La Feria: Metiches

Sr. López

Tía Casta (Cástula, pocos lo sabían), era altota, brava, de pelo en pecho y pistola al cinto (nomás en Autlán; en la ciudad la guardaba en el bolso: revólver Long Colt, calibre 45: un cañón). Tuvo tres hijos hombres, ella se decía viuda -los viejos sabían que no era cierto-, y los hijos eran tan diferentes que no cabía duda: cada uno tuvo diferente hechura. Tía Casta también tuvo fortuna (mucha), comerciando con granos. Fatalmente, al término de la Revolución, se encarriló el gobierno y se vio obligada a llevar cuentas y pagar impuestos (algo, poco). Puso de contador a un señor de Guadalajara, decentísimo. Los hijos, ya grandes, le daban quebraderos de cabeza, no por malos, que no eran (y la adoraban), sino más bien… para que me entienda, en el pueblo les decían “los Juanes”, por “Juan Charrasqueado”, el del corrido (letra y música de Víctor Cordero Aurrecoechea, como es bien sabido). Una tarde, terminando de meterles una bronca luciferina por algo que habían hecho, el decentísimo contador le ofreció de buen modo y mejor intención, dar algunos “consejos morales” a sus hijos, y tía Casta, echando lumbre por sus ojos verdes, le dijo casi rechinando los dientes: -Usted, los números; yo, mis hijos; ¡viejo metiche! –en su vida volvió a abrir el pico el decentísimo contador.

Este lunes el inminente Presidente de la república (Notimex, Animal Político), presentó la convocatoria para crear la Constitución Moral de México, “(…) que funcionará como ‘una guía de valores’ que impulse a adoptar nuevas prácticas y estimular mejores patrones de conducta en la población mexicana”; y su fundamento serán valores democráticos, laicos y republicanos, cuyo actor principal será una ciudadanía informada y participativa” (sic).

Designó como “Comité Organizador de la Constitución Moral” a: Verónica Velasco Aranda, Enrique Galván Ochoa, Jesús Ramírez Cuevas y José A. Ortiz Pinchetti (no dará un teclazo este menda respecto de las prendas de los integrantes del Comité, para tal encomienda; uno no es nadie para andar metiéndose).

El mismo día, publicaron las bases (seis puntos), para que participe el que quiera del 3 de diciembre de 2018 al día 30 de abril de 2019. Ya el 31 de julio de 2019, en una convención se aprobará el texto final. A la moral por votación, ¡padre!

El punto 3 de las bases, reza: “Las aportaciones deberán referirse, no limitativamente, a la Cartilla Moral de Alfonso Reyes; a) Respeto a nuestra persona. b) Respeto a la familia. c) Respeto a la sociedad. d) Respeto a la patria. e) Respeto a la especie humana. f)  Respeto a la naturaleza. ”… mmm, ya empezamos.

En el punto 4, dan permiso de “presentar nuevos ‘respetos’ para ampliar el catálogo ético” (sic que se aguanta la risa).

Don Alfonso Reyes, de todos los respetos de este vulgar López, fue una de las plumas mejores del México del siglo pasado (con no tantos lectores, dada la altitud de su verbo). Hombre refinadísimo, culto de dejar boqueando al más pintado. Su padre, el General Bernardo Reyes, porfirista de tomo y lomo, fue uno de los dos organizadores del golpe de Estado contra Madero -la Decena Trágica-; y uno de sus hermanos participó en el gobierno de Huerta. Don Alfonso, prudentemente, en 1913 se fue a vivir en la embajada mexicana en París y se quedó 10 años en España (1914-1924).

Don Alfonso, por encargo del secretario de Educación Jaime Torres Bodet (otro gigante), escribió en 1944 un ensayo que llamó “Cartilla Moral”, que si pudiera resucitar, la destruía: fue el patinazo más feo de su impecable vida intelectual. Pero… chamba es chamba. Da muy buenos consejos, sí, como de abuelito bonachón.

Seamos prudentes: tomar como modelo de la “Constitución Moral” la Cartilla de Reyes es una cómica barbaridad. Don Alfonso confundía ética y moral, para abrir boca (él y muchos). El señor no era filósofo, ni teórico del derecho. Era un cultísimo y casi insuperable ensayista, que dominaba la lengua nuestra y varias más, que sabía todo de la buena mesa y vinos. Leerlo es un placer. Nada más.

La confusión entre ética y moral es cortesía de Cicerón (siglo I antes de Cristo, ni piense en tuitearle una majadería), quien tradujo al trancazo el “ethikós” griego como igual al “mos, moris” latino, que se refiere a la costumbre (“mos maiorem” es “la costumbre de los mayores”, de los ancestros), y de ahí salió la española moral.

Como muchas normas éticas coinciden con las morales, pues se quedó el error; pero a veces, no; por ejemplo: la “vendetta” italiana, la venganza a ultranza, es moral y obligada para los que tienen esas costumbres, pero no es ética. Igual la poligamia, aceptada en no pocos lugares y nada ética (ni práctica, ni económica; cada quien). Y antes, la esclavitud… ni Jesucristo se atrevió a ir contra esa costumbre, que no es ética.

La diferencia importa. Creer que la ética trata de la moral, es ponerse en riesgo de caer en un monopolio de la verdad. La distinción está en el objeto de la norma: la ética aplica al sujeto individual; la moral (la costumbre), al grupo que vive con esas normas.

Si se va a hacer una “Constitución Moral”, también hay que andarse con cuidado con la palabra “constitución”, que tiene varias acepciones, entre otras, el conjunto de caracteres específicos que forman, constituyen algo (la constitución del deportista), pero también es ordenanza, estatutos, ley suprema de un Estado que norma las facultades del gobierno y  limita los derechos y libertades de los ciudadanos. Importa.

Y lo de los “respetos”, bueno, respeto es acatamiento, veneración, deferencia y miedo (recelo). Que les llamen de otro modo, principios, recomendaciones… que le busquen.

Sería mejor que nada más nos gobernaran el país, dejando para mejor ocasión semejante berenjenal. Tienen más de 3,400 años los 10 Mandamientos… y ya ve.

Que nomás nos gobiernen, con ética, con derecho positivo, con leyes debidamente aprobadas por el Poder Legislativo; que la Secretaría de Educación haga un buen curso de civismo y dejen nuestra moral en paz. Metiches.

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