palabra como arma política y soñaba, como joven idealista, con un Chiapas de grandeza espiritual, solidario, seguro y justo. El joven Carlos ya mostraba empaque de dirigente social, recorría barrios, colonias populares y regiones marginadas del estado. No ocultaba su indignación y coraje por las injusticias de un sistema que nos mantenía en el oprobioso primer lugar en pobreza y marginación. Su carácter estaba formado en tono mayor y no había nada corrosivo ni amargado en su conversación. Una cualidad nada menor y que lo acompaña hasta hoy día es su intuición y olfato para identificar problemas latentes e impedir que afloren por negligencias o indiferencia. Su perseverancia, capaz de taladrar tablas de madera dura, su lealtad a principios y convicciones, su honestidad y resultados como legislador y servidor público, le granjearon la confianza de los paisanos  en cinco ocasiones como representante popular.  En su calidad de legislador federal y Presidente de la Comisión de Pesca de la Cámara de Diputados, Carlos presentó con buen éxito una iniciativa con proyecto de decreto para reformar, adicionar y derogar fracciones y disposiciones de la Ley General de Pesca y Acuacultura Sustentables, considerada vanguardista por especialistas de la época y por férreos defensores de la ecología y especies marinas.

Hoy veo con satisfacción, a un Carlos Morales templado en la experiencia y aprendizaje que dan la vida y sus avatares. Político de temple coriáceo, no pierde la sangre fría ante los inmisericordes ataques de quienes no se resignan a reconocer su contundente triunfo en las urnas. Lo veo impasible ante impugnaciones y calumnias. Hay en él seriedad ética y sujeción a la idea majestuosa del derecho. Ignora la crítica resentida de los sembradores de suspicacias, de los que rondan en torno al poder, pero se acerca a los críticos que de buena fe le señalan errores o deficiencias en la conducción, sabedor de que no hay gobernantes infalibles. Su naturaleza firme no lo deja aplanarse en los momentos críticos. No se desparrama en palabras ni concede a la censura y a la alabanza más valor de los que tienen, a diferencia de políticos que se hinchan de satisfacción o se abruman de preocupación ante un elogio o crítica impresos en algún periódico. Muy lejos de su temperamento el deseo de agradar, y aún menos de aplacar a sus críticos.

Carlos abraza con firmeza el Estado de derecho. Repugna a los corruptos y es intransigente con la ineficiencia. Su obsesión por los detalles es impresionante, nada se le escapa. En tiempo reciente  me recordó a Pascal, “que el derecho sea fuerte y la fuerza sea justa”. Los mexicanos solemos tener la costumbre, producto de una historia de arbitrariedades y saqueo, de hablar de política y de moral como si fueran dos enemigos que no llegarán nunca a entenderse. Estas dos diosas de la vida colectiva se nos presentan como adversarias irreconciliables, cuando la política en tanto busca el bien común, es ciertamente un valor moral. Carlos no disocia la moral de la política y tiene esa  cualidad sicológica decisiva de la que hablaba Max Weber, el sentido de la perspectiva y la proporción, el saber mantener la distancia de las cosas y de los hombres.

El principal valor de la política es la congruencia. Esa que se prueba en la capacidad de sostener, contra adversidades y aún a costa de la carrera propia, las ideas fundamentales que justifican la acción pública. Yo agrego el valor de la integridad, traducida como honestidad, respeto por los demás, control de las emociones y firmeza para las acciones; el enfrentar con decisión los obstáculos y la rapidez  con que se reacciona ante lo imprevisto.

La grandeza no es un atributo específicamente moral ni pertenece al ámbito privado o de las relaciones personales. Carlos Morales, como gobernante, trasciende la mezquindad de los pequeños. Ha dado pasos importantes y trascendentes, con el valor de arrostrar la impopularidad ante decisiones de gobierno que de momento generan inconformidad y efervescencia, sabedor de que la pasión pasará y la impopularidad de un momento, a la postre trocará en reconocimiento al gobierno. Hoy Tuxtla Gutiérrez no es gobernado por un partido político ni por alguna tendencia ideológica. La capital es de todos y para todos. Esa es la esencia de la democracia, que todos puedan llegar a todo y nadie quede excluido de nada. En ese libre juego de sentimientos y opiniones se apoya la armonía social.

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