Encantador de serpientes: La Feria

SR. LÓPEZ

Tía Norma, de las de Autlán de la Grana, Jalisco, se divorció del primer marido porque era un macho de diccionario enciclopédico; dejó al segundo porque le salió mandón e insoportablemente celoso; al tercero, porque era tanta su mala suerte, que le salió como sumados los dos primeros. Ya anunciada su cuarta boda, la abuela Elena le mandó llamar y le dijo: -No tienes mala pata, tú te los buscas así, así te gustan… con este nomás júntate, total, te ahorras trámites –y sí, la familia le dejó de llevar la cuenta en el noveno.

Ignora este menda si sucede en todo el mundo, pero en Latinoamérica pasa: tenemos una fe inamovible en el ‘hombre fuerte’, el líder carismático, a cuyas manos confiamos el destino de nuestras naciones.

Más parece que esa fe es una rara sumisión masiva, que no asume su naturaleza real de irresponsabilidad colectiva, tal vez por pudor de aceptarnos perpetuos menores de edad o peor aún: inferiores, incapaces.

Sea lo que sea, la historia de nuestro subcontinente apunta a que creemos en los mesías salvadores de pueblos, y lo sepamos o no, asumimos la actitud de súbditos que carecen de responsabilidad social y lejos de delegar, entregamos nuestra soberanía ciudadana a figuras redentoras que concentran el poder a fin de garantizar la solución de las cuestiones nacionales.

Si duda, repase un poco: para empezar con fanfarrias, el paradigmático argentino Juan Domingo Perón (1946-1955 y 1973-1974), cuyo partido, el Justicialista, continúa en el escenario político de ese país; en Brasil, Getulio Vargas (1951-1954) y João Goulart (1961-1964); en Ecuador, José María Velasco Ibarra (1952-1956); en Perú, Fernando Belaúnde Terry (1963-1968) y Juan Velasco Alvarado (1968-1975); en Colombia, Alberto Lleras Camargo (1958-1962); en Venezuela, Carlos Andrés Pérez (1974-1979); en la Dominicana Joaquín Balaguer (1966-1978); en Chile, Carlos Ibáñez del Campo (1952-1958); y en México, el viejo PRI institucionalizó un raro paternalismo que cultivó con primor la anemia democrática nacional y aparte, nos puso a  Luis Echeverría (1970-1976), populista de tomo y lomo, último Presidente imperial, que arruinó la economía nacional.

Por si piensa usted que eso ya pasó, tenga presentes a otros: en Argentina, Carlos Saúl Menem (1989-1999); en Perú, Alberto Fujimori (1990-2000); en Venezuela, Hugo Chávez (1999-2013), y Nicolás Maduro (en funciones desde 2013); en Bolivia Evo Morales (2006-2019); en Argentina, Néstor Kirchner (2003-2007) y Cristina Kirchner (2007-2015); en Perú a  Alan García (1985-1990 y 2006-2011); en Nicaragua a Daniel Ortega (1985-1990 y de 2007 a la fecha).

Capítulo aparte merecen, primero, el caso cubano con los hermanitos Castro, tan gentil la parejita de dictadores con un florilegio de crímenes inmenso; y segundo, el primerísimo actor José Mujica de Uruguay (2010-2015), al que tocó en suerte una enorme subida de precio de las exportaciones de su país, gracias a la cual dispuso de más recursos que ninguno de sus antecesores y dedicó el 75.5% del presupuesto nacional a ‘gasto social’, para entregar el poder dejando las finanzas públicas de su país en entredicho, aunque, claro, don Pepe pedía que no se midiera con vara ‘economicista’ su ejercicio del poder que se propuso transformar profundamente a su país y su gobierno; pero el numerito que tiene muy bien puesto y cautiva a no pocos, es su prédica contra el consumismo que avala con su vida austera (y de su pasado como guerrillero Tupamaro, no dice nada su texto servidor, que pagó la cuenta con largos años de cárcel, muy dura, por cierto).

Como verá, no pocos de la lista no exhaustiva, han sido dictadores y su común denominador es el populismo. Son demasiados como para pensar que todo Latinoamérica tiene mala suerte. Nuestros pueblos padecen de algo que ya nos dirán los sociólogos o entomólogos.

Sirva esa relación de políticos de tan alto costo para sus naciones, en no pocos casos muy venerados por sus ciudadanos, para ver menos extraña la popularidad de nuestro actual Presidente. Sirva esa relación para estar alertas. La flaca memoria colectiva abona a favor de los autodesignados redentores patrios, en cualquiera de sus presentaciones: de populistas de suaves palabras y férreas decisiones a descarados dictadores. Y conviene a todos asumir que no es un misterio cómo se evita un país, cualquier país, que se le monte nadie en los lomos: el respeto a la ley… en cuanto quien preside el gobierno necesita cambiar las leyes para poder gobernar, algo anda mal (ya queda en manos de los sabios del Derecho, estudiar si conviene o no, que los cambios legales o cuando menos los constitucionales, nunca sean válidos para el gobierno que los propone… estaría bueno: buscaron la presidencia con un marco legal, que se sujeten a él).

Lo mero bueno apenas va a empezar en México. Ya es evidente que al Presidente le entraron las prisas. Ha quemado dos años de su periodo de cinco años y 10 meses, con pocos cambios de fondo en la estructura del gobierno federal y nulos resultados en su gesta favorita: la lucha contra la corrupción.

Así como era imposible prever la pandemia del Covid-19, también era inconcebible para él, la alianza opositora de partidos y de diez gobernadores (que son 15, aunque los otros cinco sean más discretos).

La pandemia se ha manejado con criterios de política. Mal. Ni modo. Ya tenemos más de un millón 250 mil enfermos y cerca de 115 mil difuntos. La esperanza del gobierno federal es que la vacuna nos aplaque a los del peladaje para cuando sean las elecciones de 2021, eso es una quimera, no les alcanza el tiempo, todo el año próximo se va en vacunar a la población, si todo sale bien.

Y para acabarla de amolar: para la alianza de partidos y gobernadores no hay vacuna, con el agravante de que para dar resultados palpables, es tarde, aunque manden a la Fuerza Aérea a recorrer el territorio nacional en vuelos rasantes aventando dinero. La realidad es el más temido enemigo de cualquier encantador de serpientes.

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