El héroe de la película: La Feria

Sr. López

Tía Lola era de las de Toluca, era solterona y desconfiada como perro callejero, cucaracha en la fábrica del Baygón o novicia en un cuartel de la Legión Extranjera. Si le regalaban un pastel lo tiraba a la basura (vaya usted a saber qué le habían puesto); si la invitaban a comer, llegaba comida y no probaba bocado; la leche la hervía tres veces y al cine no iba porque apagaban la luz. Vivía sola. El abuelo Armando, que jamás habló por ventilar la garganta, decía que estaba loca. Era cierto.
A los orgullosos integrantes del peladaje nacional, nos gusta pensar que somos gente alegre, amable, buena para la fiesta y que los extranjeros que nos visitan regresan a sus países pensando en venirse a vivir acá, para usar sombrero de charro, comer diario con tequila, cenar tacos al pastor y levantarse oyendo el son de La Negra. Ha de ser, pero aquí entre nos, los mexicanos antes que todo, somos desconfiados.
Desde antes de la conquista, unas tribus desconfiaban de las otras y todas de los aztecas que eran los peorcitos, como los Zetas de entonces. Luego, en la Colonia, los españoles desconfiaban de los criollos, ambos de los mestizos, todos de los indios -y los indios les correspondían, aunque decían “sí, patroncito”-, y españoles, criollos, mestizos e indios, desconfiaban de los virreyes que a su vez desconfiaban de los burócratas y los militares; aparte, los franciscanos desconfiaban de los jesuitas, los carmelitas de los agustinos y todos de los dominicos que eran la Inquisición. Ya independientes, siguió la desconfianza entre liberales y conservadores, centralistas y federalistas, católicos y masones, monárquicos y republicanos; y en paquete, todos, de los yanquis.
Pacificado el país por obra y fusiles de Porfirio Díaz, aprendimos a desconfiar de la democracia; luego de la Revolución, del PRI, del PAN, de Morena, de las Chivas, de las tarjetas de crédito, del gobierno, los árbitros de futbol y Telcel. Últimamente se ha puesto de moda hacer encuestas sobre la “confianza de los mexicanos en las instituciones”, pero sus resultados son cuestionables: el 95% de los encuestados desconfía del encuestador y le dice lo que supone quiere oír, en tanto que el 5% restante se abstiene de responder por desconfianza (¿para qué quiere este saber qué pienso?).
Octavio Paz en el “Laberinto de la Soledad”, afirma que somos un pueblo que usa máscaras, que somos mentirosos, pero se le escapó que las máscaras se usan por desconfianza y que mentimos en defensa propia. No es lo mismo.
El lema nacional es “camarón que se duerme, se lo lleva la corriente”. El tenochca simplex sabe que debe estar siempre muy a las vivas, sabedor de que nacer en México sin ser de la reducida élite política de turno en el poder grandote o de la de esos que nacen ricos y mueren más ricos, es nacer librado a sus propias fuerzas sin instituciones públicas que aseguren igualdad de oportunidades ni de nada. Por eso en México no se dice pero se sabe que el crimen sí paga… si se tiene padrino político o socio bien conectado.
En los tiempos corrientes, el Presidente proclama insistentemente varias consejas, entre otras: “al margen de la ley, nada; por encima de la ley, nadie”; “por el bien de todos, primero los pobres”; y parece confiar en que la gente le cree, tal vez confundiendo los votos del 2018 a su favor, con una masiva conversión a la nueva fe morenista encarnada en él, salvador-transformador de los gentiles tenochcas, un solo dios en tres poderes distintos, Presidente Ejecutivo, Presidente Legislativo, Presidente Judicial. Y la mayor parte de su tiempo lo invierte en convencernos de que así como “extra ecclesiam nulla salus” (fuera de la iglesia no hay salvación), sin él no tenemos esperanza; por eso exige lealtad ciega, solo él sabe lo que nos conviene.
Olvida el Presidente nuestro natural desconfiar de la autoridad. Olvida que la raza percibe la realidad de una manera que los científicos no han logrado desentrañar, pero que tampoco es tan difícil: la ley no parece alcanzar a ninguno de los suyos, los pobres siguen siendo pobres y son cada vez más. Sí, olvida el Presidente que es difícil tomarle el pelo a un pueblo experto en tomaduras de pelo, como cuando aseguró que “no mentir, no robar y no traicionar ayuda a que no dé coronavirus”… y a él le dio y le dio al otro López, el Gatell, y le ha dado a más de tres millones 150 mil connacionales de los que oficialmente y solo en hospitales de gobierno, ya murieron más de 250 mil, seguramente por mentirosos, ladrones y traidores.
Solo que no hay que confundirnos: que el Presidente pretenda traer comiendo de su mano a casi 130 millones de neo-tenochcas, no significa que él sea ingenuo, es un digno hijo de esta tierra y es el Primer Desconfiado Nacional. A desconfiar nadie le gana. Lo suyo es casi delirio de persecución. Su ansia por concentrar el poder, todo el poder en sus manos, no es tanto por la confianza que le da su propia persona, sino porque tiene un miedo inmenso a la traición. Parece confiar solo en las fuerzas armadas y ni en ellas, que por eso las retaca de dinero, esperando en que por interés no le serán desleales… si supiera: nuestro ejército es leal a secas, sea quien sea el que se aplaste en La Silla.
Ayer ratificó su desconfianza total en todo y todos, al salir al paso a las declaraciones del senador Ricardo Monreal en el sentido de que prepara una iniciativa de reforma electoral. Rapidito atajó: -“La reforma electoral la voy a enviar yo”. A todo dar. Y tal vez la mande con órdenes de que no le quiten ni le pongan una coma… porque no confía en el Legislativo.
Lo que resta de periodo presidencial es de bajadita. Este Presidente igual que todos los anteriores, experimentará la horrorosa disminución paulatina de poder, así haga pataletas o se ponga más berrinchudo. Y va a entender por qué es tan compleja nuestra legislación electoral: no confiamos.
No da gusto ver un sexenio desperdiciado y menos por la trivial obsesión de ser el héroe de la película.

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