Inútiles: La Feria

SR. LÓPEZ

Tío Daniel y tía Elena su esposa, eran más buenos que el pan con nata. Tío Daniel jamás trabajó: heredó unas casas y departamentos y vivía de sus rentas (bien); tía Elena, con tres sirvientas y lavandera, menos. Tuvieron dos hijos, la parejita, con los mismos nombres (Danielito y Elenita), buenos de nacimiento, tanto, que a pesar de haber sido consentidos y cuidados toda su vida, no eran majaderos ni berrinchudos. En la familia nadie decía nada, pero a nadie parecía bien tanto apapacho. Para que se haga una idea: si en la escuela les dejaban tarea que los ocupara más de media hora, les quitaban los cuadernos y al otro día estaban los dos pidiendo explicaciones al maestro: tanto esfuerzo mental hacía daño. En Primaria, Danielito entró al equipo de futbol; sus papás fueron al primer entrenamiento y consideraron demasiado riesgo tanto ejercicio y tanta patada (Danielito fue y es panzoncito y fofo). Elenita tenía prohibido entrar a la cocina, por lo peligrosa que era la lumbre. Cuando iban al cine llevaban tortas o quesadillas de su casa, para no comer “porquerías”. Total, cuando Danielito y Elenita quedaron huérfanos de mamá y papá, como suele dictar nuestra madre Natura, heredaron las mismas casas y departamentos, pero en un fideicomiso que administra un banco: no tienen ni que cobrar las rentas. Danielito, para cambiar un foco, baja los “breakers”; Elenita compra la comida hecha. Viven juntos (ya setentones), y ven televisión con lentes oscuros, porque “hace daño”. Son más inútiles que las letras mudas (como la “h” de hacienda). Así los hicieron.

Lo que hoy llamamos México, antes del arribo de Cortés y su banda, era un muégano de tribus mangoneadas por caciques que si andaban de malas o de antojo, se merendaban un súbdito. Luego, cuando de parte del Rey de España esto se volvió la Nueva España, empezó a haber leyes (empezó, tampoco es cosa de echar cuetes), pero la gente tenía claro que para conservar la cabeza en su sitio, nomás había que obedecer a los gobernantes, autoridades puestas por sí mismas para servir a ellas mismas, faltaba más… y callar. Después, los españoles (y los criollos) nos independizaron de España y entonces pasamos todos a ser ciudadanos de esta nuestra risueña república, con el detalle de que el primer siglo ya independientes (el XIX), cuando no estábamos en guerra civil, teníamos Mandamás Nacional (Santa Anna -seis veces presidente-; Juárez -presidente 14 años-; y Díaz, que se quedó en La Silla 30 años).

En los comienzos del siglo XX, para no romper nuestras tradiciones, primero, nos bañamos en sangre y luego, para respetar nuestras costumbres, nos quedamos 70 años con un mandamás, hecho partido hegemónico que sí, por supuesto mejoró muchísimo las condiciones de vida de nosotros los del peladaje estándar, pero respetando el principal mandamiento de la ley tenochca: obedecer y callar; para mantener la chamba (comer), la autonomía de movimiento (no ir al bote), y la cabeza en su sitio (en este país, aunque le parezca raro al resto del planeta, hay gente que “desaparece”). Como siempre, obedecer y callar (o gritar en bola, marcha o manifestación, que no sirve de mucho).

El siglo XXI empezó raro: sin reguero de sangre por pleitos de los de hasta arriba (que luego mandan escribir a nuestro nombre, heroicas gestas históricas en defensa de los más elevados ideales políticos y sociales… pero la verdad es que son pleitos de ellos y los tenochcas simplex nomás ponemos la sangre), y más raro aún: con derechos humanos en vez de garantías, elecciones en las que contaron los votos (cosa rarísima, nunca vista), y el PRIartidazo derrotado. Luego vino el desencanto: ¿cómo que vamos a empezar un siglo en seco?, nada, a respetar la tradición y ahora de parte de los malandrines organizados, tenemos otro chubasco de sangre y llanto… y en la cosa pública, no solo nos dimos el lujo de regresar al PRI al poder, sino de volverlo a echar… y ahora estamos en la Cuarta Transformación, de pronóstico reservado.

A pesar de que lo más probable (o seguro), sea que este menda esté equivocado, se atreve a explicar la fenomenal popularidad de nuestro Presidente en nuestra historia: lo nuestro, lo nuestro, es no ser ciudadanos sino súbditos y la verdad, la verdad, es que nos gusta mucho tener en Palacio Nacional a alguien que mande de veras, no que ande con timideces ni vaciladas de respeto a la ley, ¡no señor!, el que manda, manda y le toca resolvernos la vida, aunque semejante aspiración sea algo extraña, porque nunca lo han hecho.

También, audaz que es el del teclado, se permite augurar que no veremos esa revitalizada, vitaminada y pasteurizada patria nueva que nos pronostica y ofrece entregar en 2024 el Presidente… ¿por qué?… porque la cosa pública se compone de dos factores, el primero: ciudadanos; el segundo: gobernantes. Ciudadanos cabales; gobernantes iguales.

Sin sofocos, aceptemos que eso, ser ciudadanos-ciudadanos, no se nos da, ni parece que nos guste, aunque por la prensa y ahora por las redes, parezca que sí, la realidad es que no; lo cual explica fenómenos como la tumultuaria evasión de impuestos que padecemos y a nadie llama la atención (estamos tan acostumbrados como el cacarizo a su cara, que no suelta el llanto cada vez que se ve al espejo).  Por eso los gobernantes saben que pueden no ser mandatarios (los que hacen los mandados, los que obedecen), sino los “mandamases”, que es lo que nos gusta por estos lares.

Los ciudadanos en México no actuamos como tales ni en casos de evidente ineficacia del gobierno, como en los sismos de 1985, sino movidos por un impulso colectivo que se diluye en cuanto pasa la emergencia.

Lo que hacemos en México, un Estado sin ciudadanos, es como construir una barda sin ladrillos… y no tenemos ciudadanos porque durante siglos se nos volvió información genética el desdén por los asuntos públicos. Y tiene su gracia porque sí somos país, sin ciudadanía y con gobernantes que si emiten las suficientes babas, pueden ser ineficaces e inútiles.

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