Cero es cero: La Feria

SR. LÓPEZ

El Director del colegio donde estudiaba Primaria el primo Danielito, citó a sus papás para decirles tres cosas: la primera, que no fueran a la entrega de las calificaciones, que lo hicieran por lo que más quisieran, en especial por su hijo; la segunda, que Danielito era el primer alumno en la larga historia del colegio en reprobar todas las materias con cero, todas, también deportes dada su fofa condición física y falta de coordinación psicomotora (no estaba ni en los cuadros gimnásticos y no marchaba en los honores a la bandera de los lunes); y la tercera: que no les iban a aceptar reinscribirlo (¡otra vez!), en tercero  de Primaria, pues ya tenía 12 años y lo consideraban caso perdido (cada año lo hacía en dos). El progenitor de este menda, siempre de poco hablar, una vez dijo entre dientes, mirando a su sobrinito: -Hay gente que no tiene derecho a reproducirse –cierto.

Cuando una nota escolar es cero, suele ser por mal comportamiento pues por burro que sea alguien, algo se le pega o de churro atina a responder bien al menos una pregunta. A veces no.

Los países también se califican aunque de varias maneras: por su respeto a las leyes, por la calidad de sus servicios médicos, por su nivel educativo, por su productividad, por su grado de competencia (competitividad dicen ahora), por sus servicios municipales, por su brecha entre ricos y pobres, y ahora de manera inexplicable, se empieza a poner de moda calificarlos por su grado de felicidad.

Lo que parece que nadie discute es que cuando la economía de un país está patas arriba, lo demás muy difícilmente marcha.

No es vicio de capitalistas. La URSS se desbarrancó y se desintegró porque su economía era un despelote; si su sistema de gobierno soviético hubiera dado resultados tangibles en los bolsillos de la gente y no solo en la fabricación de armamento nuclear (chafa), hubiera habido riqueza para repartir, progreso, satisfactores para la población, pero la situación se hizo insostenible por los constantes fracasos económicos… y no le crea nada a los que sostienen que fue un derrumbe ideológico, esos son cuentos de fanáticos.

La economía, nos guste o no, es el cimiento de una sociedad sana. Obviamente el capitalismo en todas sus variantes y presentaciones, tiene defectos (feos) e incurre en crisis cíclicas, sí, pero preserva algo un poquitín importante: la libertad. Y eso tiene que ver con la permeabilidad social, la inexistencia de clanes dueños de todo por haber nacido en el seno de estamentos que hagan a no, produzcan o no, son dueños de todo (Marx, insostenible como intelectual, economista y profeta, es gratuitamente venerado: era un vago profesional, mantenido eterno por su esposa y cuando se acabó su dinero, Engels lo mantuvo, nunca logró distinguir clase de clan y se inventó fórmulas matemáticas falsas para explicar la plusvalía; se puede afirmar sin exagerar que “El Capital” fue reescrito en su totalidad por Engels, pues su caligrafía, largas disquisiciones para atacar a otros y constantes borrones de sus manuscritos, hacían imposible transcribirlo; Engels lo hacía). Marx sembró en el planeta la idea de la lucha de clases, confundiendo los términos y el tiempo puso todo en su sitio: millones de muertos de hambre, millones de muertos a bala, fracaso total. Si acaso se le puede reconocer algo: le metió en los huesos a los capitalistas (para siempre), el miedo a abusar de los demás. No es poco. Ahora ya es moneda de cuño corriente hablar de ‘estado de bienestar’, sin el marxismo sería impensable.

Como sea: mientras no se invente otra cosa, la economía, una economía creciente y su complemento, un comercio libre, son, por más que disguste a intelectuales profesionales del fiasco, la unidad de medida del éxito de los países. Se crea riqueza para tener esperanza de contar con servicios públicos pagados con las contribuciones de los ricos (los pobres pagamos poquito, ni modo), para disminuir el desempleo, para mejorar el ingreso (se necesitan consumidores); y la riqueza tiene un origen legítimo solo cuando resulta de la creatividad de las personas (y una pizca de buena suerte, también), por eso el capitalismo permite la movilidad  social: no es lucha de clases, es permeabilidad de clases. La verdadera lucha contra la pobreza es la lucha por generar riqueza. Lo demás es música de viento.

Y no vaya usted a creer que el modelo a seguir es el yanqui, no, de ninguna manera. Hay otros mucho mejor peinaditos y más arreglados: todo el norte de Europa, Alemania, Francia, por mencionar algunos países en los que prescindir del sentido social de la riqueza es una herejía, una tontería que no alcanzan a comprender.

En el México actual, caímos en muchos errores, sí. El ansia de incorporarnos a trancas y barrancas al mundo desarrollado hizo la vista gorda a no pocos abusos, concentración de la riqueza, corruptelas, trampas, ampliación de la brecha entre los que menos tienen  y los que concentran mucho.

Sin embargo, siendo el impuesto sobre la renta (ISR) el principal impuesto del sistema tributario mexicano, los tres deciles (las tres décimas partes de la población), que concentran los mayores ingresos, son los que pagan el 90.9% de la recaudación total (!), pues aportan el aportan 43.4% de su ingreso bruto total (que equivale a ese 90.9%); los demás, nosotros los del peladaje, como ganamos poquito, pues aportamos poquito. Aunque lo indigne, así es. A uno no le crea nada, cheque el documento de la Cámara de Diputados del 3 de julio de 2018: “Análisis de la Distribución del pago de impuestos y recepción del gasto público por deciles de hogares y personas”, con los resultados de la Encuesta de Ingreso Gasto de los Hogares (ENIGH) 2016, elaborada por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI).

Así, que sí, que muelan a sus mamacitas los ricos, pero hasta que encontremos otros que le pongan el 90.0% de ISR.

Y, por cierto, el 0.00% de crecimiento del PIB de este año, resume lo bien que vamos, señor Presidente: cero es cero.

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