La elección y el cambio en el poder

En los próximos días iniciarán formalmente las campañas para la renovación de la Cámara de Diputados y 17 procesos locales. Seremos invadidos en todos los espacios, públicos y privados. Las calles, domicilios, correos, teléfonos sufrirán una avalancha de obviedades, lugares comunes, descalificaciones y filtraciones. El dispendio, la cantidad de información y publicidad serán un catalizador de las emociones sociales y el ánimo político.
El tema no es menor ya que un proceso electoral civilizado y ordenado no garantiza que la inconformidad y las tensiones puedan ser adecuadamente canalizadas, ni que de la elección resulte un Legislativo y un gobierno con suficiente legitimidad para hacer frente a una situación tan compleja. Pero una elección cuestionada, agresiva e insensible, sin duda profundizará las contradicciones actuales.
La elección presenta una oportunidad no aprovechada hasta hoy de debatir las soluciones a los problemas nacionales. Un ejemplo es que la campaña más publicitada se centra en la presencia o no de animales en los circos. Pareciera que la oferta política hoy se limita a la diferencia entre el ustedes y el nosotros.
Esta oportunidad es para todos; el Presidente puede relanzar su gobierno, darle mayor legitimidad y credibilidad mientras que a los otros partidos podrán contrastar su proyecto y el estado actual. Para los demás grupos es posible incluir sus temas a la agenda legislativa.
Lo que conduce al dilema de fondo: si la elección será un elemento de reconciliación y fortalecimiento institucional o la mera competencia por posiciones.
Frente a esto es pertinente preguntar: ¿Cómo va a cambiar el poder en este proceso? Lo que implica dos grandes apartados; por un lado el desarrollo de la elección en si, y el resultado de la misma.
La elección se desarrollara entre la tentación del exceso y la lógica de la racionalidad. El ostento, el dispendio, el abuso de autoridades y la sobrerreacción de los opositores, la propaganda basada en el miedo y la descalificación y la posibilidad de que la violencia, ya sea política o criminal, impida el desarrollo de la elección en algunas zonas del país. Lo que conduciría a una crisis política importante, que se sumaría a los acumulados de falta de crecimiento y la violencia.
Por el otro lado una elección austera, propositiva, en una competencia racional y prudente por parte de autoridades, partidos y otros actores podría ser la base para la reconciliación y la estabilidad.
A partir de la encuesta publicada por EL UNIVERSAL (23 de febrero) y partiendo del supuesto que las elecciones se realizaran de manera ordenada y pacífica se pueden inferir dos escenarios.
En el primero, una baja participación y una intensa operación de los gobernadores y sus estructuras permiten una ventaja holgada del PRI y una correlación de fuerzas parecida a la actual que le daría potencia al gobierno en su segunda etapa para mantener las tendencias actuales.
En el segundo hay una participación cercana al promedio de elecciones de medio término que favorece la tendencia de crecimiento del PAN y Morena. Si estos incrementan su presencia en la Cámara de Diputados es previsible una oposición más activa y una correlación de fuerzas distinta, que obligaría a un replanteamiento de las estrategias políticas.
La división, la ausencia de actores políticos locales competitivos y la falta de una oferta renovada y creíble hacen difícil suponer que el PRD tendrá algún crecimiento o resultados cercanos al promedio de los últimos años. Excepción hecha del DF donde su operación incluyente disminuye los riesgos.
En cualquier caso las elecciones no son una entidad independiente, son integrales e interactuantes. El futuro económico y político de México serán determinados por la fortaleza de sus instituciones y ésta descansa sobre su credibilidad y confianza lo que ayudaría a crear un clima de esperanza y armonía en una agenda clara, lo que sería muy útil para la situación nacional.

Por Luis Humberto Fernández Fuentes
(Senador por el PRD)
EL UNIVERSAL

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