Ciudadanía libre: La Feria

SR. LÓPEZ

Del lado paterno a tío Tito le decían Titito, por economía de aliento. Era de los de Autlán, con prestigio de muy buen ranchero y fama de muy atravesado. En esa era, principios del siglo XX, la gente no recibía su correo en casa, sino que iba por él a la Oficina de Correos, en el Palacio del Ayuntamiento. Para recoger el correo, la esposa de Titito, tía Gilda (‘post mortem’ se supo que se llamaba Hermenegilda), mandaba a algún hijo, hija o mozo, porque invariablemente si iba su marido, le decían que no había llegado nada, siendo sabido que si entre las cartas había malas noticias, se enojaba con el empleado de Correos, a veces llegando a los puños o hasta lo ponía a bailar un jarabe al ritmo de su revólver tirándole a los pies. Nunca entendió que el de Correos nada tenía que ver con los sucesos contenidos en las cartas. Así que para él, nunca había correo y ya luego tía Gilda le iba dosificando las novedades cuando no eran del todo gratas. Santo remedio.

Antes de antier y ayer, nuestro Presidente la emprendió con las otrora ‘benditas redes’, en concreto, contra Facebook, Twitter y WhatsApp. Antes de antier, refiriéndose a que se están usando para atacar a su gobierno, y ayer, para disimular la cosa, dijo que la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha llamado a evitar la difusión de información equívoca o alarmista.

Dijo también nuestro Presidente que pedirá a esas empresitas tan chiquitas, debiluchas y asustadizas, ‘rendición de cuentas’, para conocer sus listas de clientes, saber cómo funcionan las campañas pagadas y si se utilizan cuentas artificiales para crear, así, de la nada, un ambiente adverso a los grandes éxitos de su administración (esto lo dice el del teclado, él, perdón, Él, no llegó a ese extremo, pero por el modo de caminar se notan las reumas).

Por supuesto que entre esos medios digitales debe haber campañas pagadas para irritar al Presidente, por supuesto; pero también, por supuesto, debe haber mensajes que pone alguna gente por iniciativa personal (poca, alguna o mucha gente, averígüelo Vargas). No hay en la historia un solo personaje destacado que cuente con la aprobación y aplauso unánimes (ni Churchill, ni Atatürk… ¡vaya!, ni Jesucristo, que ya ve lo que andaban diciendo de él Anás, Caifás y la banda del Sanedrín).

Si Facebook, Twitter y WhatsApp, le rinden cuentas o no a nuestro gobierno federal, es asunto de esas empresas que ya enfrentarán los juicios correspondientes en sus países por andar de chismosas, pero lo que no está en duda es que al Presidente lo enfurece que lo critiquen… debió escoger otra profesión: payasito de cumpleaños, merenguero, vendedor de globos, oficios dignísimos en los que es muy raro haya reclamos. Pero luchar a brazo partido por ser Titular del Ejecutivo Federal, con la piel tan delicada es como si una bailarina del Ballet Bolshoi decide cambiar a luchadora ruda de la Triple AAA. La política es así y no solo exige piel gruesa, sino aguante. Los jefes de estado deben ser refractarios a la popularidad, no están para ser admirados, queridos ni populares, sino para gobernar. Ya luego pasa el tiempo y la gente reconoce o no sus méritos; luego pasa más tiempo y los historiadores les dedican medio párrafo o libros enteros, es cosa de cómo se hayan desempeñado. Y nuestro actual Ejecutivo va que vuela para una línea en la historia: nombre, fecha de nacimiento, muerte y periodo de gobierno. No da para más.

Otro comentario que merece el dislate de ponerse trompudo con los gigantes mundiales de las redes de comunicación digital, es la mención que hace a las ‘cuentas artificiales’ (parece que les llaman ‘bots’), que son máquinas programadas para ‘rafaguear’ con mensajes por las redes, a favor o en contra… y mucho se insiste en que son legión (como los demonios), los ‘artificiales’ a favor del Presidente. Si es ilegal es cosa que no sabe este López. Lo que sí sabe es que es una tontería: el presidente ya ganó la elección (ahí avísenle), ya no necesita propaganda ni publicidad, no va a volver a ser candidato a nada y queda como candidote… a menos que tenga aviesa intención oculta (no, ya sería de camisa de fuerza: en este país, todavía, la reelección presidencial vale como dogma de Trento y la prolongación de mandato es prolongación de otra cosa que no se atrevería este menda a mencionar pero sería una prolongada de alto riesgo).

Lo que ya es casi imposible ocultar es la tentación autoritaria del presidente. Ya desde candidato probó que las leyes y las instituciones le merecen el trato del papel sanitario (su lema “¡al diablo las instituciones!”, no se olvida). Su treta fallida de imponer la Consulta de Revocación de Mandato en fecha concurrente con las elecciones ‘quasi’ generales del 2021, se la abortó el Congreso, para impedir una competencia dispareja y la pasó a marzo del 2022, con tres meses de ‘silencio oficial’ (quiero ver, dijo el ciego… ¡silencio oficial!). Y el intento de modificar una ley para poder mangonear el Presupuesto de Egresos, también se lo atajó el Congreso (la oposición, aunque les arda), cosa que debería aprovechar la oposición para anular el inconstitucional artículo 21 de esa ley que hoy permite al Presidente hacer charamuscas con la ley de Egresos aprobada por el Congreso y no legislar para que viole menos la Constitución.

Ahora esto de las benditas redes. Todo suma a configurar una personalidad intolerante y con clara tendencia a la autocracia.

Platón en la República, capítulo 8 ó 9 (si no recuerda mal su texto servidor), menciona que el tirano nace en la democracia, pues al dar esta demasiada libertad, permite los abusos y el desenfreno al gobernar. Agrega Platón que el tirano suele ser desconfiado y desdichado, sabe que la adulación es pagada o por interés, y gasta a manos llenas para tener contenta a la masa (no son citas textuales), pues poco a poco los convierte así, en ‘servidumbre voluntaria’ pero con permanente temor a eso que siempre queda y siempre termina triunfando: la ciudadanía libre.

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