La Feria: La Bella y la Bestia

Sr. López

Ya alguna vez hemos comentado el extraño caso del increíble y raro modo de ser de los hijos de esta nuestra risueña tierra que es cuna de hombres cabales. ¡I’iñor!

El inicio del gobierno federal en funciones, ha obligado a desempolvar parte del repertorio de eufemismos que usamos para guardar las apariencias, y que el neoliberalismo de todos tan odiado (¡fuchi!), por poquito consigue sepultar entre hamburgueserías yanquis, tenis “naiki” (diga así “Nike”, no sea naco), aficionados al patinaje sobre hielo, el fut americano y los partidos de básquet de la NBA.

La prensa en particular se ha dado vuelo, mostrando su capacidad de adaptación casi instantánea al régimen político, dejando claro que todos respetamos a nuestros “pueblos indígenas”, que en el “nuestros”, ya es insulto, aunque los más sofisticados les llaman “pueblos originarios” y los superan los que están bien actualizados y agregan a los “pueblos afro mexicanos”. ¡Padre!:

“Emotiva ceremonia indígena para AMLO en México… los mexicanos nunca antes habían visto tanta cercanía entre un mandatario y los indígenas tras una toma de poder (…)”. ¡Zaz!

Y se queda pensando este López en cuándo dejó de ser indígena mexicano, porque indígena es hasta nuevo aviso, el nativo de un país, por lo que vienen a ser tan indígenas el nieto de español, Andrés Manuel López Obrador (su abuelito, José Obrador Revuelta -no Revueltas-, era de Ampuero, un municipio chiquito en Cantabria, al norte de España), como su esposa, doña Beatriz Gutiérrez Müller, de sangre alemana por el lado de sus abuelitos maternos (Adolfo Müller y Bertha Bentjerodt), y ambos, nacidos, oriundos de aquí y en pleno goce de sus derechos, resultan ser tan indígenas como Moctezuma Xocoyotzin (hijo de Axayácatl e Izelcoatzin), faltaba más.

Lo que sucede y todos sabemos, es que “indio” no se puede decir, honrando nuestra afición a los eufemismos que, bien vistos, son majaderías. Sí, así somos: después de cuatro siglos de machacarle a los indios en la cara que eran inferiores por serlo, la triunfante Revolución Mexicana parió el indigenismo (“Documentos fundamentales del indigenismo en México”, José del Val y Carlos Zolla, UNAM, 2015), y ya tan temprano como 1921 (creación de la SEP), se puso en funcionamiento el Departamento de Educación y Cultura para la Raza Indígena (y en 1926, la Casa del Estudiante Indígena), sin decirles que el objetivo, disfrazado de hermandad y reconocimiento al alto valor que se les reconocía, era para (documentos oficiales): “anular la distancia evolutiva que separa a los indios de la época actual, transformando su mentalidad, tendencias y costumbres, para sumarlos a la vida civilizada moderna e incorporarlos integralmente dentro de la comunidad social mexicana” (¡ah, caray!, como del ideario “El Buen Nazi”).

Cárdenas, luego, creó el Departamento Autónomo de Asuntos Indígenas; Alemán lo rebautizó como Instituto Nacional Indigenista, hoy Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas (mayo de 2003), sin que nadie recuerde que “Tata” Lázaro, en el discurso inaugural del Primer Congreso Indigenista Interamericano -Pátzcuaro, 1940-, habló del “respeto al indio y a su cultura”, pero agregó “la necesidad de mexicanizar al indio”, siguiendo la tradición del siglo XIX de liberales juaristas y positivistas porfiristas, que en eso coincidían, definiéndolo como “problema indígena”, cuya solución pasaba por “procesos de integración a México” que requerían “un programa de asimilación social y cultural que en principio los castellanizara” (¡’Heil Hitler’!)

Sí, de Juárez a antier, el proyecto fue (¿es?) de ingeniería social, con el maquillaje actual de respeto a ultranza y admiración con baba.

Pasa el tiempo y siguen en el abandono, en el retraso… pero les decimos bonito y acto seguido, los volvemos a olvidar y decirle a alguien “¡indio!”, sigue siendo insulto… y la verdad, la verdad, nos importan un comino y por eso el mestizaje viene a ser su casi única escapatoria. “Emotiva ceremonia indígena”… todo dar.

Cómo es posible fingir tanto en este nuestro querido país, es cosa que desconoce este menda -y si es igual en otras naciones-, pero sí consta a su texto servidor, auténtico indígena mexicano, que usamos el eufemismo como sustituto de la verdad o anestésico de la conciencia social. Van unos ejemplos:

Escribió Luis González de Alba (Nexos, 1 junio, 1999): “De pronto (en México) desaparecieron los coches usados, ya sólo se anuncian ‘autos seminuevos’; no hay ciegos, sino invidentes; no existen los cojos, los mancos ni mucho menos los inválidos: se volvieron primero discapacitados y finalmente minusválidos; los negros son “personas de color”, como si no tuviera todo el mundo algún color; los abortos son ‘interrupciones del embarazo’”.

Y Adrián Chávez (“De eufemismos o por qué México es un gran memorándum”; La Hoja de Arena): “Cada vez que un funcionario a media conferencia, menciona a una persona ‘con capacidades diferentes’, yo pienso en el Hombre Araña”… pues sí: eso es tener una capacidad diferente, que ser ciego es carecer de una capacidad y triste remedio es decirles con palabras de reciente cuño, como si fueran bálsamo (y no sirven de nada aparte de calmar el ansia de ser correctos).

Sigue Chávez: “Luego, los ‘adultos en plenitud’. Suena muy bonito, pero tenemos derecho a que alguien nos explique qué demonios tiene que ver la vejez con la plenitud. ¿Plenitud de años? ¿De arrugas?.. ¿De vida? No estadísticamente, al menos. Quienes inventaron lo de la tercera edad siquiera tenían talento poético, aunque fuera poco (…)”

Por eso a este junta palabras le parecen una burla las rampas en cada esquina para que las personas que van en silla de ruedas, suban a banquetas que son un reto para un deportista olímpico… pero la autoridad y la ciudadanía pedestre, quedan con el alma en paz: ya los cuidamos. Sí como no.

Lo serio es que así se manejan los asuntos públicos y se edulcora tanto la realidad, que resultan lo mismo la Bella y la Bestia.

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