De haber sabido: La Feria

Sr. López

Tía Marciala era una mujer de pelo en pecho, alta, frondosa tirando a guapa, que allá por los años 20 del siglo pasado fue la primera de Autlán de la Grana, Jalisco, que mandó a volar a su esposo, un macho de diccionario al que fracturó la mandíbula y por poquito no le hizo algo peor. Siguió su vida cuidando su rancho y sus vacas, sumando maridos (sin documentar), y teniendo hijos, que llegó a 14. Se hizo rica porque sus tierras se hicieron urbanas y las vendió a precio de oro. Ya vieja, era imponente, grandota, maciza, fumaba puro y en el bolso cargaba revólver. Una tarde platicaban ella y la abuela Elena de cosas de sus tiempos, de unas reían, de otras quedaban calladas; interrumpió uno de esos silencios tía Marciala y con voz neutra dijo que se arrepentía de haber botado a su primer marido: -De haber sabido que los demás venían peores, me quedo con él –de haber sabido.

De su lectura de las tragedias griegas, recuerda usted que Hybris, hija de las sombras, era la diosa de la desmesura, la inmoderación, el desdén, la insolencia, el orgullo. En la Grecia antigua se inventaron su religión y vivos que eran, no tenía pecados pero sí faltas, la “hybris” era la peor, por ser autoconfianza exagerada, creerse igual a los dioses; y en sus leyes castigaban la hybris, considerada como la violencia contra los débiles de parte de los que tenían autoridad.

Se usa ese viejo vocablo, hybris, en un libro que se publicó en 2011, titulado “En el poder y en la enfermedad”, que lleva el sugerente subtítulo “Enfermedades de jefes de Estado y de Gobierno en los últimos cien años” (está en español, Editorial Siruela). El autor no es un desfachatado ganapán escribidor de “best sellers”, sino David Owen, médico neurólogo, académico y destacado político británico quien ha sido rector de la Universidad de Liverpool, líder del partido Social Demócrata, ministro de Salud y Seguridad Social, y de Asuntos Exteriores.

Don Owen repasa las dolencias físicas y sicológicas de un buen número de personalidades de la política del siglo XX y denomina síndrome de hybris a cierta enfermedad aun no estudiada clínicamente ni considerada en psiquiatría, a la que se refiere diciendo que es propia  “(…) de los líderes políticos cuyo éxito les hace sentirse excesivamente seguros de sí mismos y despreciar los consejos que van en contra de lo que creen o en ocasiones toda clase de consejos, y que empiezan a actuar de un modo que parece desafiar la realidad misma”.

En el libro menciona don Owen el proceso de la hybris en las tragedias griegas: “El héroe se gana la gloria y la aclamación al obtener un éxito inusitado contra todo pronóstico. La experiencia se le sube a la cabeza y empieza a tratar a los demás, simples mortales corrientes, con desprecio y desdén, y llega a tener tanta fe en sus propias facultades que empieza a creerse capaz de cualquier cosa”. ¡Vaya!

Antes, en 2009, la prestigiada revista Journal of Neurology publicó el artículo “Síndrome de Hybris: ¿un desorden de personalidad adquirido?”, del mismo Owen en coautoría con un tal Jonathan Davidson y poquito antes aun, trataron el asunto de hybris, Aristóteles, Platón y Herodoto. Nada nuevo hay bajo el Sol.

Como este menda está sujeto a la tiranía de los seis mil caracteres (espacios incluidos), deja para otra ocasión algunas anécdotas de afamadas sabandijas y en directo y sin anestesia, le presenta algunas características de los poderosos que padecen el síndrome de hybris:

Incapacidad para cambiar de conducta. Conducta narcisista, el cargo es el escenario para buscar la gloria personal. Mesianismo, todo será mejor gracias a él. Identificarse con la nación y personificar al pueblo. Excesiva confianza en el propio juicio, falta de atención a los detalles. Desprecio de lo diferente a su criterio. Autoconfianza exagerada. Usar el plural mayestático al hablar de su persona. Tendencia a la omnipotencia. Pérdida de contacto con la realidad: aislamiento progresivo. Imprudencia. Impulsividad. Negación del fracaso. Y aunque faltan otras, ya nada más le menciono esta: el que padece este síndrome de hybris, convencido de su fuerza moral no considera el costo de sus actos y decisiones.

Sin cargar las tintas sobre el modo de gobernar de nuestro Presidente, solo revisemos algunos de sus dichos, todos verificables, a la luz de dos características de quienes padecen el síndrome de hybris: la autoconfianza exagerada y la tendencia a creerse omnipotente:

“Hemos aprendido que se puede gobernar desde abajo y con la gente; desde las comunidades y colonias, desde las carreteras y las plazas públicas; que no hace falta tener asesores ni secretarias ni guaruras; que lo indispensable es poseer autoridad moral y autoridad política; y tenemos la convicción de que mientras no haya ambiciones de dinero y no estemos nada más pensando en los puestos públicos, seremos políticamente indestructibles”. Redactado en plural mayestático en su libro “Entre la historia y la esperanza”; editorial Grijalbo, 1995.

“Cuando se es honesto, cuando hay ideales y principios, se es políticamente indestructible (…)”; 7 de octubre de 2003, siendo jefe de Gobierno del entonces D.F.

“(…) cuando hay principios, hay ideales, está uno protegido, es un escudo protector, políticamente se es indestructible (…)”; siendo Presidente el 3 de septiembre de 2019.

“México es ejemplo a nivel mundial de gobernar”; afirmó el 13 de junio de 2021.

Este síndrome no tiene remedio solo se cura perdiendo el poder. Lástima.

Ayer el Presidente comentó el cambio de Presidente del Tribunal Electoral federal. Cinco de siete magistrados, eligieron a un nuevo titular que no le cae bien a él, dice que antes lo insultó, debe saber que no es cierto pero acomodaba decirlo para proponer que renuncien todos los magistrados y para sostener que deben reformarse el Tribunal y el INE, aprovechando. La división de poderes y el respeto a las leyes, en suspenso.

Y poco a poco cada vez menos leales vociferantes y más gente diciendo: De haber sabido.

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