Fieles y leales: La Feria

Sr. López

Tía Jose (así dicho, “Jóse”, que se llamaba Josefina), oficialmente era la mujer más feliz de la tierra, aunque siempre traía ojeras de plañidera. Su marido, tío Agustín, era “maaa-raaa-viii-llooo-sooo” (así decía la tía, alargando las sílabas); su hija, Silvita, su hija, era “maaa-raaa-viii-llooo-saaa”; y de su hijo mayor, el primo Pepe, el más impresentable primo que tenerse pueda, nomás decía que era “un buen muchacho”. La verdad es que el tío diario se ponía unas horribles borracheras de buró; Silvita era un vinagrillo, a la que lo mejor era no dirigirle la palabra; y Pepe, bueno, ¡Pepe! Pero igual y todo, tía Jose era oficialmente la mujer más feliz de la tierra, viviendo hasta el fin de sus días en su mundo de fantasía, con las ojeras cada día más negras y más hundidas.
En tiempos del esplendor del pricámbrico clásico, digamos entre 1924 y 1976 -de inicios del periodo de Plutarco Elías Calles a fines del sexenio de Luis Echeverría-, el gobierno actuaba bajo el manto protector de la más absoluta secresía y la desinformación era la norma; nadie se enteraban de nada que no permitiera el gobierno que se supiera. Si los gobernantes de aquellos ayeres no abusaron más de los privilegios del poder fue porque no les dio la gana y a la vista de los desfiguros actuales, esos políticos hoy recibirían medalla, diploma y banda de honor.
De a poquitos y con no pocos trabajos y riesgos, la cosa fue cambiando hasta llegar a la situación actual en la que mucho de lo que sucede dentro de los muros de las instancias de gobierno se sabe, a veces casi en tiempo real. No es que se sepa todo, pero sí lo suficiente para hacer más y más difícil el juego de espejos y engaños de las autoridades, con un añadido: ahora cualquiera con teléfono celular, es reportero-investigador y medio de comunicación masiva; lo de las redes digitales es incontrolable.
Así las cosas, algunos gobernantes procuran ser prudentes (y hasta tratan de portarse bien), pero hay otros a los que su apasionado amor por sí mismos, les impide toda mesura, dominados por el ansia de ser venerados o al menos, admirados por las masas; se les etiqueta de populistas pero habitualmente se trata solo de grandes egoístas, cuando no enfermos de narcisismo que se distinguen con toda facilidad: hablan incansablemente de ellos mismos y sus logros, aunque sean patrañas, lo que aumenta la de por sí difícil tarea de gobernar, porque sostener mentiras es infinitamente más difícil que decir, aceptar o afrontar verdades, por incómodas que puedan ser.
El gobierno federal tiene todo su aparato de propaganda en un solo hombre, el Presidente, quien ante la terquedad de los hechos que constituyen la realidad dura y pura, parece confiar en que sosteniendo sus dichos basta para que la gente común no se entere de la alarmante distancia creciente entre el discurso oficial y la realidad… y sí, hay un buen número de cándidas almas buenas que le creen, pero es tal la suma de pifias y errores de la presente administración federal que cada vez es más difícil ocultar que hay una vaca echada en la sala de la casa.
Dejemos en paz el asunto de la desaparición de la corrupción que pregona el Ejecutivo; ya vendrán los tiempos postpresidencia en los que saldrán a flote algunos de sus desechos sólidos y será innegable su hedor. Veamos así sea a volapié lo tocante al lema “primero los pobres”:
El gasto en programas sociales de la 4T en estos primeros tres años, con las cifras que reporta el propio gobierno, es inferior a lo que se ejerció en los mismos primeros tres años del gobierno anterior (si le interesan detalles bien explicados, le recomiendo lea “Los mitos de la política social de la 4T”, de Máximo Ernesto Jaramillo-Molina, del 29 de julio pasado, en la revista Nexos; https://economia.nexos.com.mx/los-mitos-de-la-politica-social-de-la-4t/
Para este año y si de verdad se entrega a cada beneficiario lo que se pregona, se igualará el nivel de apoyo social de 2015. Seis años para atrás.
Los datos de la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (ENIGH) 2020, son demoledores, de su lectura se concluye el programa Prospera, eliminado en 2019, alcanzaba al 18 % de los hogares, ningún programa social de la 4T, lo iguala: la pensión de adultos mayores en 2020 llega al 15% de los hogares; la Beca Benito Juárez para educación básica y media superior, al 6 %; los demás programas que señala el Inegi no llegan a más del 2 % de los hogares.
Sin tanto número: de acuerdo con el Informe de Medición de la Pobreza 2020 del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social, tenemos hoy más pobres que en toda la historia del país: 55.7 millones, 43.9% de la población, 2% más que al inicio del sexenio… 300 mil millones de pesos después, gastados en los programas sociales. Una de dos: o sí se están tirando millonadas, pero no llegan a los beneficiarios (a pesar de que ya no hay “intermediarios”); o todo es cuento. Usted escoja.
Por supuesto el gobierno puede alegar que fue el trancazo de la pandemia lo que vino a fastidiar el verso. Sí, pero porque el Presidente no aplicó ningún programa de apoyo de emergencia, dejó que las medianas y pequeñas empresas quebraran, que la gente perdiera su empleo, que se endeudara, mientras el gobierno se aferró a no contratar deuda ni incrementar el gasto público, respetando a pie juntillas los dictados del Consenso de Washington, orgullo de los gobiernos neoliberales.
Esta tragedia de pobreza creciente obliga a preguntar en qué se gastó la 4T el Fondo de Estabilización de Ingresos Presupuestarios, que le dejó el gobierno anterior con 297 mil 770 millones de pesos de los que ya quedan solo 30 mil (dato de Hacienda); en qué se fueron 250 mil millones de los fideicomisos que cancelaron. Ya sería rudeza innecesaria preguntar por los 500 mil millones que dice el presiente se ahorró por corrupción.
Con los números no hay discurso que valga. Ya veremos para el 2024 las ojeras de decepción de los hoy muy fieles y leales.

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