La Feria: El Diluvio

Sr. López

Anomia es una palabreja poco usada, inventada a fines del siglo XIX en Francia por un sociólogo (Emile Durkheim al estudiar el suicidio, pero la usaba poco, casi nada), no se sabe pero tal vez se fusiló el término de la versión en griego de la Biblia donde aparece como “anomía (con acento), traducida como “maldad”, “falta de ley”. Da lo mismo.

Así, como anomia, se usa ahora y fue por los años 30 del siglo pasado que otros sociólogos la empezaron a emplear con distintas interpretaciones y enfoques; luego en los EUA, tomó cierto auge en tratados sobre criminalidad, control social y desviaciones colectivas del orden establecido en las normas legales. Hoy, en el Diccionario de la Academia de nuestra lengua, la definieron (respecto de la psicología y la sociología), como: “Conjunto de situaciones que derivan de la carencia de normas sociales o de su degradación”… sí, pero no nada más.

Algunos pensadores muy sesudos -se supone-,  usan el término para referirse a varias situaciones entre las que destacan dos:

La primera: cuando la conducta respetuosa de las normas sociales y leyes establecidas, no asegura el éxito personal ni el colectivo (no hacen falta ejemplos, dado el evidente éxito sostenido de algunos vivales y grupos de vivales, que quebrantan las leyes, la ética y eso que constituye la moral, y siguen tan campantes disfrutando de lo mal habido, sabiéndose intocables).

La segunda: cuando en una sociedad hay grupos que habitualmente se rigen por sus propias reglas, diferentes, desviadas,  de las establecidas en las leyes, la ética y la moral (la costumbre), provocando en el individuo, el aislamiento, el saberse solo y a sus fuerzas (el “cada quién para su santo”), y en conjuntos de individuos, el abandono de la cooperación en beneficio de todos, sustituida ésta por el pillaje en perjuicio del colectivo, del resto de la sociedad (pillaje… ¿le suena?).

Tal vez La Patria (la señora de la portada de los libros de texto gratuitos), pudiera padecer anomia y nadie la lleva al doctor. Eso está feo. A lo mejor no, pero una checada no estaría mal.

Nuestro Presidente de la república trabaja (mucho), con la mejor de las intenciones y por sus creencias personales (nos gusten o no sus intenciones y sus creencias: al del teclado, algunas le parecen a todo dar, otras le dan calambres; algunas le parecen ingenuas, otras, pose; y hay unas cuántas que de plano no le cree, comprendiendo que las debe sostener para echar a andar su proyecto de nación… nótese el “su”, por favor). Pero, la rectitud de sus propósitos está fuera de duda.

Nuestro Presidente, ya con todo el herramental del poder (ya en La Silla), debe haberse llevado un susto mayúsculo al ver el surtido rico de problemas, barbaridades, desatinos y disparates, salseados en un espeso caldo de corrupción por acción y omisión, que constituyen la cosa pública en México. Y asumió el carácter de Bombero Nacional. Chin…

Haga usted una lista mental de quebraderos de cabeza: la inseguridad pública (pues aunque se autoasignó tres años de plazo, el tiempo se va volando y la cuenta de muertos, secuestrados y desaparecidos, no para de crecer); los charcos de corrupción que hay a lo largo y ancho del país (algunos tirando a lagos); el sector magisterial que aprieta sin piedad (con no pocas buenas razones), sabiendo que si son pacientes y educaditos, se los vuelve a llevar la corriente; conseguir abasto de combustibles para todo el país (que la escases cada vez menos se explica como consecuencia de la lucha contra los huachicoleros); pensar en cómo le hace para impedir el robo de electricidad, mayor que el de combustibles (y no se puede bajar el “switch”); recuperar el control de las vías férreas, puertos, aduanas; lidiar -a ver cómo-, con el EZLN, que le va a reventar el tren Maya; las metidas de pata de algunos de su gabinete; los silencios obsequiosos -y culposos- de algunos miembros de su gabinete; y encima, en sus giras de trabajo tiene que calmar a la gente y pedirles que dejen de gritar majaderías contra algunos gobernadores (ya le pasó en Oaxaca, Guerrero, Estado de México), pidiendo entiendan que ya terminó la campaña, que ya tienen el poder, que ya es tiempo de unidad, fraternidad, tolerancia… pero después de años enseñándole a la raza a detestar a la mafia del poder, tampoco es tan fácil.

Y de remate la anomia que no podemos negar: la mayoría compuesta por los no pertenecientes a la casta del privilegio, saben que a las derechas, tal vez, con suerte, lograrán un empleo con prestaciones sociales con un salario que les permita llegar no muy deteriorados al momento de entregar su alma al Creador; la preparación, el estudio, las habilidades, la laboriosidad y la honestidad, no aseguran nada en este país nuestro; ese es el mérito de la inmensa mayoría de la población que se comporta dentro de los parámetros de lo aceptable: lo hacen a palo seco, sin la motivación de que en su país la vida recta asegura bienestar. Y al mismo tiempo los no muchos pero no pocos, que recurren al saqueo y el pillaje en la primera oportunidad que se les presenta.

Este su texto servidor no sabe qué se hace en estos casos, pero sí tiene la certeza de lo que NO se hace, porque es tomar la ruta corta al desorden realmente generalizado (que no sufrimos desde que terminó la Revolución):

No se puede exentar explícitamente de la ley a nadie (sí, se hace, pero no se dice), la impropiamente llamada amnistía, que otorgó el Presidente a todo acto de corrupción no denunciado antes del 1 de diciembre de 2018, debe suspenderse, con y sin explicaciones (y eso incluye no justificar por ningún concepto los actos de rapiña, ni la comisión de ningún delito).

No puede haber intocables. Si nuestro Presidente los toca, se va a llevar la sorpresa doble de que no eran amenaza ninguna para el Estado y que la gente va a delirar por él. Pero, ojo, mucho ojo: a las derechas, que el tenochca simplex nace con el olfato muy desarrollado para detectar la trampa y la farsa oficial.

Eso o el Diluvio.

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