La Feria: Cancha libre

Sr. López

Tía Coco (Socorro, idéntica a la viejita de la caja de chocolate), era del lado materno-toluqueño, adinerada a secas y con un corazón como multifamiliar: ayudaba a cuanta gente podía. Una vez la fue a visitar el abuelo Armando y regresó muy preocupado: -Coco se volvió loca –afirmación de tomarse en serio, viniendo de él. Notificados los hijos, volando la fueron a ver y confirmaron el diagnóstico, pues de tener viviendo en el cuarto de la azotea, hacía años, a una desconocida con cinco hijos (a los que mantenía de punta a rabo), ahora se encontraron con que varias familias ocupaban toda la casa, el jardincito de enfrente y el patio de atrás, todo hecho un muladar, con tía Coco confinada en su recámara, muy contenta de poder ayudar a esa pobre  gente. Consultaron a tío Federico, abogado experto en toda clase de malabarismos penales, quien les explicó que a las derechas no los podía desalojar, pues tía Coco era la propietaria y estaba de acuerdo, así que había dos caminos: o sacarlos a palos con ayuda de unos amigos de él, especialistas en embargos y desahucios, o declararla mentalmente incapaz, lo que iba a tardar un buen rato, porque tampoco era locura ser caritativo. Entonces fue que entró en acción el padre de este López, señor de aún menos hablar que el abuelo Armando, pero muy decidido (un día le cuento, confiando en su discreción), que arregló la cosa a su modo: fue a casa de tía Coco, ya casi al amanecer, abrió a tiros el portón y anunció que quien se fuera voluntariamente en ese momento, salía vivo y el que no, pues no. Afortunadamente, la propuesta pareció razonable a todos. Tía Coco quiso intervenir pero López senior, le dijo: -Calladita, señora o a usted me la llevo al manicomio –y como lo conocía, ni pío dijo. Enterados los hijos casi le besaban los pies. Bola de guangos.

¡Claro que no hay personas ilegales! ¡Claro que a los desamparados hay que dar cobijo! Claro que sí. Pero es locura abrir de par en par las puertas del país a todo migrante, cuyas trágicas historias merecen toda la simpatía y respeto, sin olvidar que la caridad empieza por casa.

Otra cosa en la que cualquiera está de acuerdo es en que esa gente tiene derechos humanos, pero-por-supuesto, como los tiene un indigente nacional, lo cual no significa que tenga usted obligación de hospedarlo en su casa.

El proyecto yanqui con nuestra frontera sur, es que el estado de Chiapas sea el tapón de la migración de centroamericanos, detonando la agroindustria para que el “sueño americano” pase a ser el “sueño mexicano”, con una estrategia similar a lo llamamos coloquialmente el Programa Bracero, que fue el Programa de Trabajo Agrícola Mexicano (Mexican Farm Labor Program), firmado en 1942 entre México y los EUA, para dotar de mano de obra a los vecinos en tareas agrícolas y de mantenimiento ferroviario, durante la Segunda Guerra Mundial, aunque funcionó hasta 1964.

El Programa Bracero originó problemas que nadie imaginó al principio y hasta da pena recordar. Luego cambió a un programa de trabajo temporal, muy beneficioso para los agricultores de los EUA y acabó en lo que es hoy: mano de obra ilegal, oficialmente combatida por el gobierno yanqui, aunque les es indispensable por barata (y porque siendo ilegal carece de servicios médicos y sociales… a todo dar, para ellos), y tolerada acá, porque le quita presión a la falta de empleo y pobreza.

Como sea: el actual gobierno de los EUA ha impuesto a nuestro próximo gobierno federal la implementación de esa estrategia de contención de migrantes provenientes de Centroamérica.

A México le puede beneficiar, si se traduce en el desarrollo de Chiapas como la potencia agroindustrial que debería ser… a condición de que no acabe en poder de las inmensas empresas agrícolas extranjeras (como la temible Monsanto o la Cargill, que tienen monopolizada a Centroamérica); y a que primero, se agote la capacidad local de proveer trabajadores, antes de traerlos del extranjero. Y luego, con orden y en paz, los de fuera.

En 1990, el politólogo rumano Edward N. Luttwak, destacado asesor de varias ramas del gobierno de los EUA y su ejército, escribió: “(…) conforme la relevancia de las amenazas y alianzas militares se desvanece, las prioridades y modalidades geoeconómicas dominan la acción estatal”.

Sin embargo, respecto de México, ya sin antifaz “geoeconómico”, la prioridad de los EUA es geopolítica: su seguridad interna.

Al tío Sam le urge asegurar su frontera, por eso el Plan Mérida, firmado por Bush y Calderón en 2008, incluye como aspiración crear la Frontera Siglo XXI, en el norte, en el río Bravo.

Pero la realidad es muy canija y movió la frontera al río Suchiate, como claramente dijo John Kerry siendo jefe del Departamento de Estado de los EUA.

Por eso fue que el presidente Peña Nieto promulgó el Programa Frontera Sur (Diario Oficial de la Federación, 8 de julio de 2014), para proteger los derechos humanos de los migrantes, ordenar los cruces de Centroamérica a México (o sea, a Chiapas), implementar la Tarjeta de Visitante Regional, los centros de atención integral en la frontera con Guatemala y el combate al tráfico de personas. El día anterior a la publicación en el DOF, el presidente de Guatemala, Otto Pérez Molina, agradeció al presidente Peña Nieto “su visión humanitaria” en el asunto.

El resultado tangible, casi único, fue el incremento en el número de deportaciones, cosa  cruel pero triste necesidad. No tiene la cabeza en su sitio el que proponga que lo caritativo, lo de buenas personas, es dejar la puerta abierta de las casas… la de los países tampoco.

Igual es triste que a la violencia, el Estado tenga la obligación de responder con violencia, sin abusos, sin machacar gente ni matanzas, pero a la fuerza se responde con fuerza. El discurso bonachón no vale, señor Presidente electo, y menos vale, señores senadores carroñeros Mancera y Álvarez Icaza, exhortar a nuestro gobierno a “no militarizar la crisis en el sur”: Chiapas es México, no tierra de nadie ni cancha libre.

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