Despelote institucionalizado : La Feria

Sr. López

Tía Magnolia era más temida que un gato con rabia. Era claridosa, mendaz, calumniadora, descarada e inmune a reclamos. Decía lo que le venía en gana sin reparar en consecuencias. Era cínica y al que no le gustara, que le pusiera flores. Así, en la boda de la prima Silvita, estaba la tía en su mesa haciendo la disección del prestigio de la novia su sobrina, cuando llegó ella, chula en su traje blanco y le puso como casco en la cabeza una sopera llena, calientita (crema de espárragos), y a partir de esa vez, donde la veía le plantaba algo; le tocó un mole negro (de Oaxaca, buenísimo), un bacalao a la vizcaína (¡qué desperdicio!), una sopa caldosa de fideos casi hirviendo y un refrescante arroz con leche (con canela y pasas), que fue su platillo de despedida definitiva de todos los eventos familiares, porque ya nadie se le sentaba cerca y no ganaba para vergüenzas ni tintorería. A grandes males…
Más o menos todos estamos al tanto del sainete protagonizado por el Presidente de la república contra la prensa crítica y todos aquellos que por no comulgar con su personal proyecto de nación, son calificados como “golpistas”, “conservadores”, “malhechores” y muchas otras lindezas.
En airado debate se habla de si se violó la ley al difundir datos privados de un ciudadano sin cargo público (y su esposa) de parte de otro ciudadano que no es un ciudadano común, sino el primer mandatario, titular del Poder Ejecutivo federal, obligado por solemne juramento a cumplir y hacer cumplir la Constitución y las leyes que de ella emanen. También se discute si el Presidente puede actuar como ciudadano común y aparte, como Ejecutivo federal (olvidando que el Presidente es Presidente hasta dormido, no está jetón un ciudadano, está descansando el Ejecutivo). Otros polemizan sobre si el Presidente es un héroe en ciernes o un peligro. Y no faltan los que exaltan este sexenio como una gesta heroica o lo tachan como la repuesta en escena de esa mala tragicomedia conocida como Echeverriato.
Y en uno de sus más recientes capítulos, está el ‘sketch’ cómico de la carta que mandó el Presidente al Instituto Nacional de Transparencia, Acceso a la Información y Protección de Datos Personales (INAI), preguntando si puede violar la ley como ciudadano, si les saca ronchas que lo haga como Presidente, sin caer en cuenta que es la primera vez en la historia del mundo, en que una carta recibe respuesta antes de ser entregada, porque el consejo consultivo del INAI había exhortado horas antes, a la directiva del propio INAI, a iniciar de oficio los procesos necesarios para garantizar el derecho a la protección de datos personales de Carlos Loret de Mola (incluyendo la posibilidad de aplicar medidas cautelares y sanciones para el Presidente de la república, ¡no que no tronabas pistolita!). Se hubiera ahorrado el Presidente su carta a Eufemia (9 párrafos, 452 palabras, 2,360 letras y once faltas de ortografía y sintaxis… otro récord, ¡i’iñor!).
De este entremés no cervantino, sino muy vulgar reyerta, no saldrá nada, no veremos consecuencias. El Presidente en funciones está blindado porque se ampliaron los delitos por los que puede ser juzgado pero se mantuvo el fuero constitucional; sus hijos también, porque al menos hasta el 1 de octubre de 2024, ni un huracán categoría 5 -escala Saffir-Simpson-, los despeina… ahorita. Y tampoco veremos a ningún periodista en la cárcel, eso, júrelo, Loret está blindado mientras no afloje, lo sabe; y si le pasara algo de parte de algún loco exaltado (¡quieto, Gertz!), se desmorona la imagen presidencial ya para siempre y sin remedio (consejo respetuoso al señor Presidente: la salud y Loretito, que los cuide, que los cuide).
De tanto hablar de las pifias presidenciales pareciera que se nos está olvidando lo mero principal: ¿cuál es la solución?… sí, porque sí hay solución y los que la tienen en sus manos, silban de lado, miran para arriba, esperan que pase algo pero no de parte de ellos. ¿A quiénes se refiere este menda?… a los partidos políticos.
Para empezar bien deben impulsar una iniciativa sencillita: que en el Congreso todo se vote de manera anónima, para erradicar de una buena vez y para siempre la obediencia obligada de los legisladores a los líderes de sus fracciones y en el caso de los tribunos pertenecientes al partido del que sea el Presidente de la república, liberarlos de la sumisión forzosa que los hace aprobar a ciegas, sin quitar una coma, lo que sea que disponga el Ejecutivo, lo que en los hechos anula al Legislativo.
Y que ese voto anónimo se practique en las comisiones y en el Pleno. Es inconcebible que no veamos los males que causa el voto identificado en el tablero electrónico del Congreso. En el Vaticano, que algo saben de política (por ahí de 1,700 añitos de experiencia… sí, no dos mil), los cardenales eligen anónimamente al Papa, piénsele (y contadas las papeletas de cada ronda de votación, las queman… sí, algo le saben al asunto).
De esta manera los diputados y senadores, quedarían a resguardo de la tentación de hacer favores imposibles de probar y a salvo de venganzas políticas de parte del poderoso de turno y este, a su vez, se vería obligado a no andar proponiendo caprichos, barbaridades, presupuestos de fantasía ni tratando de imponer su personal manera de concebir al país (no podemos seguir reinventando un nuevo país cada seis años, por amor del dios en que cada uno crea). Ojalá alguna organización cívica empiece a moler con esto, ojalá la prensa organice un vendaval de noticias para hacer que se muevan los engranes de nuestro peculiar sistema político. Si se quiere, se puede.
La otra cosa no tan difícil es convertir a la Auditoría Superior de la Federación en una súper auditoría nacional, más fuerte audaz y valiente que Pancho Pantera. Dotarla del presupuesto necesario y acompañarla con una Fiscalía General de Auditoría Superior, autónoma, muy separada de la FGR.
A grandes males… o le seguimos con el despelote institucionalizado.

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