Espantosa realidad: La Feria

SR. LÓPEZ

Tía Rita (Margarita), prima hermana de la abuela Elena, vivía en Autlán y con su mamá fue a Guadalajara a comprar su ajuar de novia. Un petimetre la vio y por razones respaldadas por porte y rostro, quedó prendado. El figurín urbano la requebró a sol y a sombra, y la siguió hasta Autlán. Ella se casó y el caballerete se las ingeniaba para entregarle papelitos con poesías y hacerse el encontradizo. No cesó de buscarla ni por los tres hijos que tuvo. Ella enviudó por un asunto de tierras que no viene al caso detallar y el otro arreció su asedio. Nada le valió. Ella guardó luto un año y rapidito se volvió a casar, sin que su enamorado tapatío dejara de cortejarla con la discreción que el instinto de sobrevivencia imponía. Tía Rita tuvo otros dos hijos de su segundo marido y por cuestiones ajenas a esto, se separó de él. Siguió sin hacer caso al entercado doncel al que nada amilanaba. Rita, sin trámites civiles ni religiosos, tuvo dos hijos más de un matrero muy del gusto de ella, al que un día nomás dejó. Y tanto va el cántaro al pozo que el citadino aquél, logró su afán y tía Rita lo aceptó y con él y sus hijos, se fue a Guadalajara de donde regresó a los dos meses: -Tanto moler y resultó que es pura hablada y nada cumplidor –decía la abuela que ella explicaba al referirse al galán aquél. Cosas de la vida.

Solo, inmensamente solo, rodeado por monigotes enmudecidos, por complacientes secuaces, por atemorizados busca chambas, por socarrones traficantes del poder y sí, también por sinceros admiradores, nuestro Presidente está solo, como le gusta y por cómo es: dueño único de la verdad, sacerdote supremo del culto a sí mismo, que sin advertirlo sustituye el razonamiento con pertinacia y transforma la ignorancia en convicción. Su principal empeño es conservar y si se puede, aumentar su popularidad, tosco sustituto de la autenticidad, embriagado por el ansia de quedar en la historia sin percatarse que en ella inevitablemente está y no por buenas razones.

Cazurro, intuitivo, percibe bien a la masa, sabe decirle lo que quiere oír, sabe aparentar lo que quiere ver la muchedumbre. Perteneciente a la medianía general, no requiere de discurso con contenido, sabe que basta decir a cada quién lo que le acomoda, le consta la eficacia de ello: consiguió la presidencia de la república. Y como todo limitado, se afianza en su método, no cambia, es el mismo de opositor que de titular del Ejecutivo, y sigue en campaña, convencido de que si repite diario seis años las mismas frases, acabarán siendo verdad sin imaginar que va por la senda de la caricatura de sí mismo, ni que lo acecha un enemigo invencible, él mismo.

La mentira es parte de su naturaleza, consecuencia inevitable de su permanente urgencia de sostener sus previos engaños; su tosco seso lo ata a símbolos y figuras; se aferra a sus elementales conocimientos de la versión más simple de los anales patrios, convencido de que su burda parodia de héroes y próceres lo iguala a ellos y valida sus dañinas decisiones populachero-personales, ilegítimas, ilícitas, usando a la gente como coartada mediante el remedo de consultas populares, descaradamente amañadas, anticipo de la autocracia sancionada con la nunca democrática mano alzada de la chusma delirante, esa sí feliz, feliz, feliz por el inicuo placer de tomar desquite contra los que la ofenden solo por su mejor condición.

Y habla, el Presidente habla sin parar, empeñado en llenar con palabrería el vacío de acciones en que está pasmado su gobierno, y disfruta siempre sonriente, la parranda del poder, la ebriedad de oírse y hacerse oír, seguro de conseguir a fuerza de garganta llegar al final de su periodo entre aclamaciones y quedar en la memoria de la nación como lo que él sabe que no es.

¡Ah, nuestro Presidente!, a fuerza de engañar se engaña y no percibe sus deslices, sus actos fallidos, la confesión de sus temores en sus no pedidas y sorprendentes declaraciones de valentía, la impúdica aceptación de sus cobardías al ceder y doblegarse a las demandas del gobierno de los EUA, ajustando a los intereses de la Casa Blanca los términos del tratado de libre comercio de Norteamérica ya negociado y formalizado, adoptando la política migratoria personal de Donald Trump y también en lo interior, acordando con los sindicatos violentos, torciendo la procuración de justicia y en el exceso, liberando a un destacado narcotraficante detenido. Solo su miedo es comparable a su soberbia. Teme todo aquello que pueda exhibir que su fortaleza es de cartón piedra, lo asustan los que sabe no puede engañar, intelectuales, líderes o madres de niños con cáncer, mujeres golpeadas y desamparadas por él, los LeBaron o Javier Sicilia, de ahí su renuencia a recibirlos, haciendo como su innombrable: ni los ve ni los oye.

Entre sus principales terrores, las fuerzas armadas. Taimado, astuto, en poco advirtió que con esos señores no se juega, que su obediencia es institucional, nunca a la persona siempre a la patria y su Comandante Supremo, en tanto se sujete a la ley, quien sea, nunca dispuestos a validar con su prestigio los tropiezos de un simulador.

Por eso el incremento de presupuesto oficial y de recursos informales a las secretarías de Defensa y Marina Armada. Por eso su entrega al ejército de tantas tareas que le son ajenas, volviéndolo el principal constructor del país, dueño del aeropuerto de Santa Lucía, administrador de aduanas y policía nacional, confiando en dos cosas: las fuerzas armadas cumplen y con tantita suerte se corromperán al grado de acabar siendo dóciles al dador de toda gracia y gran fortuna. Mal asunto.

La realidad no admite retórica: su partido y la 4T, no cuajaron; su gobierno es un despelote, la  pandemia lo rebasó, agravó la crisis económica, la educación se terminó de descoyuntar… y él solo tiene cabeza para las elecciones de 2021 y evadir la consulta de revocación de mandato. Señor Presidente, se equivocó de país y nada borrará sus actos. Bienvenido a su espantosa realidad.

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