La Feria: Ni su lana es

Sr. López

 

El matrimonio ideal fue el de tío Agustín y tía Josefina. Nacieron el uno para el otro. Para un diabético era de alto riesgo su cercanía, empalagaban… todo era “sí, Agustín”, “como tú quieras Jose”… “mi vida” era lo más seco que se decían (para decirle “nenita” a una señora de 68 años, con la misma medida de cintura y estatura, se necesita de veras estar muy enamorado). Y una vez, sin darse cuenta, para diversión de todos los presentes, empezaron a discutir las reglas de acentuación de las palabras y casi acaba en tragedia la cosa (tío Agustín aventó su silla contra la pared, horrible). Los serenó el tío Armando (que fue el que empezó la discusión), preguntándoles por qué era tan importante para ellos que las palabras agudas terminadas en “s” o vocal, llevaran tilde o no llevaran. Y entre risitas de pena… otra vez a su charco de miel. No era para tanto.

Lo hemos comentado antes (no es plural mayestático, es suponer que se cuenta con al menos un atento lector que reflexiona para sí mismo al leer lo que teclea este menda; no es mucho suponer); lo hemos comentado antes, repito: un extranjero con menos de una semana de haber llegado a México, leyendo nuestra prensa concluiría que somos un país de rigurosa ciudadanía en hervor; y si ese mismo extranjero, aparte de leer la prensa escrita, viera los noticieros o programas de opinión de la televisión, creería que se trata de noticias de distintos países al mismo tiempo. Y luego, al mes: se vuelve loco. México es varios Méxicos a la vez y son especie en extinción los ciudadanos que confían en los medios de comunicación, que existen para regocijo de políticos y similares. La verdad.

Por eso hay tanta nota de baba. Nadie pierde lectores que no tiene. Vea nomás algunos “trepidantes” asuntos recientes: el estado civil del expresidente Peña Nieto; la acusación de corrupción contra Romero Deschamps; que no nos calienta ni el Sol la situación política de Venezuela; que se nos estalla el pecho de orgullo porque el gobierno da visas temporales de trabajo a migrantes; que estamos rezando rosarios a rodilla para que le alcance el presupuesto al gobierno y, entre otros muchos temas que no son tema para la inmensa mayoría de los tenochcas simplex: que tenemos el alma en vilo por la sentencia del Chapo y reventando de gusto porque el Fondo de Cultura Económica va a vender libros de a 8 pesos… ¡padrísimo!

El colmo del surrealismo noticioso mexicano fue la amplísima cobertura que dieron los medios electrónicos, digitales e impresos al informe presidencial… de Trump. ¡Hágame usted favor!

Aparte de cosas tan importantes como el futbol, el “Super Bowl”  (ahí haga su encuesta para saber cuánta gente sabe qué significa “Super Bowl”), o cuántos Oscar recibirá “Roma”, la verdad es que al tenochca regular (hay clase Premium), le importan un reverendo y serenado cacahuate los grandes asuntos que destacan los medios de comunicación. Y después de que pusieron a Andrés Manuel López Obrador en la presidencia, menos, porque él se encargará de todo, nomás es cosa de aguantar el tirón y ser pacientes; y paciencia en este país, sobra, nomás piense que le tuvimos paciencia 80 años al PRI (y le dimos un tiempo extra de seis años); que se le sigue rezando a San Juditas -y ni milagros hace-; que no se nos agota la reserva patria de paciencia con la selección nacional de futbol, que por algo cotiza como cotiza: porque todos vemos sus partidos, con esperanza de que… ¿de qué?, a ver dígame… ¡ah! si la paciencia se incluyera en el PIB, superaríamos a la Unión Europea, los EUA y China (juntos).

Así somos y no nos molestan los falsos debates que dominan en la opinión publicada, por más importantes que sean. Y son falsos debates no porque sean temas insulsos, sino precisamente porque no son motivo de controversia, discusión ni indignación o lucha: solo los políticos novatos se preocupan en serio por lo que se publica de ellos, los que le saben a su oficio, están siempre tranquilos: no hay asunto por grave que sea, que no se apague sin resolverse.

Por eso, entre otras cosas, se recurre a marchas, plantones y protestas: no suele ser efectivo ejercer el derecho de petición (por escrito de manera pacífica y respetuosa, como manda el artículo octavo de nuestra sufrida Constitución), ni papalotear un asunto en prensa o en la televisión en horario triple A, no: hay que incomodar a muchos para que el gobierno haga algo… porque no hay escándalo que no se aguade en cosa de días.

No dude, a ver, dígame usted qué pasó con la muerte de la gobernadora de Puebla y su marido… con la muerte de decenas de candidatos a cargos públicos el año pasado… con las pérdidas de las Afores que invirtieron en el aeropuerto de Texcoco (¿cómo que cuáles pérdidas?… ¿ya ve?). No pasó nada. Ni pasará.

Pronto olvidamos o pronto hacemos concha: el desabasto de combustibles sigue y ya no es noticia, como las erupciones del Popocatépetl que al principio traían con hipo al país entero y ahora son parte del paisaje (“alerta amarilla, fase 2”, y no se le interrumpe el bostezo a nadie, cuando sería como para ir pensando evacuar para siempre y vivir en lugares que no tengan un volcán activo al lado… se repite lo de la paciencia nacional).

Algún día, un grupo de universidades extranjeras armará un equipo de historiadores, sociólogos y psiquiatras, para estudiar nuestros primeros dos siglos de vida independiente y llegará a sólidas conclusiones que expliquen cómo diantres funcionaba ese país (este). Humildemente y solo por dejar rastros para esos estudiosos del futuro, este López propone la siguiente explicación:

Nadie espera nada del gobierno. La gente va por su lado, cada quien presentándole el pecho a la vida y resolviendo como mejor puede su día a día. Por eso puede crecer la corrupción a niveles siderales: no nos importa, por más que digamos que ya ni la amuelan. Piénsele.

Y lo anterior no riñe con que todos tratemos de sacarle raja al gobierno. Y el gobierno se deja, no le importa, total… ni su lana es.

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