De pena ajena: La Feria

SR. LÓPEZ

Como usted a veces se me distrae, le pido tome nota: según el Senado, ayer fue un día histórico: aprobaron por unanimidad sin abstenciones, reformas a nueve artículos de la Constitución estableciendo la paridad de género (de género, ojo, no de sexo), en todos los cargos públicos del país y en municipios de población indígena. Pasó a la Cámara de Diputados… puro trámite: triunfará el imperio de lo políticamente correcto.

¿Está este infame menda en contra de la paridad de género?… sí, absolutamente. En primer lugar por el uso de la palabra género, cuando todos están pensando en “mujeres” y “hombres”, pero eso sería hacer distinción por sexos ¡y eso sí que no!

¿Qué hay atrás del uso de la palabra género en lugar de “sexo”?… es una larga historia. Para ahorrar teclazos (cuota diaria máxima de 6 mil), sin matices importantes, digamos antes que todo: la mujer a lo largo de la historia ha sufrido (y sufre) abusos y ninguneos injustificables de parte del hombre. Parte fea, muy fétida y vergonzosa de la historia (y sigue).

La defensa de la mujer surge de manera explícita en el siglo XVIII, por doña  Mary Wollstonecraft, inglesa que logró ser escritora profesional, para escándalo de los británicos machos de entonces, quien argumentaba que “la mujer no es por naturaleza inferior al hombre (…) ambos, mujeres y hombres deberían ser tratados como seres racionales” (traducción a marro). Nótese que doña Mariquita no se enredaba: defendía los derechos de las mujeres, frente a los abusos de los hombres. Ni rastro de la flatulenta  palabrería del “género”.

Es a fines de los años 60 del siglo pasado que un psiquiatra y psicoanalista (¡cuidado al cuadrado!), un tal Robert Stoller, en su obra “Sex and Gender” (“Sexo y Género”, obviamente), propone que no son lo mismo, que el ‘género’ se compone de: biología y hormonas, el sexo asignado al nacer y la influencia psicológica y social. Parece sensato (y lo es), y que no es como para alarmarse.

Hoy, la Organización Mundial de la Salud (OMS), afirma: “‘Sexo’ se refiere a las características biológicas y fisiológicas que definen a hombres y mujeres, son categorías sexuales (…) y ‘género’, es el papel socialmente construido que desempeña una persona, los atributos, actividades y comportamiento, que la sociedad (alguna sociedad), asigna y acepta como adecuados para hombres y mujeres”. De esta manera, ‘femenino’ y ‘masculino’, son ‘categorías de género’, no sexos (claro que no, ¡ni Dios lo mande!).

La batalla inició por la evidente necesidad moral y ética (no son lo mismo), de erradicar el abuso perpetuo que sufrían (y sufren) las mujeres… pero por la misma puerta entró la defensa (legítima) del respeto a los homosexuales de ambos sexos, pero al usar la palabra ‘género’, en lugar de ‘sexo’, el asunto se empezó a enredar, porque el ‘género’ es una “sensación interna de cada persona sobre si es hombre, mujer, niño o niña” (o sea: yo “me siento”, de tal o cual género -sexo-, y lo soy; igualito que me siento médico o contador y… no, no lo soy por más que “me sienta” cirujano o auditor y al bote meten al que ejerza esas profesiones porque “las siente”)…, ¡ah! y el género es una “opresión impuesta”.

Se sigue enredando la madeja cuando se afirma que el ideal a obtener es una sociedad sin género en la que el sexo sea irrelevante. A uno le puede importar poco, hasta que usando el viejo método lógico de la “reducción al absurdo”, se plantea un primer absurdo: nadie en la humanidad es homosexual ni tiene complicaciones de género, ¿qué pasa?… nada, se sigue reproduciendo la especie y no desaparecerá jamás (bueno, hasta el fin del mundo, ahí sí todos, desde los machos de tacón alto a las mujeres de pelo en pecho, todos pelarán gallo); pero mientras, no pasa nada en este primer planteamiento absurdo (y es absurdo: siempre habrá de todo); por el contrario, un segundo absurdo, ¿qué pasaría si toda la humanidad es homosexual?… la especie humana desaparecería, nadie copularía con el sexo opuesto. Y esto apunta a que no está del todo mal que haya mujeres y hombres (y tengan hijitos).

Ayer nuestro Senado aprobó la paridad de género en todos los cargos públicos… o sea: si para todas las carteras del Gabinete federal, resulta que los mejores prospectos son todos mujeres, la ley lo impedirá. Igual: si un partido político encuentra que sus mejores candidatos a todos los cargos de elección popular, son mujeres, tampoco podrá: ¡paridad de género!

No, no parece la mejor solución, aunque, justo es decirlo, en tanto se acaba el abuso contra las mujeres, hay que pasar por esta aduana. Ni modo.

Pero, espere: al usar la palabra ‘género’ y no ‘sexo’, se está discriminando a todos los géneros que hay… y eso sí que no: ¡paridad de género!, pareja, así que nuestro Congreso tendrá que darnos una ley que le respete su derecho a cargos públicos a los del género intersexual, transgénero, transexual, género diverso (?), género fluido (unos días mujeres, otros hombres, a ratos, gays… fluida la cosa), andrógino (identidad masculina y femenina simultáneamente), neutro (ni fu ni fa), trigénero (de todo a ratos), poligénero (identificado con cuatro o más géneros), intergénero (como los chicles tutti fruti), demigénero (parcialmente de algún género), grisgénero (entre agénero / sin género y otro género), mutogénero (que cambia género dependiendo del humor en que anda),  ‘crossdresser’ (a ratos viste con prendas del sexo opuesto… y se siente ¡so-ña-do!), ‘Drag king’ (mujer que actúa y viste como hombre), ‘Drag Queen’ (hombre que actúa y viste como mujer), ‘gender bender’ (combina los géneros según anda de la panza).

Ni los cuente, son 17 géneros… a dividir proporcionalmente todos los cargos públicos, nadie se quede fuera: ¡paridad de género! Estábamos mejor nada más con mujer, hombre y homosexuales (ellos y ellas).

Nuestros legisladores otra vez, oyendo la tonada sin entenderla, haciendo lo que imaginan políticamente correcto, dando una en el clavo y cien en la herradura. De pena ajena.

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