El secreto mortal de Germanwings

Las catástrofes aéreas tienen algo que captura nuestra atención, nuestra imaginación. Si bien volar sigue siendo la manera más segura de transportarse y las cifras trágicas de cualquier percance aéreo son menores por mucho a las de una catástrofe natural de esas que vemos de paso en los noticieros cotidianamente, algo hay que las hace irresistibles para los medios de comunicación y, sobra decirlo, para sus audiencias.
La caída del vuelo de Germanwings adquirió un tinte todavía más dramático cuando se supo que de acuerdo al fiscal francés a cargo de la investigación, el copiloto habría iniciado voluntariamente el descenso del avión a la vez que impedía el reingreso del piloto a la cabina. Súbitamente, lo que todos creían había sido un terrible accidente se convirtió en una historia de horror y de misterio. Un acto criminal, cometido con deliberación y sangre fría y, para añadir al misterio, sin motivo aparente.
El paso de los días nos ha permitido vislumbrar varios aspectos de la tragedia de Germanwings y al mismo tiempo reflexionar no sólo acerca de las causas inmediatas, sino sobre algunos puntos que van mucho más al trasfondo de las cosas. Intentaré aquí enfocarme más en el fondo y menos en lo circunstancial, que ya ha sido ampliamente cubierto por los medios.
Cuando conocí la noticia inicial acerca del copiloto encerrándose en la cabina, no pude dejar de pensar en que, desde donde se encuentre, Osama bin Laden tuvo una ultima, póstuma victoria. Y es que la regla que obligó a las líneas aéreas a reforzar las puertas para impedir el acceso desde fuera de la cabina fue resultado directo de los atentados del 11 de septiembre de 2001. Como toda medida de seguridad tomada reactivamente y bajo presión, esta no contempló las posibles consecuencias negativas: nadie pensó en la posibilidad de que el peligro proviniera de dentro, y no de afuera de la cabina de pilotos. Por si fuera eso poco, nunca uniformaron la regla acerca de que siempre debieran estar dos personas dentro de la cabina: se aplicaba en EU, pero no en Europa.
Un segundo asunto es el del derecho a la privacidad y la secrecía cuando se trata del estado de salud físico y mental de los pilotos. Entiendo la reacción inmediata y defensiva de asociaciones y sindicatos de aviación, pero es innegable que, de haber conocido Lufthansa, matriz de Germanwings, la verdad acerca del estado de salud del copiloto, esta tragedia se habría evitado.
Otro tema, que nos incumbe como personas y como sociedad, es el de la estigmatización de las enfermedades mentales. Sin entrar en el torbellino de especulaciones acerca del estado mental y anímico del copiloto, me atrevo a decir que si el costo de “salir del clóset” de las enfermedades mentales no fuera tan enorme y desproporcionadamente alto, tal vez hoy no estaríamos inmersos en la discusión de este drama humano.
Mientras la sociedad siga ignorando deliberadamente a los millones de individuos que sufren de algún imbalance mental o emocional, etiquetándolos o excluyéndolos, veremos cada vez más tragedias como la que hoy lamentan los familiares y amigos de los pasajeros del malhadado vuelo de Germanwings.
La estigmatización de las enfermedades mentales es uno de los grandes pecados de las sociedades contemporáneas. Provoca discriminación y maltrato, pero también evita que muchos pidan ayuda profesional, que se traten y mediquen y se ayuden a superarlas. Terrible paradoja que los adelantos médicos no estén correspondidos por avances en la comprensión humana.
A fin de cuentas, en el fatídico vuelo viajaba un secreto, el del copiloto. Ese fue el secreto que mató a 150 personas.

Por Gabriel Guerra Castellanos
Analista político y comunicador.
EL UNIVERSAL

Twitter: @gabrielguerrac
www.gabrielguerracastellanos.com

 

1 comment

  1. Josue adan

    ¿No es extraño que a un año de terminarse los 25 años vida de servicio de este tipo de avion ocurriera este accidente?.Que casualidad.

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