Jugar con lumbre: La Feria

SR. LÓPEZ

De tío Carlos, de los de Autlán de la Grana, contaban que trabajó desde niñito como peón de hacienda y para los 30 de edad ya era un respetado ganadero que a los 50 era el mandón del pueblo. También contaban que labró su desgracia cuando a esa edad juntó a sus siete hijos varones y les dijo que para asegurar que no se dividiera su emporio, iba a heredar todo a solo uno de ellos y que esperaba ver quién merecía su legado para hacer testamento. Deshizo a su familia. Para cuando andaba en los 80 de edad, ya habían muerto cinco de sus hijos en raros accidentes, mientras los otros dos se llevaban extrañamente bien. Vendió todo y se retiró a Guadalajara con su inminente viuda a la que dejó la casa que habitaban y una pensión. Nada se supo del dineral que tenía pero su misa de cuerpo presente la celebraron tres obispos en Catedral.

En el sistema político mexicano tradicional la principal decisión del Presidente, en la que manifestaba su mayor poder, era la designación de su candidato a sucederlo. Apogeo de su autoridad e inicio de su declive. Al escogido se le llamaba “tapado”, porque se mantenía en la mayor reserva quién sería candidato y, pecados del tiempo, seguro sucesor.

Muchas consejas hubo en torno al modo en que era seleccionado el “tapado”. Los expertos de cafetería, aseguraban que era una decisión unipersonal del Presidente, cuando la realidad era muy otra: el Ejecutivo sondeaba opiniones de los que importaban, políticos de peso propio, líderes de las grandes centrales sindicales, miembros destacados de su partido (el PRI, obviamente), evaluaba las posibles reacciones de apoyo o repudio del gran capital y del vecinito del Norte también. No se tomaba muy en cuenta al electorado por razones que no deben mencionarse por pudor, pero entonces ser candidato era ser ganador seguro.

Diferentes razones inclinaban la balanza en favor de uno u otro: la problemática del momento, las circunstancias políticas y económicas y sí, también, las pifias del sexenio que terminaba influían. Lo que estaba muy claro en las reglas no escritas de esos tiempos no tan lejanos, era que se seleccionaba candidato, no leal ni cómplice, y que la decisión se adoptaba considerando realmente quién podía responder mejor a las necesidades de la nación en la circunstancia concreta por la que atravesara el país, no siendo raro que se nombrara sucesor al exacto opuesto del Presidente saliente, por ejemplo: Cárdenas, socialista, entregó la estafeta a Ávila Camacho, de derechas y católico vergonzante; Díaz Ordaz, ortodoxo del poder a Echeverría, locuaz y atrabancado. Quiso romper esa tradición Salinas de Gortari y el asunto terminó en tragedia con Zedillo en La Silla y el “salinismo” vituperado, a la fecha.

La práctica del “tapado” perduró de la designación de Ávila Camacho en 1940 a 1988 cuando Salinas resultó agraciado. Zedillo fue candidato por eliminación, Fox, por decisión abierta de su partido, igual que Calderón; Peña Nieto por compra-venta de voluntades y el actual por desmesurada perseverancia, meritoria por cierto, eso no se le puede regatear.

Ahora nos sorprende el Presidente López Obrador con una anticipadísima búsqueda de la candidatura a sucesor de él, iniciada por él sin justificación aparente ni razones a la vista.

Este martes declaró refiriéndose al manifiesto deseo de ser candidato de Marcelo Ebrard: “Todos los que quieran participar, mujeres y hombres están en su derecho y ya dejar en el pasado esas prácticas del ‘tapadismo’, la designación de dedo o aquellas frases célebres, legendarias, de que el que se mueve no sale, el que se mueve no sale en la foto, otras hasta más ofensivas, de que está flaca la caballada y todas esas cosas. No, no, no, eso ya no”. Y añadió en respuesta a un reportero que le preguntó si podría controlar a los “candidatos”: “¡Ah!, es que el pueblo pone a cada quien en su sitio, es que ya cambió esto. Es que la gente ya es la principal protagonista del cambio, ya hay democracia plena, ya son los ciudadanos los que deciden, ya es muy poderosa la fuerza de la opinión pública”. Ese que se está riendo, ¡se me sale!

Esa segunda respuesta aclara todo: él decidirá quién será candidato a sucederlo. La abstracción que él llama “pueblo” no existe ni pone a nadie en “su sitio”. Eso de que “la gente” es la principal protagonista del cambio es como para preguntarle cuándo la gente le pidió que viviera en Palacio, desaparecer al Estado Mayor Presidencial, rifar el avión, cubrir las vergüenzas de sus colaboradores exhibidos con peculiares riquezas; cuándo la gente le pidió cancelar el aeropuerto de Texcoco, hacer el trenecito Maya o poner a López Gatell, cuándo. Él decidió todo eso y decide todo en su gobierno, muy su modo, muy su gusto. Y lo de que tenemos “democracia plena” será muy a su pesar, porque quiere desaparecer el INE; y eso de “la fuerza de la opinión pública” es una afirmación de risa loca, viniendo de quién ha probado hasta el hartazgo que con la opinión de los demás, se limpia el extremo inferior de su sistema digestivo.

El Presidente no parece haber reflexionado en cuáles razones pudo haber para la reserva que sobre la sucesión se guardaba. Mala cosa desechar todo el bagaje político de tiempos que con todos sus defectos nos dieron estabilidad y concierto.

A menos que esté engañando y tenga un posible candidato muy escondido, ha soltado a pelear por su sucesión a personajes que están muy a la vista, todos con fuerza relativa, todos con seguidores entre los que puede haber uno que otro poco escrupuloso (puede ser). Antes, cuando se anunciaba quién sería el candidato, era un hecho consumado y oponerse era asegurar en el mejor caso, el ostracismo; ahora, anticipar tres años el asunto, asegura un pleito de callejón: a ver quién sobrevive, a ver qué tan desgastados llegan, a ver qué clase de fracturas hay en Morena, a ver qué tanto se sabotean dentro del gabinete… y a ver qué tanto lo traicionan los despechados.

El Presidente no sabe las ventajas de no jugar con lumbre.

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