La Feria: El país de cabeza

Sr. López

De la familia materno-toluqueña, tío Chucho y tía Beba (se llamaba Hortensia, lo de “Beba” nadie sabía de dónde salió), abrigaban severas dudas acerca del estado que guardaba la otrora tan importante membrana de su hija mayor, Pepina, siendo como era en aquellos idos tiempos (ya no, ¡bendito sea Dios!), sello de garantía, certificado de virginal pureza indispensable entonces para que una mujer no fuera “de esas” y por tanto, tuviera posibilidad cierta de poder casarse, llenarse de hijos, engordar, portar cornamenta, ser abuela y morir con fama intacta de señora decente. Si no fuera de mal gusto, de Pepina podría decirse que en su entrepierna no había problemas, sino de tránsito. Siendo tan delicada la materia y creciendo la angustia de sus papás, finalmente hablaron con ella de la manera menos ofensiva que pudieron, solicitando informes sobre la subsistencia en su anatomía del frágil tejido del que dependía su honorabilidad y, cosa rara en Pepina, metió la pata, al exhibir de inmediato un certificado médico en que se hacía constar su intocada virginidad. Ardió Troya, porque como bien dijo tío Chucho: -No hay señorita que ande pidiendo certificado de que lo es –tenía razón. Igual, ya grandecita, se casó, se llenó de hijos, engordó, portó cornamenta, fue abuela y al morir ni quien se acordara del tropel que tan entrañablemente trató de joven.

La desgracia del helicóptero que se desplomó el día 24 pasado, en el que murieron cinco personas, entre ellas la gobernadora de Puebla, Martha Erika Alonso y su esposo, el exgobernador y senador Rafael Moreno Valle, ha dado pie a que se calumnie de la peor manera al gobierno federal. El Presidente de la república ha rechazado la acusación y ha ofrecido que la investigación la realicen instituciones extranjeras. Y eso es la mejor prueba de que sí es posible que no se trate de un accidente. Nadie pide un médico forense extranjero para revisar a causa de qué falleció su abuelito de 97 años. Ha lugar a la sospecha.

Sin embargo, la pública enemistad política del Presidente con ese matrimonio, no alcanza para suponer, ni lejanamente, que es un asesino. Es una bajeza y oportunismo del peor.

Dicho eso, ratifiquemos: ha lugar a la sospecha, particularmente porque en México, últimamente, no es raro el asesinato de personas relacionadas con la política. Un poco de memoria:

Solo en el proceso electoral 2018 que culminó en las elecciones de julio pasado, fueron asesinadas 110 personas (69 políticos, 13 candidatos, 28 precandidatos), aparte hubo 382 agresiones contra políticos, incluidos 14 secuestros de políticos y 47 secuestros de familiares de políticos. Los partidos más afectados fueron: PRI, 37 asesinados; PRD, 18; PAN, 13; Morena, 9; los demás son de coaliciones o partidos misceláneos (informe de septiembre de 2017 al 2 de junio de 2018: “Violencia Política en México 2018”, elaborado por Etellekt Consultores, publicado por Politico.mx el 4 de junio de 2018).

En cualquier país civilizado semejante cifra tendría encendidas las más rojas luces de alerta: algo muy grave está pasando. Y ahora, esto: una Gobernadora, un Senador.

No abona a tranquilizar la situación el uso cada vez más extendido de la violencia verbal, aun “con el debido respeto”.

El Presidente ayer habló de que es tiempo de canallas. Sí es. Pero no es al Presidente al que corresponde subirse al ring. Se entiende porque es así su estilo después de aguantar decenios las embestidas del Poder. Ya no. Ahora él es Poder: sus palabras tienen otro peso.

Gabriel Zaid (Reforma, 24 de junio pasado), publicó una lista de los insultos o descalificaciones que solía usar en entonces candidato y hoy, Presidente de todos los mexicanos:

 “Achichincle, alcahuete, aprendiz de carterista, arrogante, blanquito, calumniador, camajanes, canallín, chachalaca, cínico, conservador, corruptos, corruptazo, deshonesto, desvergonzado, espurio, farsante, fichita, fifí, fracaso, fresa, gacetillero vendido, hablantín, hampones, hipócritas, huachicolero, ingratos, intolerante, ladrón, lambiscones, machuchón, mafiosillo, maiceado, majadero, malandrín, malandro, maleante, malhechor, mañoso, mapachada de angora, matraquero, me da risa, megacorrupto, mentirosillo, minoría rapaz, mirona profesional, monarca de moronga azul, mugre, ñoño, obnubilado, oportunista, paleros, pandilla de rufianes, parte del bandidaje, payaso de las cachetadas, pelele, pequeño faraón acomplejado, perversos, pillo, piltrafa moral, pirrurris, politiquero demagogo, ponzoñoso, ratero, reaccionario de abolengo, represor, reverendo ladrón, riquín, risa postiza, salinista, señoritingo, sepulcro blanqueado, simulador, siniestro, tapadera, tecnócratas neoporfiristas, ternurita, títere, traficante de influencias, traidorzuelo, vulgar, zopilote”.

Ahora la fallida semántica de mezquino y canalla; y la insistencia en que México está dividido en dos frentes: los conservadores y los de Morena, el pueblo. Esa lucha terminó en el siglo XIX. No conviene reabrir heridas que costaron guerras y ríos de sangre. Además: no es tiempo de caudillos y si lo fuera, los EUA se encargan de reventar cualquier intención de apropiarse políticamente de México: es contra sus intereses. A ver si se entera Morena: es muy fácil desatar el incendio y que México entero se arruine. No es así ni por ahí.

Y con la pena don Monreal, el Presidente de este país tiene la obligación de guardar la compostura y dejar pasar, eso, precisamente, dejar pasar los ataques injustificados. El idioma idóneo del poder son los hechos. La aún PGR, Gertz Manero, debería plantar cara a las infundadas calumnias. No el Presidente.

Ahora, a resultas de los ataques (injustificados), que recibió la Suprema Corte, ya llama un supuesto morenista (Armando Monter), a encadenar la Corte, pues, según él: “Tenemos que lograr que se destituya de manera permanente a los delincuentes vestidos de ministros, a esos corruptos delincuentes que se hacen llamar ministros”. Bueno, uno estaba esperando la república amorosa.

Foto: Agencia Reforma

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