Hagamos un alto

En un nombre se ha encerrado la tragedia humana; frente a una imagen el mundo ha enmudecido: Aylan y su pequeño cuerpo en la orilla del mar. Hagamos un alto. Detengamos nuestros motores para voltear alrededor y ver en qué nos estamos resumiendo. Alcemos la mirada sin perdernos en regionalismos o en problemas coyunturales (importantes, pero pasajeros) por el momento. Todos los países son importantes y todos sus problemas son angustiantes. Ninguno es más que otro; todos valen.
Ernesto Garzón Valdés distingue entre “calamidad” y “catástrofe”, ambos términos denotan sucesos que pueden ser trágicos o desastrosos. En lo que se distinguen ambos es en que las catástrofes son producto de la naturaleza y, por ende, previsibles más no controlables. Tenemos poco que hacer ante un terremoto o un tsunami. En cambio, las calamidades son el producto de actos humanos. Son el resultado de nuestra voluntad, de nuestros descuidos o de nuestra ignorancia. En ello radica el hecho de que la muerte de un niño, producto de una calamidad, nos resulte mucho más dolorosa que cuando su muerte es por causas naturales: esa muerte es dolorosa pero no trágica. Cuando la muerte es calamitosa es porque sabemos que hay culpables, sabemos que hay responsables y sabemos que pudo evitarse.
¿Cómo llegó Aylan a esa playa? El conflicto en Siria no es de hoy. Llegó a la playa por causa de la guerra. Es decir, por una serie de actos bélicos generados por seres humanos. Una guerra que surgió de la nada, por un acto triunfalista y optimista derivado de la Primavera Árabe, cuando los ciudadanos, en un intento por derrocar a Bashar al Asad, se enfrascaron en una guerra sin cuartel. Guerra que al día de hoy continúa, pero con otros tintes. Con tonos fundamentalistas que trituraron el optimismo y el triunfalismo, y dieron entrada a actores como Al Nusra (aliado de Al Qaeda) y el Estado Islámico que finalmente convirtieron a Siria en un campo de batalla yihadista.
La ciudad que alguna vez fue hermosa, hoy ya no existe: edificios destruidos por la metralla, camiones incendiados y, como sabemos, gente corriendo con sus pocas pertenencias hacia las fronteras: huyendo. Millones de sirios se encuentran ahora fuera de casa, sin nada, ni la esperanza. La Agencia de Refugiados de Naciones Unidas (ACNUR) estima que sólo en este año han salido cerca de 300 mil personas.
En eso consiste la tragedia de Aylan. En que es la representación de una calamidad; la que debe ser considerada como la secuencia de hechos en cadena. Si no estamos dispuestos a observar la genealogía del problema, mucho menos vamos a estar dispuestos tratar de detener sus causas. Pero como decía el editorial de El País hace unos días: Un niño es el mundo entero.
Ahora regresemos a nuestros problemas, a nuestra región y a nuestra tierra. Aylan tuvo un nombre. No fue un olvidado. Todos recordaremos su trágica pérdida. ¿Qué hacer con aquellos que no tuvieron las mismas circunstancias? El 23 de marzo de 2015, en la colonia Juárez se encontró, dentro de una maleta, a una bebé de 2 años y medio. Fue víctima de la brutalidad más despiadada del ser humano: fue violada y después asesinada. Ella no tiene un nombre. No se saben las causas de su tragedia. No conocemos la genealogía de su historia. Ella está en desventaja frente a la tragedia de Aylan.
Desde entonces, el cuerpo de la niña se encuentra en el Forense de la ciudad de México. Nadie ha reclamado su cuerpo; nadie ha reportado una niña con esas características como desaparecida. ¿Será necesario que enviemos fotógrafos para que alguien se aflija de la misma manera? Esa niña no va a terminar en la fosa común. Me niego a tomarla como una estadística más.
Ciertamente, un niño es el mundo entero.

Por Edgar Elías Azar
(Presidente del TSJDF)
EL UNIVERSAL

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