El valor del silencio: La Feria

SR. LÓPEZ

Contaba la abuela Elena -la de Autlán, lado paterno de este menda-, que una prima suya, Teodora, fue siempre “gustona” y que desde poquito más que niña empezó a “dar lata”. Y mucha dio. A pesar de que todo el pueblo sabía lo “inquieta” que era, se casó con un lugareño, enamorado suyo que a pesar del extenso currículum (de ella) la correteó-cortejó durante años, y pocos meses después fue a regresarla a su casa (así se acostumbraba en esos tiempos cuando en la noche de bodas, la realidad contradecía la “virtud” de la doncella), pero el papá de la nada flamante damita, lo mandó a volar: -Aunque bien sabías qué te llevabas, te la hubiera recibido la primera noche, ahora ya no… ahora te aguantas –y se aguantó, decía sonriendo la abuela.

El pregón de nuestro actual Presidente, durante su larga (larguísima) campaña en pos de La Silla, fue la lucha contra la corrupción, a la que atribuye los males de La Patria. El 20 de noviembre de 2018, dijo: “El 1° de diciembre termina la historia trágica de corrupción e impunidad; inicia una nueva etapa sin perdón para corruptos”. ¡Oleeé, oleeé, oleeé, oleeé, AMLOOO, AMLOOO!

Lo dijo mucho; el 1 de septiembre del año pasado, afirmó: “la corrupción en México es el origen de la crisis del país (…)”. Y el 29 de septiembre de este 2021, aseguró en su madrugadora: “La corrupción es lo que más ha dañado a México”.

Así, es indiscutible que quien fue candidato y hoy es titular del Ejecutivo federal, no asumió el cargo vendado de ojos, sino consciente de que recibía un gobierno carcomido por la corrupción y tal vez hasta exageró la propagación de ese mal pues con todos sus defectos, la maquinaria gubernamental funcionaba -menos bien de lo deseable, menos mal de lo dicho-, y daba resultados que él calificaba como raquíticos y hoy se ven como inalcanzables (caso de estudio: el crecimiento económico que con los renegridos neoliberales, era del 2% promedio anual y el de 2019, antes de la pandemia, ya en tiempos del México en transformación, decreció al -0.1%… la peor caída en una década; y pensar que pedía a Peña Nieto y Videgaray, renunciar por sus magros resultados, ¡ah! la vida castiga sin palo y sin cuarta).

Como sea, durante los largos años que aspiró a ser Presidente de la república no se cansó de señalar casos de corrupción y hasta daba detalles, como hizo con Manuel Bartlett, alguna de cuyas travesuras contó en 1995 en su libro ‘Entre la historia y la Esperanza’, antes de que don Eléctrico se redimiera en las aguas bautismales de la 4T y se incorporara al gobierno de su hoy redentor.

Ya Presidente, el 28 de octubre de 2019, declaró: “imagínense lo importante de que podamos decir que la 4t acabó con la corrupción (…) Ese es el propósito y lo vamos a lograr. Esto va a permitir el renacimiento de México”.

Luego, menos de un mes después, su prédica contra la pudrición que tiene en fermentación la vida pública nacional, parecía haber llegado a su fin cuando nos hizo saber el 18 de noviembre de ese su primer año de gobierno, 2019: “(…) ya se acabó la corrupción y el bandidaje oficial (…)”. Y no echaron al vuelo las campanas de catedral, de veras, ¡cuánta incomprensión!

Dos días después, en su nueva obra “Hacia una economía moral”, en circulación desde el 20 de noviembre de 2019, presentó un repaso de la corrupción en el país y no se anduvo con chiquitas, comienza su relato de raterías con Hernán Cortés y se sigue de frente hasta nuestros días, con la única excepción, según él, del pulcro liberalismo del siglo XIX (cosa muy de dudarse si se revisan las maromas que con el erario hizo don Benito Juárez, al que le gustaba la buena vida, la muy buena vida). Da lo mismo.

Ya más para acá, el 1 de septiembre de 2020, anunció: “El principal legado de la actual administración será la purificación de la vida pública del país”. Verdad de Dios, hasta se emociona uno.

Y como está en todo y no se le va una, el Presidente volvió a insistir tan cerca como el 20 de octubre pasado: “La corrupción que imperaba en México, se acabó (…) puedo garantizar que ya no hay corrupción”. ¡Hosanna… bendito es el que viene en nombre de la Transformación!

Pero… el tenochca simplex, sabe que no es así. Y no solo los que somos del peladaje lo sabemos, también lo saben los gobiernos de otros países y organizaciones internacionales dedicadas al tema, como la claridosa y metiche The World Justice Project, que el 18 de octubre pasado, dos días antes de la garantía presidencial de que el país ya está más limpio que un pañalito del Niño Jesús, publicó que México es el quinto peor país en corrupción y menor estado de derecho del mundo y solo nos ganan a podridos Uganda, Camerún, Camboya y la República Democrática del Congo lo que con todo respeto por esas naciones, es de arder la cara de vergüenza.

Pero nada desalienta a nuestro Presidente: se presentará ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, en Nueva York, el próximo día 9 y él mismo informó: “(…) voy a hablar de lo que considero el principal problema del mundo, la corrupción que produce desigualdad”.

Ante este desolador panorama, una de dos: o el Presidente está mal informado y su gabinete lo mantiene engañado; o el Presidente nos mal informa para mantenernos engañados. Y ahora va a la ONU a convencer al mundo. No está fácil.

Supongamos a su favor, que lo engañan. Es tan grande el gobierno que es imposible que esté en todo, que de todo tenga detalles. Correcto. Pero es imposible suponer que haya sufrido un ataque de amnesia y haya olvidado todos los casos de corrupción de que habló durante años. Él sabe eso y nada ha hecho para aplicar la ley a la larga lista de corruptos que fueron sus alimañas preferidas, sabandijas que según él tanto daño hicieron a México… y ni el caso Lozoya abona a su favor, eso empezó en enero de 2017, tiempos de Peña Nieto.

No haber actuado en tres años de gobierno, roza en complicidad por omisión con los corruptos que antes señalaba y no eran de él pero ahora son suyos. ¡Ah! el valor del silencio.

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