Curar a México: La Feria

SR. LÓPEZ

Lo puedo contar porque ya pasó al definitivo estado de fiambre: la vida de la prima Encita (Lorenza, Lorencita, Encita, digo, por piedad), fue un rosario de tropiezos de los que ella se quejaba más que todos los que hace 19 siglos van a eso al Muro de las Lamentaciones. Encita no se dio cuenta nunca que ella se buscó tanto quebradero de cabeza; se inscribió en Medicina en la UNAM a pesar de lo asquerosita que era (en la Preparatoria se desmayó el día que abrieron una rana en el laboratorio); luego de perder dos años ahí, se pasó a Contaduría, sabiendo que a partir de la tabla del tres le costaba mucho esfuerzo cualquier cuenta; perdió otros dos años más y se inscribió en Filosofía y Letras siendo lectora voraz solo del Libro Vaquero y Vanidades… a los 29 de edad terminó Decoración de Interiores en una academia particular (cuatro meses de estudios). Se casó con un gañán que tenía fama de eso: divorcio a los dos meses y parto, cuatro después; se puso a vender terrenos en una empresa muy rara que no escrituraba los predios, su ya viejito papá averiguó con amigos suyos del gobierno y le advirtió que era un fraude: aprehensión y dos años en la cárcel hasta que un caritativo Juez la soltó, ante la evidente estupidez de la indiciada. Luego coleccionó amantes y se gastó en mantenerlos la modesta herencia que recibió, modesta pero suficiente para vivir con decoro. Su hijo dejó de hablarle. Encita acabó de arrimada en casa de la abuela Virgen (la de los siete embarazos), lamentando lo dura que es la vida… el impresentable primo Pepe le decía ‘Mensita’.

Se recomienda, si anda usted de malas o es de piel delicada, suspenda de inmediato la lectura de esta Feria (no se aceptan reclamaciones):

Los habitantes de este risueño país, coloquialmente llamados mexicanos (en rigor se nos debería llamar ‘estadounidenses mexicanos’), no tenemos derecho ni a quejarnos de ninguna de las tragedias nacionales. Las toleramos, las permitimos y a veces, las aplaudimos. No se enoje. Es la verdad.

Para abrir boca, la ‘conquista’ no la hicieron 1,300 aventureros españoles (con 86 caballos y 163 cañoncitos), sino los propios indígenas: tlaxcaltecas, texcocanos, otomíes, xochimilcas, los de Mixquic y los de Iztapalapa, que se unieron a Cortés y fueron a echarle pleito a los aztecas (los tenían hasta la coronilla), con entre 120 mil y 200 mil guerreros. Los aztecas eran un máximo de 300 mil con 400 canoas de guerra -Cortés tenía 12, en total-… pero los aztecas se pelearon entre ellos, Cuauhtémoc mandó ejecutar a todos los nobles que se le pusieron al brinco y… bueno… lo demás es historia.

Luego nos independizaron de España los peninsulares y criollos (españoles nacidos en México), con la sola excepción, tal vez, de Vicente Guerrero (hay versiones de que no era indio puro), pero no importa: la conquista la hicieron los indios y la independencia los españoles… y nosotros nomás mirando sin interesarnos mucho. ¡Pa’l caso!

Ya independientes, casi todo el siglo XIX nos dedicamos a pelearnos, mangoneados por logias masónicas yorkinas (pro-yanquis), y escocesas (pro-Europa); de eso salió lo que salió: la dictadura de Porfirio Díaz, quien, visto con la serenidad del paso de los años, parece fue un mal necesario (y ni tan malo). Y el pueblo, dejando hacer, sin mucho comprometerse (había harto muerto).

Luego le seguimos con los baños de sangre y en el siglo XX nos zampamos una Revolución de casi 20 años (con un millón y medio de muertos, más o menos), que no fue revolución sino rebatiña por el poder; y para hacer bien la digestión, después nos echamos una guerra religiosa de tres años con 250 mil cadáveres.

De ese carnaval de balaceras resultó el régimen de un partido, de 1929 al 2000… y no vaya usted a decir que el PRI se ‘robaba’ el poder pues, en todo caso, la ciudadanía lo dejábamos robárselo, primero, si quiere, por cansancio de cavar tanta tumba; luego, porque hubo mejorías impensadas e indiscutibles en el país, con el suficiente orden para crear instituciones, hacer labor de gobierno y fomentar (dejar de estorbar), el crecimiento de un sector empresarial poquito arriba de respetable; después… por… porque la verdad no nos importaba quien gobernara, total, cuando nos cae mal el mandón de turno, con quejarse, hacer chistes y desquitarse evadiendo impuestos.

De Fox a Peña Nieto, no le comento nada, no hace falta, es un pasado muy presente.

Lo que ya no podemos usar de coartada es que se roban las elecciones. Cuando menos las presidenciales de Zedillo al actual, han sido legales.

Ahora estamos ante el intento de demolición del país por un grupo político que promete rehacerlo a su gusto y gana, grupo que en el mejor caso está equivocado y en el peor, son farsantes (habrá de todo), pero que llegaron al poder con hambre de revancha y riquezas, seguros que su servilismo ante el Presidente los hace intocables, Presidente que por cierto, ha rebasado por mucho su nivel de incompetencia.

La ironía de este capítulo tragicómico de nuestra historieta nacional, es que tal vez acabemos por agradecerle a Andrés Manuel López Obrador que el cuerpo nacional ¡por fin! reaccione a nuestro endémico cinismo cívico, creando anticuerpos de responsabilidad colectiva.

No se trata de que nos sean intolerables los extravíos, amagos y dislates de este gobierno de un solo hombre: desfiguros similares hemos tolerado dos siglos; ¡vaya!, ni siquiera será una reacción ante la cuestionable oportunidad con que reaccionó ante la pandemia ni el escandaloso disparate de sus medidas que agravan la crisis económica.

Ni nos escandaliza que su principal pregón, la lucha contra la corrupción, sea otro grande fracaso.

No, se trata de que aceptemos que nuestros gobernantes son nuestro espejo, son lo que son porque somos como somos: se trata que por respeto propio hagamos el intento de actuar como ciudadanos en las elecciones del 2021 y la consulta revocatoria del 2022, sirve que así sabrán que no somos ‘el pueblo bueno’, ni sus babosos. Debemos curar a México.

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