La Feria: Los de arriba

Sr. López

Hoy es Nochebuena y mañana, Navidad. ¡Qué bonito! Noooche de paz, noooche de amor. ¡Felicidades!

Nuestro país pertenece al amplio mundo cristiano, constituido por la Iglesia Católica, compuesta por 24 iglesias autónomas (“sui iuris”, independientes según su ley), la romana -la más común que no única en México-, más 23 iglesias orientales -maronita, copta, caldea, etc.-,  todas católicas y todas (casi) con los mismos dogmas, pero con su propio gobierno en lo tocante a rito y disciplina (por ejemplo, por decir algo: en las iglesias maronita de Líbano y copta de Egipto, hay sacerdotes casados… y tan frescos); y son también cristianos todos los que llamamos protestantes -luteranos, calvinistas, anglicanos, metodistas… y muchos más-; como sea, los cristianos son más de la tercera parte de la población mundial y a todos se desea, sinceramente, celebren la Navidad en paz y concordia.

En nuestro país, como en todas partes, habrá cenas de postín y otras modestas, muy modestas. No importa, basta con que las familias se reúnan y se regalen afecto.

La Navidad en nuestro país se celebró por primera vez en 1526. Los frailes franciscanos (Pedro de Gante a la cabeza), se encontraron con que los aztecas celebraban en el solsticio de invierno -que cae más o menos en 25 de diciembre-, el nacimiento de su principal dios, el del Sol y la guerra, el terrible Huitzilopochtli (cuyo templo más importante estaba en un lugar que se llamaba Huitzilopochco, que andando el tiempo, por problemas de pronunciación, acabó en Churubusco), invitándose unos a otros a sus casas, regalándose “tzóatl”, que era amaranto con miel (las “alegrías que les decimos ahora).

Los frailes propusieron a los aztecas, mejor celebrar el nacimiento de un niño redentor, personificación de la bondad; la idea cayó bien (digo, don Huitzilopochtli exigía sacrificios humanos, que promediaban al año unos 20 mil infelices destripados para tener contento al señorcito; francamente estaba mucho mejor hacer pastorelas, cantar villancicos y romper piñatas). La cosa pegó y Gante se lo contó en una carta al rey de España, Carlos V (hoy, marca de chocolate).

La iglesia católica a su vez, estableció el 25 de diciembre para festejar el nacimiento de Jesús, porque los romanos, desde el año 217 antes de Cristo -más o menos, vaya usted a saber-, celebraban las fiestas Saturnales (‘Saturnalia’), en honor a Saturno su dios de la agricultura, pues ya terminada la siembra de invierno, se dedicaban a la pachanga y nadie trabajaba siete días seguidos, del 17 al 23, muy contentos todos por el “renacimiento” del Sol (en invierno -en el hemisferio Norte-, los días son más cortos, con menos horas de Sol, cosa que empieza a cambiar más o menos ese día -es variable-, por lo que el peladaje latino estándar recuperaba el aliento: ya se iba el frío, volvería a dar fruto la tierra).

La fecha precisa de la noche del 24 al 25 de diciembre -como inicio de los días con más Sol-, la fijó Julio César (cuando implantó su calendario, que por eso se llama juliano, aunque la verdad es que se lo copió a los egipcios). El calendario actual lo mandó a hacer un papa, Gregorio XIII en 1582 porque el juliano tenía un error de poco más de once minutos al año, que se fueron acumulando hasta que las fechas ya tenían un error de 10 días de adelanto, lo que provocaba un despelote para fijar las fechas de las celebraciones religiosas (el Papa contrató a un tal Cristóbal Clavius, astrónomo y jesuita, que estudió bien la cosa y la arregló con los años bisiestos y quitando de golpe 10 días: los que se acostaron la noche del jueves 5 de octubre de 1582 amanecieron en viernes, sí, pero del 15 de octubre de 1582), y por eso se llama calendario gregoriano. Por cierto, hasta 1752, la Gran Bretaña y los EUA, siguieron con el calendario juliano, por aferrados que son (¡170 años neceando!).

Da lo mismo, el caso es que como no hubo modo de que los romanos dejaran la pachanga, la iglesia empezó a decir desde por ahí del siglo III después de Cristo, que el 25 de diciembre había nacido el niñito Jesús…y de a poquitos, se implantó la idea. Está bien.

Como dato curioso: en la Gran Bretaña, por la muina que traían contra Roma y el Papa, en 1647 prohibieron celebrar la Navidad, hubo motines, descalabrados y algunos fiambres (¡se ve, se siente, la Navidad está presente!… ¡navideños, unidos, jamás serán vencidos!), como la cosa no enfriaba, en 1660 levantaron la prohibición. Y en los EUA, en Boston, se declaró ilegal celebrarla de 1659 a 1681; en Nueva Inglaterra, sin hacerlo ley, también la rechazaban y no festejaban la Navidad; la cosa estuvo peor cuando se independizaron, porque les molestaba esa “costumbre inglesa”, pero, a la gente no hay quien la dome y ya ve, ahora los yanquis son los que con más entusiasmo la celebran.

Este su texto servidor, refractario a la publicidad y bárbara comercialización de lo que cada vez es menos una celebración religiosa, impermeable a la televisada ternura postiza, se rehúsa a desear paz y amor a todos, particularmente en esta Navidad de 2018 -disculpe las molestias que esto le ocasione-, pero hay quienes no merecen tener la conciencia tranquila.

Sin desearle el mal a nadie, no es para tanto -casi nada es para tanto-, a esos no muchos pero no tan pocos, que se atragantarán de viandas y manjares, licores y champaña, entre boato y lujos pagados con dinero mal habido del erario, no les puede uno decir ¡felices fiestas!… no tienen derecho, flotando inconscientes sobre mares de llanto, cómodamente instalados sobre pilas de pobres, sordos al rechinar de dientes de padres y amigos de enfermos sin atender por falta de presupuesto. No, no todos deben pasar una feliz Navidad. Al menos los que tienen obligación de evitar el sufrimiento evitable y no cumplen.

Y sin ninguna mala fe: ojalá el Presidente dé marcha atrás con lo de los despidos masivos que en nombre de la austeridad republicana están haciendo en algunas dependencias. No era con ellos, era con los de arriba.

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