Funerales provisionales: La Feria

SR. LÓPEZ

Tío Toño tenía corazón y sentimientos de novicia, era cariñoso y aparte de muy rico, generoso. Un defecto tenía (nunca hay completo): en su casa, solo su voz valía, en todo. De tan mandón, parecía hijo de Stalin y Hitler (ahí usted acomode esa apasionada unión). Un buen día, después de hablar con su mejor amigo, entendió que era un dictador, que una familia necesitaba algo de democracia, que era conveniente oír a su esposa -tía Pepina-, e hijos (tres donceles y dos ya señoritas), porque sin él quererlo, los hacía sufrir con su aplastante autoridad. Y esa noche sin previo aviso, soltó que en adelante, todo se decidiría por votación. Lo conmovió el silencio atronador (era bueno), y añadió que para empezar, a dónde querían ir de vacaciones (cada año era obligatorio ir dos largos meses al pueblo de Asturias del que salió con una mano adelante y la otra detrás). La tribu coreó al instante: ¡Disneylandia! Y tío Toño repuso: -¡Se acabó la democracia! –y a Asturias fueron. ¡Chin!

Una teoría es cierta mientras algo no la contradiga. Debería agradecer que no lo meta en explicaderas sobre el ‘falsacionismo’ de Karl Popper (1902-1944), que es como se popularizó su racionalismo crítico, consistente en que toda teoría debe contrastarse y en tanto no pueda ser refutada, debe aceptarse provisionalmente, hasta que se pruebe su falsedad, lo que suena sesudo siendo una babosada, pues según don Popper solo lo ‘falsable’ es conocimiento científico pero sigue siendo ‘falsable’ y por lo mismo, nada hay absolutamente verdadero, cosa absolutamente falsa… pues vendría a resultar que uno es buey mientras los vecinos no sepan zoología (y viera que seriamente hablan de estas cosas los filósofos), o que provisionalmente es triángulo la figura de tres lados (no vaya a haber uno de cuatro).

Como sea, acomoda el concepto del ‘falsacionismo’ a los gobernantes y sus actos, que pueden y deben contrastarse (‘falsarse’), para ser validados.

La cosa se pone interesante al reflexionar sobre la legalidad y la legitimidad de los gobiernos (ahí léase a autores como el gran Gustavo Bueno -filósofo no suficientemente apreciado-, o a Manuel Fraga, quienes están en las antípodas del pensamiento, el primero materialista y de izquierda, el segundo escolástico y de derecha en serio).

Para no complicar de más, entendamos por legalidad, el legal acceso al poder (por ejemplo, mediante escrupulosas elecciones celebradas con toda pulcritud, por ejemplo); y por legitimidad, la validez real en los hechos, de los actos del gobierno.

Puede llegar muy legalito al poder alguien que ya montado, resulte un mentiroso, tramposo, ladrón, soberbio, contumaz y sabandija (aunque usted no lo crea: hay de esos; pobres países a los que les sale rana el gobernante, ¡pobres!).

Y al revés, puede ser que con triquiñuelas y trampas misceláneas, llegue al poder un tipo que resulte ser un excelente gobernante (digo, a menos que usted se crea que sí votó el 98.2% de los electores por don Lázaro Cárdenas).

Dicho de otro modo para no hacerlo leerse completo a Norberto Bobbio y concluir que la más luminosa inteligencia no exime de meter la pata: el legal acceso al poder no legitima la acción del gobierno. La legitimidad del ejercicio del poder no tiene relación ninguna con la legalidad con que se accedió al cargo, al poder, a ser gobierno (parece obvio, pero créame que le estoy ahorrando el rollazo de algunos célebres pensadores que opinan lo contrario).

Dicho lo cual (abróchese en cinturón), se le hace saber: la democracia es puro cuento. Sí. Hay sobradas pruebas y además, la democracia no garantiza nada, que se sustituyó el concepto de que el poder venía de Dios, por el de que proviene del pueblo, soberano único que delega en sus representantes, gobernantes, tal soberanía mediante algún tipo de elección popular. En economía de teclazos, transcribo lo dicho por Winston Churchill en la Cámara de los Comunes el 11 de noviembre de 1947:

“Se han probado muchas formas de gobierno y se probarán en este mundo de pecado y sufrimiento. Nadie pretende que la democracia sea perfecta ni omnisciente. De hecho, se ha dicho que es la peor forma de gobierno, exceptuando todas las otras formas que se han probado de vez en cuando”.

En tanto la especie encuentra otra forma de gobernarse, debemos defender la democracia cuando menos como aspiración a un régimen en el que a todos se aplican igual las mismas leyes. Si es o no cierto que el pueblo es soberano, es lo de menos; y aunque lo normal es que la mayoría de las personas sean buenas (estándar, de banqueta, no santos), es una gran mentira que el pueblo es bueno y sabio (no habría policía ni en el diccionario; ni ganarían elecciones imbéciles probadamente imbéciles, ni malos de malolandia).

La verdad (sobrecogedora) es que la democracia realmente existente requiere de partidos políticos. Esos clubes de audaces-pillos y honestos-patriotas. Sí, esos institutos en los que se decantan las más grandes virtudes y los peores vicios de los humanos. Ni modo, por lo pronto y hasta nuevo aviso: son indispensables.

El arrollador triunfo de Morena no basta para que sean buen gobierno… les urge ser partido; si no lo consiguen los espera el terrible ‘efecto perredista’, de todos tristemente conocido. La demoledora derrota propinada a los otros partidos (los partidos, no la chiquillada de vividores), no basta para que desaparezcan… urge se recompongan.

Sin partidos la democracia se esfuma. Lo demás es cambiante, variable y hasta prescindible: los partidos son esenciales a la democracia.

El Presidente de la república no sabe que otros antes han intentado -con varia intención-, gobernar apegados solo a su propio criterio… mientras otros, muchos, muchísimos, tejen sus propias redes, como ya pasa en Morena, donde se van incrustando perversos, malignos y viles. A nadie, a México en primer lugar, no nos conviene.

En política no hay éxito definitivo, ni derrota final; y en democracia las exequias siempre son funerales provisionales.

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