El cuento fantástico: La Feria

SR. LÓPEZ

Tío Celso tuvo cinco hijos varones y a los cinco enseñó todas las estafas, timos y triquiñuelas con que su negocio de compra y venta de semillas lo hizo pasadito de rico. Ya desde jovencitos, todos eran sacos de mañas. Murió el tío y heredó todo su esposa, tía Lupita, quien encargó al mayor el negocio para descubrir pronto que su vástago la robaba, así, a lo pelón. Sin explicaciones lo quitó y puso al que seguía. Misma historia. Y se repitió con los tres restantes. Un día los juntó a los cinco y muy enojada les dijo cómo se iba a manejar el negocio en adelante: -¡Aquí nomás robo yo! –bueno…

¿Por qué estamos como estamos?, porque somos como somos… frase ya muy sobada que parece mostrar desprecio por nosotros mismos. No es así, porque habrá quien piense que estamos a todo dar y entonces somos a todo dar; o habrá quien considere que el país debiera estar intubado y de eso resultaría que somos una birria de gente.

Ni una ni otra. Sin recurrir al pospretérito, al ‘debería’ que no se vale porque las cosas son como son y no como alguien suponga debieran ser, hemos de estar conscientes de que nuestro país en 200 años ha conseguido logros que le tomaron dos mil años a Europa, aunque sigamos cargando con problemas muy irritantes por decir lo menos. Y ya en estas, la verdad, la verdad, esto que llamamos México realmente tiene 90 años de haber empezado a funcionar como país.

Otra cosa que tampoco se vale es atribuir el progreso de nuestra nación a su colindancia con los EUA porque en esas, también podríamos decir que lo conseguido ha sido a pesar del vecinito que nos escrituró el Creador.

Como sea, México con todo y los recientes resultados de pena ajena, es una de las 20 principales economías del mundo y no es poco; también tenemos ya casi un siglo de estabilidad política (y respecto de nuestros parientes latinoamericanos, es mucho); y así mismo, es de destacar el crecimiento de la expectativa de vida que en 1930 era de 34 años antes de palmar y al año 2019 llegamos a los 75 cumplidos, que es más del doble, algo habremos hecho bien. Aparte y con todos sus ‘asegunes’, somos parte del principal bloque económico-comercial de planeta.

Nada de lo anterior es para ir al armario por el sombrerote de ‘viva México cab…’, de ninguna manera, porque así, sin ponerse en plan trágico despreciando los logros que tenemos, debemos aceptar nuestros problemas muy serios, muy graves, muy enconados:

La inseguridad pública con su cauda de cadáveres, desaparecidos y desplazados (de los que no se habla, por cierto). La salubridad pública, porque de alguna extraña manera, después de décadas de ininterrumpido avance, ahora vamos para atrás en cuestiones de salud general. La educación pública en la que a pesar de gastar carretadas de dinero, sus resultados son de pena ajena; sume a todo eso la situación límite de 50 o más millones de mexicanos que no comen diario o comen mal siempre, a despecho de las bárbaras cantidades de dinero supuestamente dirigidas a programas sociales contra la pobreza, desde hace más de 30 años.

Si revisa el párrafo anterior, el factor común de todos esos problemas, es que pertenecen a la esfera pública, corresponden a la responsabilidad del gobierno por ley y por ser el que recauda el dinero para atenderlos. No es el ciudadano individualmente considerado el encargado de resolver ninguna de esas grandes cuestiones, no debe ni puede; el ciudadano tiene otra responsabilidad: respetar la ley, lo que incluye pagar impuestos y cumplir la obligación de votar.

Y ahí torció la puerca el rabo: el ciudadano común, el tenochca simplex, respeta la ley pero no toda la ley, cosa que si se quiere es igual entre el resto de nuestros congéneres en el mundo, con una diferencia: en México está mal visto sujetarse a todas las normas legales y al que las brinca impunemente, nadie lo repudia y a veces se le confiere un especial reconocimiento. Lo mismo con los impuestos, que, ya lo hemos dicho antes, el que los paga completos es burla de los demás, cuando no se le reprocha ‘dar dinero a esos ladrones’. Y de votar, hasta pena da comentar el pavoroso caso: vota el 60% o menos de los ciudadanos y lo hace a ciegas, por ‘latida’, por castigar ¡al que se va!, y hasta por chacoteo (caso de estudio: Cuauhtémoc Blanco, gobernador de Morelos).

Lo anterior está directamente relacionado con la calidad de nuestros políticos: no vienen de un país enemigo ni bajan de ovnis, salen de la bonita familia mexicana y cuando acceden a cargos de elección popular no se les aparece la Morenita del Tepeyac y los transforma en esforzados y ejemplares ciudadanos que mañana, tarde, moda y noche, se devanan los sesos pensando en cómo pueden servir mejor a su comunidad. Hay de esos, claro, pero no son muchedumbre.

Plantear posibles soluciones con premisas imposibles, es propio de ilusos. Pensar en que primero debemos tener una base social de ciudadanos calidad exportación, para luego tener gobiernos de presumir, es dejar todo como está y confiar en que en ‘el futuro’, alguien hará algo. No. Es ahora el tiempo de no permitir que el mañana sea un hoy agravado. Las cosas no tienden a enderezarse solas, la entropía enseña que la tendencia del universo es evolucionar a un estado de desorden creciente pero en lo humano es exactamente al revés: la especie toda tiene cerebro, los problemas se van resolviendo y vamos mejorando, revise la historia.

Lo que hoy tenemos es prensa libre, parece mentira pero es nuestra principal fortaleza. También tenemos medios de comunicación imposibles de acotar (las ‘benditas redes’); y órganos autónomos, valiosa herramienta de contrapeso al poder. Junto con estas cosas, tenemos una inagotable capacidad de quejarnos y dar la lata.

El gobierno federal actual no ha podido dar resultados verificables en dos años y por como está organizado en torno a una sola persona, no los dará.

Si solo los que votan se proponen cada uno, convencer a uno más para que también lo haga, este año se acaba el cuento fantástico.

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