Creatividad mexicana

Cuando ha habido notas periodísticas sobre México en el extranjero, en recientes años, casi siempre han sido por cuestiones de crimen y corrupción (con la notable excepción de un año de notas sobre reformas legislativas). Pero algo cambió la semana antepasada cuando Alejandro González Iñárritu y Emmanuel Lubezki recibieron los premios Oscar a mejor director y a mejor cinematografía respectivamente.
Marca el segundo año consecutivo en que un cineasta mexicano recibe el máximo premio de los Oscar en Estados Unidos, después de que lo ganó Alfonso Cuarón el año pasado, y fue el segundo premio consecutivo para Lubezki. Desde luego, este reconocimiento es, sobre todo, para tres individuos extraordinarios, quienes ganaron estos premios por sus méritos propios, en ambos años por haber hecho películas fuera de lo común que lograron ser comercialmente exitosas, pero también novedosas en sus temáticas y técnicas.
Pero también hay una historia oculta aquí sobre la creatividad mexicana. González Iñárritu, Cuarón y Lubezki son de los mejores del mundo del cine, pero hay otros del cine mexicano que han alcanzado un alto grado de reconocimiento a escala nacional, entre los que están los actores Gael García, Diego Luna, Salma Hayek y Demián Bichir y los directores Guillermo del Toro y Patricia Riggen.
Y no sólo hay una efervescencia cinematográfica, sino de otras formas de expresión artística, que va desde la música y el teatro, hasta algo tan básico y al mismo tiempo glorioso como la comida. La ciudad de México tiene varios restaurantes de talla internacional, basados en las múltiples tradiciones culinarias del país, y chefs de renombre como Patricia Quintana. Pero también Tijuana, una vez conocida más por sus maquiladoras y sicarios, se ha vuelto un destino culinario a nivel nacional e internacional, con chefs como Javier Plascencia, que han atraído turistas culinarios y atención periodística a la frontera México-Estados Unidos con su originalidad y compromiso con los ingredientes locales.
Y la creatividad no se limita a las películas y la comida, sino también a la actividad económica. México tiene cada vez más empresas que han sobresalido en el plano global, incluyendo el panadero más grande del mundo y una de las dos grandes cementeras, algunas empresas de telecomunicaciones altamente competitivas en otros países, dos marcas de cerveza mundialmente famosas, diversas empresas de tecnología exitosas en el extranjero y varios productores de leche, carne, tortillas y otros comestibles que surten a los consumidores alrededor del mundo. Además, México se ha vuelto un poder manufacturero a nivel internacional con industrias que usan que cada vez más contenido nacional para producir un gama de productos que van desde teléfonos celulares y televisiones hasta carros y aviones.
La lección es clara: En México sí se puede y se está haciendo. Hay una gran creatividad que perdura y crece a pesar de las múltiples crisis que ha vivido el país en años recientes. Pero González Iñárritu, al recibir su estatuilla, también rogó que los mexicanos algún día tengan “el gobierno que merezcan”, un reconocimiento de que no todo va bien en el país, porque todo esto se está logrando en México al mismo tiempo que hay una pérdida de confianza notable hacia los líderes políticos de todos los signos partidistas y un sentido de frustración hacia la corrupción que sigue estando imbricada en las estructuras del poder.
Pero si México está generando un auge de creatividad aún en circunstancias adversas, imagínense lo que se puede lograr con un poco más de capacidad institucional, un Estado de derecho fortalecido y líderes que ganen la confianza de los ciudadanos.

Por Andrew Selee
(Vicepresidente ejecutivo del Centro Woodrow Wilson)
EL UNIVERSAL

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