La Feria: Echando a perder

Sr. López

En casa de la abuela Virgen (la de los siete embarazos), sin que molestara nada al abuelo Armando (su marido), vivió hasta el fin de sus días un tío de ella, tío Marquito, señor que no daba lata, sentado con una frazada en las piernas en los días de frío, siempre oyendo el radio, que se cambiaba de lugar solo a la hora de comer (y comía por tres). Tío Marquito toda su vida, hasta los 56, empolló la jugosa herencia que espera recibir y recibió, dedicándose a criticar cómo su señor padre manejaba la fábrica (de muebles, no finos, sino de esos que entre más feos mejor se venden en mercados y barrios bajos). Criticaba todo: los diseños, los materiales, los sueldos que pagaba su padre, pasando por las comisiones de los vendedores y que diera crédito. Juraba que él haría de eso un emporio con sucursales en todo el país en cuanto pudiera pagar destajos, duplicar comisiones de vendedores y mejorar la calidad de los muebles. Su padre, contaba la abuela, le decía: -Deja que me muera en paz y harás lo que te dé la gana –y así fueron ambas cosas, murió en paz y tío Marquito hizo lo que quiso. Para quebrar cargado de deudas en pocos años. Y así fue como quedó para siempre formando parte de la decoración de casa de los abuelos materno-toluqueños de este menda. El tío Marquito.

En democracia, gobernar es difícil arte. En las dictaduras es mucho menos difícil: si dictan las órdenes y normas, se mata o encarcela a los que opinen diferente y el pueblo se deja conducir protestando a solas en sus recámaras. En los reinos nunca fue fácil, porque los aristócratas, duques, condes y similares, daban la lata continuamente (excepto cuando el Rey se volvía autócrata o tenía feo el modo y decapitaba como quien pide uno de maciza con cuerito). Podríamos repasar otros tipos de gobierno y llegaríamos siempre a la misma conclusión: la democracia es la que más quebraderos de cabeza da. En buena hora.

Por lo mismo, se recomienda que en los regímenes democráticos accedan al poder máximo los más correosos expertos que sepan las mañas de todos y hayan gobernado antes o formado parte de otros gobiernos, para evitar que al llegar de sopetón a la presidencia de la república, se depriman, les dé un infarto o se queden pasmados (como Miguel de la Madrid).

En México hay algunas dificultades adicionales. Los aficionados suponen que el Presidente de este país mangonea a su antojo a todos los partidos políticos (el propio y los opositores), y a los otros poderes (Legislativo y Judicial); que los líderes sindicales son dóciles como abuelitos en silla de ruedas; que los levantiscos que encabezan movimientos sociales, con cubetadas de saliva se están en paz y que la prensa es como la Rompecatres, que se va con cualquiera que le llegue al precio… y no, o sea, sí, pero no tan fácil. Pero así era… sí, así ERA, cuando el país producía al año tres pesos y el gobierno tenía agarrado de la cartera a todo mundo y con una condición: no andar de pleito con el tío Sam, pasaporte (visa incluida), al despelote.

Ahora las cosas son muy diferentes. Para empezar, la economía nacional es la segunda más importante de Latinoamérica y la 15 del mundo, y resulta que atrás de algunos empresarios tenochcas, hay intereses mundiales: los empresarios mexicanos ya no son los mensos del gobierno. Aparte, la prensa ya no manipula a la opinión pública, que cada tenochca tiene en su teléfono acceso a mucha información (aunque sea falsa). Encima y por si fuera poco, el país sufre de una como viruela intensa de organizaciones civiles (No Gubernamentales), de toda calidad y laya, no pocas dirigidas desde el extranjero.

Sume a la realidad del México actual, más o menos 200 mil millones de dólares de deuda del gobierno, 37% al gobierno yanqui y el 75% en dólares de los EUA (todo es más o menos, no se ponga pesado). Lo que significa que nos tienen agarrados de las gónadas. Nada más piense en lo que pesa en el país una sola empresa de Nueva York, la BlackRock, que controla la mitad de la Bolsa Mexicana de Valores (completita), toda la gestión de activos de Citibanamex y de las principales inversionistas en los bloques petroleros que subastó Pemex el sexenio pasado, aparte de ser dueña de los gasoductos más importantes. A brochazos, esta es nuestra realidad.

El proyecto de nación actual tiene cosas maravillosas… si se pudieran realizar y se podrían negociar en cierta medida, por supuesto, pero el trancazo que se llevaron grandes capitalistas en el occipucio con la cancelación del aeropuerto de Texcoco, más el anuncio el 15 de diciembre pasado de que no se licitarán nuevos bloques petroleros, sino que serán “asignados” por invitación restringida, los tiene muy trompudos.

No está uno en mal plan, pero la suma de problemas empieza a parecer de sexto año de gobierno, no de dos meses escasos de haber empezado: el apoyo a Maduro en Venezuela, tiene muchos asegunes (incluso respecto de nuestra Constitución, que también dice que el Presidente debe conducir la política exterior siguiendo el principio normativo de la libre autodeterminación de los pueblos… y don Maduro se reeligió a leñazos); el insistir en que se respetará el bloqueo de las vías férreas de Puerto Lázaro Cárdenas, por cortesía de la CNTE (cerca de dos millones de toneladas de productos parados… y sumando). El mes pasadito de la guerra contra el huachicol, de la que ya se supo que facilita la instalación de más válvulas clandestinas (están vacíos), y que sí fue por desabasto de materia prima para producir gasolina: la refinería de Salamanca funcionará hasta el 9 de febrero por falta de una cosa que se llama MTBE, que dejaron de comprar en diciembre.

Y algo que hacía mucho no teníamos: huelgas. La novísima Secretaria del Trabajo estrenó el cargo con 46 huelgas en maquiladoras de Tamaulipas. El presidente de la Coparmex, Gustavo de Hoyos, declaró: “(…) pone en riesgo la reputación de país, así como a decenas de empresas y miles de empleos”.

Bueno, dicen que se aprende echando a perder.

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