¡Esos son huevos! : La Feria

Sr. López

Tía Flor dejó a su marido, tío Chelo, porque dejó de engañarla, esto es, de decirle mentiras para cubrir sus engaños. Platicando con la madre de este menda -que sí tuvo- decía: -Imagínate qué falta de respeto… ¡decirme la verdad! -y doña Yola con un movimiento reprobatorio de la cabeza y apretando la boca como cuando se enojaba mucho, mostraba su indignación. Niño entonces, su texto servidor sintió cómo que le chisporroteaban las neuronas; ya más grande medio entendió y ahora mucho más grande, comprende, porque en nuestro país, decir la verdad es una gran majadería, salvo excepciones… y en cosas leves.

La mentira en México es el cementante de la vida social, política, electoral, religiosa, económica, científica, educativa, cultural, deportiva, agraria, sindical, jurídica y sexual. Empezando por nuestra historia, que está escrita con mayor ingenio que Cervantes en su Hidalgo don Quijote. La mentira es un componente natural de la vida nacional. México se evaporaría como Hiroshima y Nagasaki, si hubiera una epidemia de veracidad incontenible que durara, digamos, unas 24 horas.

Si no es usted impresionable, imagine Un Día Sin Mentiras (saldría una película cómica sensacional): el Presidente al inaugurar un hospital, diciendo que esa obra, la verdad, es la tercera vez que se inaugura y ni está terminada, pero que le da mucho gusto que su compadre el Panzón (sería el Gobernador o el Secretario del ramo), se haya ganado una buena lana; o que en la ceremonia de entrega de una tanda de credenciales del Insabi, declarara: “No sean tarugos, que antes los atendían los hospitales públicos sin credencial y ahora ni con credencial”, nomás imagine. O que un Obispo, usted elija, soltara en una conferencia de prensa: “El Marcial Maciel siempre fue maricón, pero qué le va uno a hacer… ¡con el dineral de los Ávila Camacho que manejaba!”; o a los líderes de los partidos políticos aceptando candorosamente que el presupuesto de los partidos no es para andarlo malgastando en campañas: “El que quiera ser candidato que se pague su capricho”. O al expresidente Calderón escribiendo en sus memorias que no tuvo nunca la menor idea de quién ganó la elección de 2006. Y ya en estas, al Chapo dejándose contratar en Hollywood como asesor interno (porque está preso), de una película sobre su vida, titulada: “Los de arriba, una historia de éxito”.

Imagine al Secretario de Hacienda confesando que la verdad, la verdad, no sabe la cifra precisa de cuánto se recauda de impuestos, ni cuánto se evade, ni cuánto se roban sus subordinados, ni cuánto dinero imprime la casa de moneda, ni cuál es realmente el índice inflacionario, ni para cuánto alcanza el salario mínimo (que no sabe, delo por hecho).

Piense en qué pasaría si los generales con mando de tropa, los jefes de zona, hicieran una subasta pública, transmitida por televisión, pasando en “power point” (antes: transparencias), un mapa nacional con la ubicación de plantíos, pistas de aterrizaje, bodegas, laboratorios y rutas de trasiego de drogas, diciendo cosas como: “Lote 3,776: bodega con oficinas, techada, 12 mil metros cuadrados, patio de maniobras, agua, luz trifásica, teléfono, caseta velador, ubicada en las calles de tal y tal, sin goteras; junto a la playa, ideal para metanfetaminas; protección mensual: 50 mil dólares; informes con el Teniente Pérez, punto de guardia, kilómetro 11 de la carretera estatal; pago mediante transferencia electrónica, ocupación inmediata”. ¡Lindo!

O en los efectos que tendría una entrevista en la televisión de Mario Delgado, presidente nacional de Morena, dando detalles del ‘Operativo Ratificación de Mandato’ y contando anécdotas del movimiento nacional de mapaches del fin de semana pasado.

Nomás calcule lo divertida que sería una salida colectiva del clóset de políticos, políticas, militares y obispones vestidos de avispitas, al grito de “¡sí y qué!”

No todo son cosas de los personajes públicos. La mentira alcanza todo nuestro modo de ser: en México no hay discriminación… no, para nada, nunca. Todos somos iguales ante la ley… sí, por supuesto. Queremos mucho a los indios… pero-claro-que-sí. Somos muy hospitalarios (pregúntenle a los migrantes centroamericanos, a los gachupines, a los judíos, los árabes, los gitanos y a los chinos… ¡los chinos!).

En este nuestro universo de mentira y falacia, el mexicano en la cama, es más rendidor que un tractor agrícola; la mexicana es lo que usted quiera, pero la madre de cada uno es dechado de virtudes, vida, dulzura y esperanza nuestra; y las demás, todas, en cuanto son madres son sagradas (ajá), y los hijos también (¡claro!). La gran familia mexicana, envidia mundial.

Y esto encaja bien con nuestra idea de que somos los más ingeniosos del planeta: con un alambrito arreglamos el trasbordador espacial; inventamos el juicio de amparo (claro, por supuesto, y los procesos forales de Pedro III de Aragón en 1348, eran un juego de mesa… ¡carajo!). Somos federalistas. Al pulque le falta un grado para ser filete. Con los aztecas la gente vivía mejor que un ratón en quesería. ¡Ah! y Nezahualcóyotl escribía poesías (con pictogramas y jeroglíficos, digo, rimaba porque rimaba).

¿Cómo son nuestros políticos?… pues mentirosos (aplican restricciones), y si nos dijeran la verdad, a lo pelón, los anduviéramos linchando. Por eso es tan respetado el Instituto Federal de Acceso a la Información Pública, benéfica institución al servicio del humorismo nacional.

Lástima que en otros países, como los EU, no se rinde culto a la mentira, y se procura que coincida lo que se dice o se firma con lo que se hace, ya se va a enterar el Presidente cuando empiecen los paneles de controversia del T-MEC. Ni modo.

Y mientras, nosotros sigamos con nuestros autoengaños, sí, nuestras artesanías las quieren copiar los de Swarovski; todos nuestros bailes típicos son muy divertidos; nuestra cocina, la envidia el planeta entero y la Tour d’Argent quiere conseguir la receta de los huevos motuleños, porque ¡esos son huevos!

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