Donald Trump: entre la ignorancia y la xenofobia

En el marco de las elecciones primarias en Estados Unidos, el empresario Donald Trump se apuntó como aspirante a la candidatura presidencial por el Partido Republicano. “El New York Times” calificó su discurso como “típicamente bombástico y lleno de elogios para sí mismo”, en tanto que para el “Washington Post” fue inconexo.
En su ya tradicional retórica, que anhela espacios en los medios a partir de una confusa serie de frases vacuas y ofensivas, el magnate arrasó verbalmente contra el avance económico de China y Japón, el radicalismo islámico y los dirigentes de Estados Unidos, a los que llamó estúpidos. La diatriba incluyó a México, país que, dijo, “no es nuestro amigo”, y que “está mandando gente con un montón de problemas. Están trayendo drogas, el crimen, a los violadores”. La solución, según dijo, consiste en construir un gran muro en la frontera, “y haré que México lo pague”.
La calidad moral del opinante determina la calidad de sus opiniones. Vale la pena recordar que Trump se indignó hasta el ridículo con la entrega de cuatro Oscar a la película “Birdman”, dirigida por el mexicano Alejandro González Iñárritu. Tal parece que está dolido con nuestro país porque la Corte Superior de Los Ángeles obligó a su empresa Irongate a pagar 7.2 millones de dólares a las personas que había defraudado con la venta de condominios en un desarrollo que se llamaría Trump Ocean Resort Baja, ubicado en el kilómetro 17 de la carretera panorámica Tijuana-Rosarito, en Baja California.
La invectiva de Trump contra México confirma que todavía hay quienes creen que denostar a los migrantes, criminalizarlos y perseguirlos es rentable en términos electorales. Esto no debemos desecharlo porque implica una semilla de odio y xenofobia que puede traducirse en más marginación, exclusión y violencia en contra de los mexicanos, y en general de los latinos, en Estados Unidos.
Vale la pena subrayar que los millones de mexicanos que trabajan en Estados Unidos, como otros latinos, a quienes se paga menos que a los trabajadores nativos y que se hacen cargo de las actividades que los estadounidenses no quieren realizar, no son drogadictos, traficantes ni criminales. Más aún, estos migrantes subsidian con su trabajo la economía estadounidense, no sólo por recibir en la mayoría de los casos salarios inferiores, sino porque sus aportaciones al fisco (de 14 mil millones de dólares en 2011, por ejemplo) son prácticamente netas, pues lo que reciben en servicios como asistencia infantil, educación, asistencia pública, seguridad social, desempleo, ingreso para veteranos y discapacidad representan un porcentaje ínfimo, de 297 millones de dólares en ese año, comparado con la magnitud de su aportación.
La Secretaría de Relaciones Exteriores ha hecho bien en destacar que en Estados Unidos hay alrededor de 33 millones de personas de origen mexicano. Hay 570 mil negocios, uno de cada 25 en ese país, que son propiedad de mexicanos y que facturan aproximadamente 17 mil millones de dólares.
Donald Trump y quienes propagan dogmas similares no aceptan que la migración mexicana a Estados Unidos es un activo en aquel país. No podemos minimizar este discurso señalando que se trata únicamente de palabras. El racismo mata. Y lo que pretende esta embestida es posicionar ideas que impulsen leyes de deportación que separen a las familias y hacer de la palabra “migrante” sinónimo de “criminal”.
Durante el combate electoral habrá un combate cultural. Habrá debates de consecuencias vitales durante los cuales los mexicanos tenemos que dar la cara en defensa de los migrantes. Estamos ante la obligación de denunciar las ideas xenófobas y racistas por cualquier medio a nuestro alcance. A los conservadores como Trump habrá que recordarles que, en la Declaración de Independencia de Estados Unidos, quedó establecido que todos los hombres nacen igualmente libres y tienen derechos inalienables, como la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. Los padres fundadores se refirieron a todos los hombres sin distinguir raza, religión ni color de piel.

Por Mauricio Farah
(Secretario General de la Cámara de Diputados y especialista en Derechos Humanos)
Colaboración especial

Twitter: @mfarahg
EL UNIVERSAL

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