La Catedral de Darwin

En términos biológicos un comportamiento altruista (concepto formalizado por John Maynard Smith en 1964) es una acción realizada por un individuo para ayudar a la sobrevivencia o a las posibilidades reproductivas de algún otro, incluso aunque esto implique la disminución de las posibilidades reproductivas propias del individuo altruista. Por el contrario, una acción egoísta es aquella que beneficia a uno mismo perjudicando a otro individuo.
Una de las modalidades más estudiadas —y por ello se creía una de las mejor explicadas— del altruismo es la selección de parentesco, una estrategia evolutiva de algunos organismos cuyo comportamiento favorece el éxito reproductivo de algún pariente aun a costa de su propia vida. Pero un texto de enorme interés del antropólogo y biólogo de la universidad de Binghamton, David Wilson (Darwin’s Cathedral: Evolution, Religion and the Nature of Society, 2002), nos muestra, a partir de un análisis del concepto de grupos humanos como comunidades morales, todo lo que ha ignorado la teoría de selección familiar que predice que los comportamientos prosociales deben dirigirse principalmente hacia los parientes genéticos.
Wilson resalta que en las comunidades morales las normas que buscan beneficiar al grupo en su totalidad pueden generar cierto grado de uniformidad así como deferencias entre los individuos que no podrían predecirse con base en la estructura genética. Es decir, Wilson señala que el altruismo es un comportamiento que no sólo se puede entender desde el estudio biológico sino, y sobre todo, desde un análisis cultural. En suma, lo relevante de este estudio es su señalamiento de que la evolución cultural incrementa la potencia de la selección dentro de los grupos en comparación con lo que podría esperarse si se tomara en cuenta solamente la evolución genética.
Por ejemplo, sabemos que nuestra constitución intelectual, que tiene su base en el alto desarrollo del cerebro, posibilita nuestra habilidad como especie para juntarnos en grupos unificados por sistemas morales, lo que requiere, como las adaptaciones en otras especies, de una arquitectura cognitiva propia, especializada y genéticamente evolucionada.
Para Wilson, y esta hipótesis es realmente interesante, los grupos humanos actúan como si fuesen un cerebro grupal. Esto es, equipara el papel de cada individuo al que jugaría una neurona e interpreta las relaciones entre los individuos como la actividad “cerebral” total. La justificación evolutiva de esta declaración es la siguiente: un cerebro es un grupo de neuronas que interactúan intrincadamente para el bien común del grupo en su totalidad, y la razón por la que las neuronas interconectadas actúan para el bien común del grupo/cerebro es que existen dentro de un organismo/grupo singular que sobrevive y se reproduce como unidad. Así, para Wilson los individuos actuarían por el bien del grupo tal y como las neuronas lo hacen por el del cerebro aún cuando no son plenamente conscientes de ello.
El concepto de cerebro grupal puede sonar a ciencia ficción, sin embargo algo similar ya ha sido intuido por otros científicos (piénsese en la famosa Hipótesis de Gaia, del químico James Lovelock en 1969, que sostiene que el planeta Tierra es un sistema autoregulador que se comporta como un todo coherente). Actualmente existen numerosos estudios biológicos sobre los insectos sociales —los himenópteros— que establecen la realidad de mentes grupales de manera sorprendentemente detallada. Desde aquí el planeta Tierra vendría a ser la mentada Catedral de Darwin, un templo vivo construido por y para la vida del ser humano que es, junto con todas las especies, un integrante más, pero uno que debería actuar como su guardián y no al contrario, como el sistema neoliberal derrochador y destructor de la naturaleza funciona.

Por Rosaura Ruiz
(Directora de la Facultad de Ciencias de la UNAM)
vía EL UNIVERSAL

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