La Feria: Flautas o tamales

Sr. López

Este menda recibió lecciones prácticas de la democracia a la mexicana desde su más tierna (?) infancia. El subcomandante Víctor, siempre que íbamos al cine, al salir preguntaba qué queríamos cenar: si flautas o tamales, las primeras en la Imperial, que eran de chuparse los dedos, delirio del Subcomandante; los segundos en La Flor de Lys, que era la preferencia de la comandante Yolanda (la Imperial le daba asco y sí, daba, pero ¡qué delicia!). Recurría el Subcomandante a esa triquiñuela, sabedor de que su prole siempre decía “¡flautas!”… y “bueno, es lo que quieren los niños”; pero el precio era aguantarle la cara de “me voy a vomitar” a doña Yolita, por lo que casi siempre acabábamos en los tamales. ¿Para qué nos preguntaba?

Referendo, plebiscito, consulta popular… la votación directa de la ciudadanía para decidir algo de interés nacional, puede ser un legítimo ejercicio democrático o una farsa. Cuando es un legítimo ejercicio democrático puede adoptarse una decisión imbécil o sabia; y a veces siendo una farsa, lo mismo. No hay garantías.

Lo que habría que revisar es si votar es un derecho indiscutible de todos los ciudadanos, pues por lo menos, habría que determinar primero si el que va a votar, aparte de respirar con regularidad y haber sido parido en suelo patrio, cumple con sus deberes de ciudadano, para poder ejercer los derechos correspondientes. Pero es una melena tan enmarañada que nadie se atreve a tocarla. Que voten todos, total.

No son pocos los ejemplos de dictadores y autócratas con afición por los referendos: aparentan legitimidad.

La alimaña de nombre Fito Hitler, los usó varias veces. Cuando se le antojó juntar en su personita los cargos de Canciller Imperial y Presidente, convocó a un referendo realizado el 19 de agosto de 1934, que ganó con la votación más baja que nunca tuvo desde que fue dictador, apenas el 88.1% (es que votaban judíos y otros grupos étnicos alemanes, razón por la que en 1935 emitió -legalito-, las leyes de Nuremberg, que les quitaron el derecho a votar). También ganó el referéndum en Austria para su anexión a Alemania… después de invadirlos.

Otro batracio amigo de referendos, fue Pancho Franco, dictador de España por Gracia de sus calzones. En 1945 promulgó la Ley de Referéndum: luego, en julio de 1947 sometió a referendo la Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado, en la que -ingenioso él-, se autonombró Jefe de Estado vitalicio (y el 89,86% del pueblo sabio la aprobó). También mediante referéndum, en diciembre de 1966, el 98.01% le autorizaron la Ley Orgánica del Estado, dando a Pancho poder para nombrar al Presidente de España y le aprobaron el “contrafuero”, para anular actos legislativos que pudieran vulnerar a su partido (el Movimiento Nacional), o las leyes que le hubieran salido del forro de su sacra voluntad (gónadas). Legalito.

Pinochet realizó una consulta popular el 4 de enero de 1978, contra la resolución condenatoria de la ONU que le urgía a celebrar elecciones. Contados que fueron los votos, el golpista, asesino y dictador, llamó a la prensa y declaró: “(…) después de este resultado se acabó el problema de pensar en llamar a las elecciones. Ahora, a trabajar, señores, sin pensar en esas cosas”… y lo dijo montado en el 81.1% de votos libres del pueblo chileno a favor de que el engendro ese siguiera de dictador. Luego de diez años, en 1988, perdió el referendo para seguir en el poder hasta el 11 de marzo de 1997 (¡chin!… por confiarse).

Otro señor que no es ejemplo de democracia como la entiende el planeta, Fidel Castro, estableció en el último artículo -el 137- de la Constitución que dictó el 24 de febrero de 1976, que el cambio de Constitución solo podía aprobarse por referendo; luego en 2002, convocó a una consulta popular de tres días de duración (del 15 al 17 de junio de ese año) para decidir si el régimen socialista era inmutable y para siempre. Castro mandó instalar en toda Cuba 129,523 centros de votación para que se pronunciara nominalmente la totalidad de la ciudadanía, de la que el 99.25% le aprobó la puntada. Derecho.

En 1945, ya acabando la Segunda Guerra Mundial, Churchill propuso un referéndum para que siguiera o no, el gobierno de coalición establecido durante el conflicto. Su principal opositor, Clement Attlee le dijo que no, porque según él los referendos eran “un dispositivo de dictadores y demagogos”; Attlee renunció al gobierno, se presentó de candidato y ganó la elección de Primer Ministro. “Sorry, Wilson”.

También ha habido referendos muy decentes. Sirvan los anteriores ejemplos para que quede claro que no es necesariamente democrático ni obligadamente sensato, lo que se decide por referendo.

La consulta sobre el aeropuerto de la capital del país (¡ya chole!), la defienden algunos testigos de Morena, diciendo que en Alemania mediante referéndum, se decidió mantener en funcionamiento el aeropuerto de Tegel y sí, pero no así; en primer lugar porque para celebrarlo, llenaron todos los requisitos de la ley de allá; en segundo, porque no se consultó si se hacía o no, o dónde, sino solo si se clausuraba o no un aeropuerto ya existente, después de inaugurar otro (el “BER Willy Brandt”)… y la autoridad advirtió clarito que conforme a la ley, no tenía carácter vinculante el resultado del referendo. Es una opinión, nada más. El gobierno decide y asume su responsabilidad.

La consulta planteada siembra dudas fundadas sobre el estado que guarda el sistema nervioso central de sus organizadores: votará un máximo del 1.1% de la ciudadanía (un millón de boletas, cuando el padrón electoral es de 89’332,031 personas); machacan que el resultado será vinculante, que se hará lo que resulte de la consulta, que ellos no temen al pueblo… pero, después de tomada la decisión, mandarán a hacer el estudio para saber cuatro meses después, si es viable técnicamente combinar Santa Lucía con el aeropuerto actual. Eso es consultar algo que no se sabe si se puede hacer.

Era más serio lo de flautas o tamales.

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