El Presidente no habla inglés: La Feria

SR. LÓPEZ

Tía Diana, de las de Autlán de la Grana, batió todos los récords en la familia paterna: se casó cinco veces. No por eso le decían que estaba loca sino porque tres veces se casó con el mismo señor. Ella con su carácter tan bonito y sonrisa de Cinemascope, se defendía: -Más loco él… -y bueno, ni a cuál ir.

A ver, en serio: ¿qué sigue?… sí, qué sigue para México. En lo geopolítico no es difícil predecir que seguiremos siendo satélite de la mayor potencia planetaria o si le descompone la panza decirlo así, pongamos que continuaremos siendo parte del bloque económico más poderoso del mundo (sin ver qué parte). Respecto de lo interno es la pregunta: ¿qué sigue en nuestra risueña patria?

En el año 2000, sin un sombrerazo, el PRI entregó el poder y probamos suerte durante doce años con gobiernos de centro derecha, pero derecha; luego, como borrachito arrepentido (no hay mayor humildad), el país regresó a los brazos del PRI (versión 2.0, porque bajo el mando de Peña Nieto, cambió todo el ‘software’, solo conservó el logotipo).

Si hace memoria, en el 2000, el país experimentó un éxtasis colectivo: ¡había llegado la democracia!, confundiendo una elección con un sistema de gobierno. Para el año 2012, el electorado eligió a Peña Nieto, como diciendo a nuestros políticos que ya habíamos entendido que era chacoteo.

Sin embargo de que el gobierno del neoPRI peñanietista no fue un desastre (su estigmatización es posterior), y que la economía se comportó nada mal -ahora lo sabemos-, en las elecciones del 2018 ganó limpiecito y por mucho, el actual Presidente que en serio, parece poco probable que haya resultado elegido (a este menda ni lo vean), porque el dignísimo tenochca simplex estuviera harto de la corrupción, que la verdad, la verdad, siempre ha estado presente en nuestros gobiernos, desde cuando éramos Nueva España; ni tampoco porque elector nacional en reuniones familiares, de barrio, bares y cantinas, haya concluido que era conveniente probar con un sistema político de centro-izquierda.

Tal vez el triunfo de Andrés Manuel López Obrador resulte de la suma de varios factores: la inseguridad pública; la masa de miserables y pobres; la frustración por la tardanza en ver a lo vivo los supuestos beneficios del modelo económico; y también, puede ser, por la decepción provocada ante la inexistente diferencia entre los gobiernos del PAN y del PRI; eso puede ser, sin descartar que bien pudiera tratarse de que ya probados los tamales de verde y los rojos, pues pedimos de dulce, a ver qué tal. Y ¿saben qué?… ni están dulces.

Por eso la pregunta de arriba: ¿qué sigue?, pues queda en espejismo eso de que hay una corriente nacional transformadora, siendo hora que ni siquiera sabemos en qué consiste esa ‘transformación’ y cada vez se percibe que viene a ser lo que vaya diciendo el dedito presidencial (‘mobile, qual piuma al vento’); y la sonora afirmación del Ejecutivo de que estamos en una ‘revolución’, es un mal chiste porque la estructura esencial del Estado en lo político y socioeconómico, es idéntica antes que ahora, programas sociales incluidos, y la manifiesta militarización del presente gobierno, es una involución, un retroceso al priismo de los años 30 del siglo pasado, cuando el cuarto sector del partidazo era ese, el militar. Y todo esto anuncia que el sexenio se agotará en sí mismo, no solo porque la vuelta al pasado es sueño hasta en el bolero más cursi, sino porque es imposible regresar al país de un solo hombre, un solo partido, un solo camino, como prueba el pronto surgimiento de una robusta crítica y el nacimiento de grupos de oposición, no solo de parte de casi la mitad de los gobernadores, sino del empresariado. ¿Qué sigue?

Habrá quien piense que lo más probable es que Andrés Manuel López Obrador seguirá después del año 2024… como líder político-moral del país, no de Presidente, no se asuste. Eso es tan posible como la canonización de Marcial Maciel o que Joe Biden venga a México a pedirnos el reconocimiento. México no es Argentina, país de lealtad política de larga duración (el peronismo sobrevive desde 1945, a pesar de los pesares); en nuestro país, la política nacional es como Saturno, el dios que devoraba a sus hijos, gracias a la definitiva muerte política que significa para los presidentes la no reelección instalada después de la Revolución. Si Morena ganara todo, igual López Obrador pierde todo.

Y eso de que Morena gane todo es un poco atrevido pues Morena, antes, tendría que ser partido político y no el muégano de tribus-gourmet especializada en platillos caníbales. Se van a aniquilar entre ellos.

Así las cosas, en el ocaso del PRI, el estado terminal del PRD y Acción Nacional apenas recomponiéndose para recuperar su respetabilidad de origen, es muy probable que en las elecciones intermedias del 2021 veamos alianzas de temporal, pasajeras, que no sirven para definir el rumbo nacional. Para el 2024, alguna alianza sorpresa puede venir del lado de los nuevos partidos, pero de todos esos, el único creíblemente viable es RSP (Redes Sociales Progresistas), que más pronto que tarde aglutinará a la principal fuerza sindical del país, el SNTE, con más de un millón de agremiados, que aun siendo lo que es tampoco alcanza para encausar a México en su próximo futuro pero puede ser el indispensable fiel de la balanza.

Todo esto sabe el Presidente, por eso le preocupa el activismo político de una parte no desdeñable del empresariado nacional; por eso se empeña en atacarlos, intuye que ese es el verdadero enemigo con posibilidades de construir un aparato electoralmente eficaz. Se dice que el movimiento Sí por México, cuenta con el apoyo de más de 100 organizaciones empresariales y 380 Organizaciones de la Sociedad Civil, lo que puede ser o no cierto, pero ya se les unieron el PRI, el PAN y el PRD. Y hasta así no les sería fácil competir contra el poder que significa la presidencia de la república, a menos que hablen inglés… y el Presidente no habla inglés.

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