Día de las razas: Galimatías

ERNESTO GÓMEZ PANANÁ

En el Galimatías de la semana pasada comentaba de costumbres o acciones que en otro momento, acaso reciente, eran socialmente aceptadas y hoy no lo son. Coincidentemente ayer se “conmemoró” uno de los acontecimientos más polémico-complejo-dolorosos de nuestra historia. Me refiero a lo que hace veinte o treinta años se llamaba “Día de La Raza” y se calendarizaba como día feriado.

No pretende esta columna abonar a la histórica discusión: pienso que más allá de lo violento de la ocupación española -y lo violento de los aztecas con los otros pueblos-, en los hechos, hoy somos un país diverso -y ciertamente injusto-, con una cultura que es resultado de la combinación de ambos orígenes y otros tantos:

El México de hoy es la imbricación de sus pueblos fundadores, más los invasores españoles, los esclavos negros, las migraciones china, libanesa, alemana. México es su convivencia cotidiana entre Tijuana y San Diego pero también entre Tapachula y Quetzaltenango. Eso es. Eso somos. Eso hemos venido siendo.

Hoy los tiempos de la globalización acercan naciones, derriban fronteras, potencian oportunidades y desnudan también carencias que no requieren pasaporte.

La pobreza y la violencia son las mismas en Tegucigalpa, en San Salvador o en Arriaga y Rayón. También igual que en Machakos, Kenya o Saint Thomas,?Jamaica. No hay fronteras.

Traigo esta idea a cuenta a propósito de la muerte de dos migrantes africanos en la costa de Chiapas ayer, justo en el Día de La Raza. Las foto que registra el hecho es demoledora.

El naufragio fue entre Paredón -ironías de la vida el nombre- y Puerto Arista. En la lancha viajaban doce personas de orígenes diversos. Personas de África, Asia y Centroamérica. Todas entraron a México como preámbulo para llegar al norte pero se encontraron con la imposibilidad de tomar La Bestia o sumarse al trayecto de alguna caravana. Pagaron a un pollero que prometió transportarlos por mar. A poco de haber zarpado, naufragaron. Oficiales de Marina salvaron a diez.

Regreso a la foto: sobre la arena el cadaver de un hombre de raza negra, de unos 30 años, sus ojos cerrados, los brazos sobre el pecho. Transmite paz. La paz de la muerte que se encuentra escapando de la pobreza -y la muerte-, la paz del morir intentando forjar un mejor futuro. Al fondo parece distinguirse un segundo  cuerpo en la misma circunstancia. Ambos atravesaron el Océano Atlántico en quién sabe qué condiciones. Entraron a nuestro país vía el Suchiate y hoy están muertos a miles de kilómetros de su tierra. Su único sueño era el de un trabajo que permitiera un mejor futuro.

Hoy, para el capital las fronteras son simbólicamente inexistentes: se viste, se come y se escucha lo mismo en Delhi que en Denver o en Buenos Aires y con una tarjeta de crédito se obtiene la visa para cualquier sitio del planeta e incluso más allá. Los pobres viajan sin dinero, sin pasaporte y sin visa y mueren en el camino.

Urge un nuevo paradigma de organización social en el que el capital y la economía importen pero no se antepongan a las necesidades humanas. Uno en el que la riqueza de unos no sea a costa de la miseria de muchos. Un mundo en el que superemos el 12 de octubre entendiendo que la humanidad es nuestra raza y el trabajo nuestro derecho.

Oximoronas: Mientras, Ecuador arde y las lecturas son al menos dos. La genuina protesta social indígena ante la eliminación del subsidio a las gasolinas o la manipulación del expresidente Correa buscando que caiga Lenin Moreno, el presidente actual y  mientras, muy cerca de ahí, separados por unos cuantos kilómetros, Evo Morales busca su cuarta reelección, con lo que acumularía 18 años al mando. Cosas de esta democracia imperfecta y romantizada. Frágiles fronteras también estás.

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