Crónicas conejas

El Biocafé

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GMX

Antes de llegar aquí ya he visto un espectáculo urbano: Una pordiosera está levantando su campamento que instala todos los días en un camellón polvoriento que adorna uno de los costados del Centro Cultural Jaime Sabines, donde huele a orines.

Un hombre le acerca su miembro viril a una mujer mientras esta habla por teléfono, precisamente al lado de ese camellón que tiene huellas de perros de la calle que también se revuelcan aquí.

Una larga fila de personas espera impaciente su turno para tramitar una credencial del Instituto Nacional Electoral (INE), de esas en las que uno puede poner o no su domicilio. El módulo está contiguo.

Afuera de El Biocafé hay una rueda de prensa en la que una mujer gorda dice algo a unos pocos reporteros que hacen como que la escuchan, pero en realidad están más entretenidos en el café americano, en el jugo de naranja y elegir uno de los paquetes para desayunar.

Hay huevos rancheros, huevos a la mexicana, pechuga a la plancha, huevos divorciados, además de otros antojos como chilaquiles.

Unas matas de café, 10 al menos, adornan la entrada de El Biocafé que esta mañana está medio vacío.

Desde la mesa del rincón -como la canción de Los Tigres del Norte- observo el panorama. Al fondo está la barra que hoy es atendida por un hombre que se obsesiona con el deporte, se le nota. Parece como si Pancho Pantera estuviera detrás de la caja registradora.

Apenas unos dos metros arriba de la barra hay un mural en cuyo centro dice: Que vivan los sueños. La pintura es de Manuel Suasnávar y se titula Nos soñó y nos pintó.

Pregunto a una mesera que se alterna los servicios con un muchacho por el mural, y me contesta con naturalidad: Ha de ser como el sueño que tuvo el que lo hizo.

En el mural se puede ver a un puñado de hombres que flotan sobre un campo verdoso a la orilla de un río. No hay que ser tan perspicaz para imaginar que se trata del Río Grande, el Río Grijalva.

Los hombres cabalgan en unos caballos de madera y de trapo que parecen ser una extensión de sus cuerpos. Parece como si fueran a la guerra, pero no llevan armas, sino chinchines de parachico, un cacho de vaca, machete, mazorcas de maíz y la imagen de la Virgen de Guadalupe.

Mientras navego en el mural, casi sin darme cuenta he terminado mi desayuno, el paquete cuatro: café americano, pechuga a la plancha con papas fritas, zanahoria y chayote hervido, una salsa de tomate que no pica y un jugo de naranja que no quiero tomar porque seguro está muy ácido.

El café es fuerte, de aroma penetrante, con un sabor que se pasea por la lengua y llega hasta el cerebro. He pedido una segunda taza.

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Ahora hay menos personas que cuando llegué. Hay un tipo vestido con camisa a cuadros, pantalón Levis y zapatos de vestir que da la pinta de importante. Le acompañan dos tipos que parecen judiciales frustrados. Traen su mariconera cruzada y no sueltan el teléfono.

Un hombre de otra mesa se cree político y hace cinco llamadas en menos de media hora. Habla tan recio que lo escuchan todos. Aparte El Biocafé tiene una acústica que hace que todo lo que se dice tenga eco. Todavía hay una tarima en la parte Poniente Sur donde se presentan trovadores locales, de esos que se conforma con sacar para pasar el día, de esos que no llegan a lo realitys de Televisa y Tv Azteca.

A mi lado, una mujer y tres hombres que parecen maestros discuten por alguna gestoría que realizarán ante las autoridades educativas.

La conferencia de prensa ha terminado afuera. Los reporteros se van a terminar la jornada. Barriga llena corazón contento.

El mesero apresura la limpieza de las cucharas y los tenedores. Los frota con una franela amarillenta. Una pareja de enamorados va por su tercera taza de café.

La mesera recoge unas tazas y unos pesos que le han dejado de propina. Yo me apresuro a tomar mi segunda taza de café y a pedir la cuenta.

Los de al lado hablan de análisis político. Intentan descifrar al país que está hecho un desmadre…

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